Esa noche

“¡Oye, esto sí que tira bien!” me he dicho al empezar a coger velocidad escribiendo. Eran alrededor de las cinco de la tarde y mis padres, conscientes de que difícilmente me habría enterado en mi frenesí heremítico veraniego, me han avisado.

“Carlo jr, todo bien? En el 3/24 dicen que una furgoneta a atropellado a varias personas en la Ramblas, en Barcelona”.

Obviamente he dejado de escribir, y he puesto el canal 3/24 online. En una maniobra completamente ajena a mis costumbres, he pasado las siguientes cinco horas mirando las noticias, con una dosis de twitter de acompañamiento.

A las 22 aproximadamente, he desechado mi plan de quedarme en el despacho a dormir si la situación no se solucionaba (mi trabajo y mi casa no están en zonas afectadas directamente, pero sí en zonas donde, siempre según whatsapp, han cocido cosas, controles, bloqueos, hasta amenazas aparentemente falsas) porque, pese a que no estaba todo controlado (muy elocuentemente, en las noticias han explicado que había un detenido y dos fugitivos, uno de los cuales muerto), sí que parecía que el asunto se había desinflado hasta un estado difuso de amenaza, y quedarme en el despacho a pasar la noche no parecía que valiese ya la pena.

Llevo semanas quejándome. “En agosto, ¿No se supone que Barcelona tendría que estar vacía? ¡Esto está lleno de gente, no se puede ni pasear en paz!”. Esta noche mis deseos se han cumplido. Regresando hacia casa, había en la calle la cantidad de personas que habría considerado adecuadas para una Barcelona agostera.

Casi nadie.

Algunos individuos caminando nerviosos.

Uno cuya sagacidad le causaba poner una extraña cara de Popeye, un ojo cerrado y una sonrisa barbilluda, observando a todos los que esperábamos a que el semáforo se pusiera verde, en busca, supongo, de algún fugitivo (¿el vivo o el muerto?).

A paso ligero, con las suelas de goma de los zapatos marcándose un foley digno del Informal, he adelantado a una pareja de ancianos que caminaban muy juntos, cogidos de la mano, mirando alrededor con desconfianza mientras el hombre silbaba como un niño que quiere vencer el miedo al sótano oscuro.

He pasado junto a una familia árabe, mujer, marido y cinco hijos pequeños, que comían cruasanes a pocos pasos de una parada de autobús cuyos ocupantes se arriesgaban a perderlo si llegaba, de tan centrados que estaban en vigilar los movimientos de la terrible amenaza arábica come-croissants.

He compartido el paso con un trío de chicos jóvenes de paso vasculante, cuyo uso del gimnasio aterraría a cualquier anatomista, que anadeaban hacia el Meatpacking Bistro. Han conseguido leer el cartel en el que ponía que “Esta noche Meatpacking Bistro estará cerrado por el bienestar de todos” antes de que el intelectual del grupo alegara que en otro cartel ponía “abierto de 10 a 10”.

En el interior del 100 Montaditos cerrado, como reunidos alrededor de la burbuja de luz de una mínima hoguera, había una serie de figuras agazapadas mirando un pequeño televisor sintonizando las noticias.

Por la otra acera, un chaval vociferaba al móvil que creía que “todo esto del atentado es una farsa”, aunque su paso veloz me ha impedido enterarme de los argumentos de semejante revelación.

Antes de llegar a casa, pese a que se habían quedado rezagados un rato, imagino que discutiendo si volver a la cueva, he vuelto a oír detrás de mí a las tres gracias. “¡Esta noche no habrá fiesta!”, vaticinaba el lector. “¿Que no? ¿Como no haya fiesta, yo… Yoooooh…” amenazaba el intelectual.

He bajado por el trecho de Tuset que me separaba de mi calle, oyendo un helicóptero. Al mirar al cielo, he visto solamente dos luces, una roja y una verde, y mi mente, acostumbrada a relacionar el control policial mecanizado con siniestras distopías autoritarias de ciencia ficción, ha tenido que recordarme que esta vez esos que sobrevolaban la ciudad vigilándola no eran “los malos”.

Llegando a casa por mi calle desierta, iluminada solamente por el restaurante Flash Flash (porque, por algún motivo, hace aproximadamente una semana que no funcionan las farolas) me ha venido a la cabeza que recientemente había vuelto a ver No es país para viejos, y he recordado con cierta ilusión que el mensaje final de la película hablaba del individuo enfrentado a un mundo violento. ¿Cómo era?
Algo así como que el mundo siempre ha sido un lugar absurdamente violento e injusto, pese a que podamos querer pensar que antes las cosas eran mejores.

La cierta ilusión se ha desvanecido. Al recordar que la película había llegado a alguna conclusión, esperaba que me daría alguna nueva clave para enfrentarme a lo ocurrido. Pero al recordar exactamente lo que decía la película, no me ha servido demasiado. Ni tampoco que, después de llegar a esa conclusión, acaba con la terrible infelicidad del sheriff que, al envejecer, se siente incapaz de enfrentarse a este mundo de violencia absurda.

¿Qué se supone que tengo que hacer?

Barcelona 92- Cuento no presentado

Intenté escribir un cuento sobre Barcelona 92 para el concurso de TMB de este año, pero no conseguí (para variar) meterlo en el límite de 1992 caracteres de esa categoría…

…Así que para el blog queda.


 

Intentant començar una conversa, l’Anna li va somriure al jove que tenia assegut al davant, però ell ni se’n va adonar: mirava per la finestra de l’autobús amb cara d’estar preocupat.

Era un home jove, amb ulleres enormes, una mata de cabells descontrolada i una llibreta a la mà. Amb la mirada perduda, sospirava.

-Què et passa, noi? – Va insistir l’anciana.

El jove va semblar que es despertava de sobte, i va mirar-se l’Anna amb desconcert.

-Fas cara de preocupació.

Ell va mig somriure, i es va passar la mà per la cabellera.

-Aquests dies no m’ho estic passant gaire bé. – va admetre- He estat dormint poc, se m’ha espatllat la Vespa… Bueno, al menys l’autobús em deixa a prop de l’estudi, però… El que més em preocupa és que m’han encarregat una feina molt important, i no me’n surto.

L’Anna anava assentint, amb expressió beatífica, per animar-lo a parlar. Anar amb autobús li resultava molt més divertit quan podia xafardejar alguna conversa, o, si no, provocar-la.

-Sap, els Jocs Olímpics, d’aquí quatre anys? -va continuar ell- Doncs miri.

El jove li va estendre la llibreta, i l’Anna la va prendre amb curiositat.

-M’han encarregat que dissenyi…

De sobte, l’autobús va fer una sotragada, i van sentir com el conductor renegava.

El noi s’havia quedat mut, mirant el que passava a fora, i de cop, amb cara de posseït, va sortir corrents cap al conductor, demanant-li que obrís les portes. El conductor, que fins i tot des d’on era l’Anna es veia que estava pàl·lid, va obeir.

-Noi! – va dir ella, tot i que el jove ja havia baixat. -La llibreta!

A davant, el conductor va tornar a arrencar, tot i que, a l’Anna li va semblar, plorava suaument. Muda, va mirar per la finestra, mentre l’escena s’allunyava. Un home gras amb una corretja a la mà, ajupit davant del cadàver d’un gos, atropellat per l’autobús. Alguns curiosos, que començaven a fer una rotllana informal. I el noi melenut, que hi havia corregut i observava amb interès el gos esclafat.

L’Anna va mirar-se la llibreta. Només hi havia esbossos estranys i, a la primera pàgina, un nom i un títol. “Javier Mariscal. Idees Jocs Olímpics 92”.

SCPC-4 (SCP Apocripha)

(Perdonad el inglés chapucero, he tenido que escribir esto para sacármelo de la cabeza, pero con la de trabajo que tengo no tengo tiempo de esforzarme en corregirlo… ¡Que, siendo inglés, sería un buen esfuerzo!

En fin, ahí va otro objeto SCP apócrifo)


Object Class: Safe

Special Containment Measures: SCPC-4 is to be confined to a standard living quarters on site ██, locked with a low level security lock. It may be supplied with reading or writing material, at its request. Other requests that don’t pose a security threat should be approved by any researcher assigned to its study. SCPC-4 is allowed to eat at Site ██’s cafeteria if escorted by research or security personnel of any rank, but it’s not allowed any social interaction outside of regular small talk. Otherwise, access to SCPC-4 is to be requested one day prior to Dr. ██████.  SCPC-4 is to be kept in an isolated room on Site ██’s medical wing, under guard. No access to SCPC-4 is allowed except for testing, interrogation and healthcare issues. Guards are instructed to shoot to kill if any non authorized individual approaches SCPC-4’s containment room. Any authorized personnel displaying symptoms of the development of excessive simpathy or an emotional attachment to SCPC-4 are to be reassigned to other projects on a different Site.

Description: SCPC-4 is a 30 years old human caucasian male of mixed italian and spanish ancestry. It’s 183 cm tall and at the time of confinement weighted 110Kg. It says it’s a Spanish citizen, from Barcelona, and owns a Spanish National Identification Card that appears to be authentic, but its number is assigned in official records to another individual ( ██████ █████ ███████, living in ██████, Spain) and no record of SCPC-4’s existance or its family (neither the spanish nor the italian side) exists.

SCPC-4 is an aspiring writer, relatively cultured (it says it was nearing the completion of his PHD dissertation before its contact with the Foundation), and his general knowledge of world politics and events is as accurate as can be expected from a regular person of its characteristics. More noticeably, SCPC-4 has ample, if vague, information on various Anomalous objects, the Foundation, the Chaos Insurgency, the Church of the Broken God, Marshall, Carter, and Dark ltd., the Global Occult Coalition and other groups of interest.

SCPC-4 insists it hails from a different reality where anomalous objects and the groups related to them are merely works of fiction, a communal writing project accessed and edited through a Wiki format. As an aspiring writer, SCPC-4 said it was a casual fan of this “SCP Wiki” for some time before it decided to try and write an article for the site, in which it inserted itself as the anomalous specimen. As soon as the article was approved, SCPC-4 found itself inside Site ██, and was quickly apprehended and interrogated by foundation personnel. (For more details, see report “Incident SCPC-4 A”)

If SCPC-4’s explanation is sincere, it’s theorized that a reality where our reality is a work of fiction exists, and in which altering this fiction has a direct effect on our reality. Finding a way to access this alternate reality, and being able to reshape our own,  would be an enormous asset to the Foundation, both in containing anomalous objects as in other strategic pursuits.

Tissue samples from SCPC-4 are being analized, in search of any unusual matter configurations able to clue us in into how this other reality is related to ours and may be accessed.

SCPC-4 is being interviewed regularly by Dr. ███████, for any classified information it may know of other groups of interest. While it itself says it never was a “Hardcore SCP fan” it liked it a lot, and is very cooperative.

As SCPC-4’s matter is completely indistinguishable from the one in our own reality, neither it nor SCPC-4 itself offer any insight on how we may access its parallel reality, and the subject has already related all strategically relevant information about several groups of interest it casually remembers from reading this “SCP Wiki”, its only strategic benefit may be the information it hasn’t recalled yet. The usage on SCPC-4 of enhanced interrogation methods, both regular and anomalous, has been approved. It’s to be interrogated as frequently as its physical health allows (to be derermined by its assigned physician Dr. ████) until no new information can be helped to be recalled.

The Foundation’s Ethics committee suggests that when this point is reached, and if any of its mental function persists, SCPC-4 be administered class A amnesics. -Consideration pending approval.

(articuento) Noche de perros

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Carlo comprobó con inquietud si había cerrado correctamente la persiana de la clínica, mientras parte de su mente se preocupaba por si alguien le había visto, había visto las llaves, y quizás le querría amenazar para conseguir acceso al negocio y robar dentro. Era la primera noche que trabajaba en el despachito que su madre le había permitido hacerse en su clínica, para trabajar en la tesis doctoral. Hasta entonces lo hacía por la mañana y por la tarde, pero ahora estaba probando un nuevo horario porque, últimamente, se sentía más activo hacia el final del día.

Faltaba poco para las doce de la noche. En la oscuridad, todas las luces, las farolas, los semáforos, le herían la vista enferma. Debido a su córnea defectuosa, todas esas luces le cegaban, embadurnándole la visión con halos blancos, amarillos, rojos, verdes y ámbar. Era mucho más prudente al atravesar la calle por la noche.

Empezó a caminar hacia casa. Aunque no era comparable con el tráfico del día, había personas rondando por la calle. Cruzó el semáforo con otra persona, un hombre grueso con una mochila de deporte al hombro. De cara, venía una mujer menuda que anclaba un par de correas que, a primera vista, parecían vacías. Pero, en cuanto el hombre grueso dejó de interponerse, Carlo pudo ver que al final se encontraban dos perritos de poco más de un palmo, dos chihuahuas que tiraban nerviosos dando pasitos rápidos como si el suelo quemase.

A Carlo le vino a la cabeza una imagen que había visto esa mañana: una foto de un cráneo de lobo, enorme junto al cráneo de un chihuahua. Había estado leyendo el artículo de la Wikipedia sobre la domesticación de los perros, documentándose para un cuento (o novela) que le rondaba por la cabeza, aunque en ese caso, lo domesticado serían humanos. Había leído cómo los animales domesticados tenían menos miedo, menos agresividad, menos inteligencia y una serie de modificaciones físicas aparentemente inútiles pero recurrentes, como orejas blandas, manchas en la piel o en el pelaje y la tendencia a tener colas rizadas. ¿Cómo podría afectar eso último a una especie cuyas colas vestigiales se encontraban encerradas en el cuerpo?

Pensaba en ello, sin llegar a ninguna parte, mientras caminaba. Esperando en otro semáforo, había una mujer bastante guapa. Esa noche, yendo y, ahora, regresando, Carlo había visto unas cuantas, diferentes de las que solía ver por el día: arregladas de forma profesional, rígidas y concentradas, frías y motivadas (seguramente con la idea de volver a casa). A Carlo le gustaban esas mujeres sobrias y poderosas, como ciervos altivos con una misión y ninguna pamplina en la cabeza. La miró de reojo, entre las brumas de los halos y la oscuridad, siempre atento a que ella no se diera cuenta, y siguió adelante.

Algunos tipos arreglados como para salir de fiesta, hablando en idiomas extranjeros. Jóvenes charlando delante de los bares, que cerraban, prolongando la noche de cervezas y conversación con un cigarrillo entre los dedos antes de retirarse definitivamente hacia sus casas. Alguna ejecutiva agresiva más, trotando firme.

Pasó delante del bar donde solía haber un Golden retriever, siempre atado a la puerta, esperando paciente que su amo terminara con lo que fuera que se tomara con quien fuera. Hoy lo había visto regresando a casa a cenar, y al ir al despacho después de la cena, pero ahora ya no estaba: solo había unos pocos parroquianos en el interior y, fuera, una mesa aún aguantaba puesta, cubierta de residuos, junto al resto de mesas y de sillas recogidas y plegadas.

Carlo se sintió catástrofe. Parecía que, a su paso, todos los locales cerraran. Camareros arrastraban separaciones de terrazas hacia dentro, bajaban persianas, sacaban basuras.

Un hombre se paró unos instantes a hablar con uno de ellos, claramente su amigo, mientras el alegre Beagle que le acompañaba olisqueaba la esquina.

A medio camino, Carlo decidió entrar en una tienda abierta las 24 horas. Estaba haciendo una dieta que le había permitido bajar de peso, pero llevaba unos días en los que le estaba costando hacerla: antojos le acosaban continuamente por todos los flancos, y no se veía capaz de resistir. La visión de alguna clase de bollo relleno de abundante crema de cacao, ese sucedáneo industrial del chocolate, le amartillaba la conciencia desde hacía días, y había decidido entrar a probar suerte.

Tras la caja estaba un hombre mayor, de aspecto asiático, y ceremonioso, muy distinto de los huraños y maleducados jóvenes que regentaban el local durante el día. Y, dentro, tres hombres eslavos recorrían el laberinto de estanterías apretujadas hablando a voces, riendo a gritos, tocando con violencia la mercancía y apoyando los brazos extendidos sobre las neveras y estantes. Carlo no encontró lo que buscaba, y no compró nada. Una cosa era ceder a un antojo y otra ceder a un antojo con un sucedáneo que, en realidad, no lo acallaría. Salió, mientras la jaula de los monos seguía aullando y riendo y pasándole paquetes al dependiente antes de regresar a sus correrías de aprovisionamiento y hombría.

Caminó otro trecho, y encontró otro semáforo en rojo. Delante, recogían las sillas del 100 montaditos de la esquina. Salieron un par de clientes del interior iluminado, y Carlo se fijó en que uno de ellos llevaba un gracioso bulldog francés que le seguía dando saltitos. El hombre cruzó en rojo, pero Carlo no lo hubiera hecho…

Los coches estaban muy cerca, avanzando a gran velocidad por la calle poco transitada. El hombre dio un par de pasos y solamente entonces pareció percatarse. Dio una especie de saltito, apretó el paso, y su perro lo imitó, echando a correr tan lejos como se lo permitía la correa. Directo a un coche.

En un instante de pánico, Carlo vio como el perro abría los ojos, la piel blanca brillando bajo la luz de los faros, y cómo las patas se le anclaban al suelo, lleno de miedo.

“Se va a morir”

Pero el amo, asustado, tiró de la correa, alzándolo por el cuello y poniéndolo a salvo. Azorado, corrió un paso antes de enredarse con sus propias piernas y caer al suelo, no sin antes golpearse la cabeza con un coche aparcado.

Carlo se agachó junto al hombre, sin saber qué hacer exactamente. El perrito seguía completamente inmóvil, observando atentamente a su amo. Carlo consiguió decir, con sequedad, “¿Te ayudo?”

El hombre, tumbado panza abajo, con los brazos y las piernas en molino, acertó a decir “sí, por favor”, con un tono a la vez agresivo e implorante.

Carlo le puso las manos bajo las axilas y le ayudó a alzarse, pero casi de una forma simbólica, porque el hombre se irguió de pronto, con fuerza, y, mirando al frente, dio unos pasos.

“¿Estás bien?”

Después de unos momentos, farfulló “Pues no mucho, parece que no mucho” y, tras dar otro paso, agregó “gracias”.

Carlo lo vio marcharse con paso rápido y uniforme con la vista todavía al frente. El perrito le miraba a él, todavía inexpresivo, pero con los ojos saltones y la boca enorme le pareció que estaba todavía asustado.

Se puso verde, y Carlo cruzó, extrañado por lo que había pasado, hasta que ató cabos. Que tonto había sido por no entender. El hombre acababa de salir de un bar, así que probablemente estaba borracho.

Le invadió una gran pena por el perro. Ese ser confiado y atontado por el resultado de la domesticación y la crianza selectiva dependía de ese hombre. De hecho, cuando éste había apretado el paso, el perro había confiado en su indicación y se había echado a correr, pero eso casi le había puesto bajo las ruedas del coche que se acercaba. Esa pobre subcriatura inocente dependía completamente de un hombre en quien no podía confiar, un hombre que, en esos momentos, estaba mermado.

Pensativo, caminó hasta casa. Cerca, en la acera, donde había estado la terraza de un bar que acababa de cerrar, Carlo vio la colilla de un buen puro. La vitola roja de un Partagas. Casi sintió deseos de recogerlo, quien fuera que la había desechado se había dejado unos buenos cinco dedos de puro. Carlo los apuraba mucho más, les quitaba el anillo de papel y los consumía hasta que empezaba a preocuparse por si se le iban a quemar los pelos del bigote y el humo le ardía en la lengua.

Era un ansioso. Ya fuera la crema de cacao rebosante, o la coca cola a dosis industriales, o las fuertes y excesivas caladas que le daba a los puros o la pipa respondían a una misma ansiedad de llenarse. En su tesis, eso era una de las cosas que analizaba en ciertos libros o películas. La categoría “consumo/comunión”. Las subcategorías, “comida (satisfactorio), comida (no satisfactorio), bebida (satisfactorio), bebida (no satisfactorio), fumar (satisfactorio), fumar (no satisfactorio)”…

Y, cuando era satisfactorio… A Carlo le encantaba cuando, en las primeras caladas, el humo hacía su efecto. El ablandamiento de los músculos, el entumecimiento de la mente, las bordes difuminados de la visión, la risa fácil, los dedos incapaces de teclear correctamente, los reflejos atontados, el equilibrio comprometido.

De pronto pensó en el bulldog. ¿Y si de él dependiera una criaturita indefensa? ¿Se permitiría el pacer del atontamiento?

Llegó a casa y saludó a sus padres, que exigían que lo hiciera aunque ya estuviesen en la cama hacía rato. Interrumpió los ronquidos de su padre, y ambos le saludaron, somnolientos pero cariñosos.

Carlo se fue a su cuarto, y se preparó para irse a dormir. Pero el sueño no llegaba.

En la cama, revolviéndose, la cabeza le deambulaba por pensamientos que no eran sueños, pero que de ningún modo estaban guiados. Se imaginó a sí mismo con un gracioso bulldog francés, jugando con él, cuidándolo, educándolo. Una parte más lúcida de él se daba cuenta de que lo educaba como a un niño, esperando de él una lógica y una comprensión que no sabía si era posible esperar de un perro. En su deriva, ese perrito había sido abandonado, y él lo adoptaba. Lo recogía por la calle, contactaba con los dueños y estos le decían que no lo querían, que se lo quedara.

Un pensamiento le empezó a dar vueltas por la cabeza, negando todos los demás. Si el golpe hubiera sido fuerte, si ese borracho se hubiera matado, te habrías podido llevar al perro. Habrías podido salvar a ese perrito de depender de un cuidador incapaz. Tú ya no habrías fumado más, para poder defenderlo.

Y el sueño llegó.

Las Turbinas (relato)

Estimados amigos (y lectores desconocidos, también estimados hasta que se demuestre lo contrario) este blog sigue paralizado hasta que solucione las cosas que me impiden dedicarme a él, pero, el otro día, pensaba que pocas personas han tenido la ocasión de leer algún cuento mío terminado. He colgado borradores, he colgado los textos que escribí para el Ateneu, he colgado textos elaborados para el propio blog… pero he pensado que sería bueno, o al menos he pensado que me apetecería, colgar un cuento terminado y corregido.

Voy a compartir un cuento que escribí ahora hace un año para presentarlo a un concurso, pero que era demasiado largo para ser aceptado. Lo escribí a lo largo de unas cuatro semanas, con la fecha límite colgandome sobre la cabeza, y, releyendolo, me resulta evidente que se puede mejorar… pero este es un texto terminado, porque consideré que ya estaba lo bastante bien como para presentarlo a un concurso.

Así que ahí va:


 

 

Las turbinas

Ea pedaleaba con fuerza. El polvo del camino se le pegaba a la piel sudorosa. Sonreía mientras resollaba entre los dientes, disfrutando del día. Hacía sol, el cielo lo poblaban sólo rebaños inofensivos de nubes perezosas, y el viento había transformado las praderas en un bello océano de tallos y hojas.

Detrás, como siempre, venía trotando el Cangrejo. Ea volvió la cabeza un instante, lo justo para animarle, mientras el pobre le daba tanto brío como podía a las cuatro patas, largas y finas.

Que hiciese viento siempre la alegraba. Siempre que hiciera bien su trabajo, cuanto más viento, más cerca estaba el momento especial, el día mágico.

Un trecho más adelante, esa mañana tranquila y soleada parecía que se quejaba. Gemidos y chillidos de toda clase llegaban desde 29-X.

Ya llevaba un buen rato en la bicicleta, surcando el viejo camino de tierra entre turbinas de viento blancas y zumbadoras. Aminoró la marcha y, pedaleando con tranquilidad, miró de nuevo el reloj. Giró la ruedecilla hasta que, en la pantalla, volvió a aparecer la alerta: las turbinas de la 29-X-1 a la 29-X-30 estaban empezando a fallar.

Frenó, justo cuando el Cangrejo la alcanzaba. Su amigo metálico derrapó sobre los zancos, y paró, a la espera de instrucciones. Ea le dio una palmadita en la coraza, cariñosa pero ausente. Ya tenía la vista fija en las Turbinas. Por los chirridos horrorosos que emitían, parecía un simple problema de engrasado.

Se acercó a la primera, espantando a cada paso que daba entre la hierba a pequeños grillos translúcidos, y se enganchó la correa de seguridad. Aunque a Ea nunca le había hecho falta esa protección anticaídas, porque encaramarse a las turbinas no le resultaba más difícil que pasear en bicicleta, y las escalaba desde que tenía memoria, acompañada de su amigo el Cangrejo y del Capataz Olec.

Había cambiado mucho, desde entonces. No tenía plena conciencia del concepto de “año”, pero ya hacía tiempo que llenaba el peto, que se le había marcado la curva del pecho y se le habían ensanchado las caderas, y que el reloj le cubría solamente el antebrazo, sin rascarle el codo o montársele en la mano. Y aunque, como cuando era niña, tenía la piel oscura y bronceada, el pelo corto, y seguía siendo menuda, ahora toda ella era músculo fibroso.

Ea se subió de un salto a los escalones que sobresalían de la estructura, y empezó a subir.

Arriba, los quejidos del metal eran ensordecedores. Trepando como un mono, Ea se deslizó por la superficie, encontrando sin pensar los pequeños asideros diseminados por la estructura para facilitar su mantenimiento.

Con ojo experto, miró las partes expuestas de los mecanismos. Efectivamente, había que lubricar esa turbina, y seguramente a las demás les pasaba lo mismo… que ya hacía demasiado tiempo desde la última puesta a punto.

Abrió la caja de control, giró la llave, y las hélices del enorme molino fueron parando poco a poco, chillando cada vez más y más lastimeras hasta que, por fin, pararon. Escuchó como el metal se aposentaba entre crujidos, y empezó su tarea. Con un gesto, le indicó al Cangrejo que le pasara la manguera. De la parte inferior de su cuerpo con forma de empanada, éste le lanzó un largo tubo negro, que Ea cazó sin mirar. En la punta, una pequeña palanca hacía salir el lubricante.

Lo distribuyó por el eje, por las piezas de la dinamo, y por las demás articulaciones y junturas móviles, abriendo y cerrando paneles cuando lo necesitaba con las herramientas que le colgaban de los tirantes y que, una vez usadas, ¡Zip!, volvían siguiendo el camino del sedal y el muelle del mecanismo de sujeción.

El problema había sido, efectivamente, sólo de lubricación, pero Ea le dio un repaso completo al mecanismo, moviéndose con tal precisión y maestría que parecían haberla diseñado para ello. A su lado, el Cangrejo, pese a ser eficiente y preciso y a que sí que había sido diseñado para ello, parecía sólo un aficionado competente.

 

Habían pasado horas cuando, al pie de la turbina doce, pararon a descansar. Ea se tumbó sobre la hierba, y sacó una de las barras de alimento que se llevaba cuando no podía comer en la Central. Rasgó el papel de cebolla casi transparente que la envolvía y empezó a masticar. El Cangrejo, por su parte, comenzó un pequeño baile que Ea conocía bien: cuando ocurría lo que fuera que pasara en su interior para general más fluido lubricante, parecía concentrarse mientras se bamboleaba, con las pinzas en alto y alzando las patas alternativamente. Primero la derecha de delante y la izquierda de atrás, y después al revés, y otra vez, y otra.

Cuando Ea era pequeña, el bailecito siempre le había hecho reír, y muchas veces, mientras el Capataz Olec desenvolvía las barritas alimenticias, tumbado como ella ahora, al pie de un árbol o una turbina, Ea bailaba con el Cangrejo, o se le montaba encima para sentir el trote y el bamboleo. Por aquél entonces, era lo bastante pequeña como para montarse en el Cangrejo con comodidad, y que éste la llevara. Y, con frecuencia, eso era lo que hacían al final del día, para ahorrarle pedalear con el peso de ella al ya cansado de Olec.

Masticó la barrita marrón. Cerró los ojos, intentando descansar, y a pesar de los chirridos de las turbinas que aún le faltaban por arreglar, sintió el peso de las horas de trabajo sobre los párpados y se durmió.

Había pasado un rato cuando el reloj, programado para despertar a su usuario de las siestas, empezó a pitar.

Se desperezó, bebió un trago de agua de la cantimplora que le colgaba del cinturón, y aprovechó para orinar. Antes de dirigirse a la siguiente turbina, buscó al Cangrejo con la vista, y lo encontró en un arbusto. Recogía moras, succionándolas por el pequeño aspirador que tenía en el interior de la pinza.

Ea silbó, y el Cangrejo se irguió sobre los zancos metálicos tan arriba como pudo, mirando a su alrededor con su gran ojo redondo. Cuando la encontró, trotó hasta ella y la siguió hasta la siguiente Turbina chirriona. Otra vez, a trabajar.

El Sol fue paseándose por su ruta diaria, y cuando Ea y el Cangrejo estaban acabando de revisar el último molino, las nubes gruesas y abultadas de la mañana se habían deshilachado, dejando solamente un rastro de líneas fantasmales en el rojo del cielo.

29-X-30 era una de las turbinas grandes y, en su copa, había además de las hélices una pequeña plataforma, como un balcón, desde la que en principio se podía trabajar con más facilidad, aunque a Ea le gustaba más encargarse de las máquinas arrastrándose pegada a la pared, como una araña tejedora. Pero esas plataformas le gustaban por otro motivo.

Sentada, con las piernas colgando y la cabeza y los brazos apoyados en la baranda, suspiró. Seguía haciendo viento, y habría querido que no parase nunca. Más y más viento, más y más vueltas en los molinos, eso era lo que más deseaba. El Cangrejo la observaba, en cuclillas. Ella le acarició el chasis de la cabeza, rugoso, picoteado por los miles de diminutos golpecitos que había recibido a lo largo del tiempo. Respiraba con tranquilidad, regalándose la vista.

Lo que le gustaba de las plataformas de las turbinas grandes, de 29-X a 35-X, era que daban al valle.

Recortada en la luz rojiza, una bandada de pájaros volaba en formación, demasiado lejos como para que Ea pudiese oír sus llamadas. En el valle, bordeando el río sinuoso, yacían los esqueletos de los edificios, las ruinas de La Ciudad que tantas veces había observado desde lejos. Y en medio, brillante y como de piedra, los restos de la terrible maraña sarmentosa de tallos de una de las Plantas Furiosas, monstruosos vegetales extintos ya hacía tiempo que habían traído consigo la aniquilación de las grandes urbes.

Ya de pequeña subía aquí con el Capataz Olec para ver la ciudad.

Recordaba estar abrazada a su cuerpo fino y musculoso, no muy distinto del de ella, algo más ancho, sobretodo más largo. El pelo de la cabeza combinaba los rizos negros, los que más, con los que eran del blanco más puro. El que le crecía en la cara, en cambio, lo hacía al revés: rizos blancos surcados de espirales oscuras.

Él se sentaba tal como lo estaba ella ahora, con las piernas colgando, pero como por su altura le resultaba incómodo apoyarse en la baranda, ponía la cabeza sobre la cabecita de la pequeña Ea que, a su vez, encajaba entre el hombro y la barbilla del Capataz.

Mirando las ruinas incomprensibles, el Capataz Olec le contaba lo que a él le había contado su Capataz, Ahiz, a quien se lo había contado su capataz, Iar, y así hasta llegar al Primer Capataz, el que de niño, antes de La Furia de Gaia, había vivido en una Ciudad.

En la Central, la pequeña Ea había rebuscado miles de veces en el Baúl donde se encontraban las cosas de los anteriores capataces. Ahí estaba la pipa del Capataz Cru, que le servía para sacar humo por la boca. Estaba también la mano artificial de la Capataz Ermin, que sustituyó a la que había perdido en un accidente y que asustaba a Ea porque, cuando uno la tocaba, a veces se movía. Y el traje de cuero transparente del Primer Capataz, que debía llevar para salir a la superficie si no quería que las esporas de las Plantas Furiosas, mortíferas para las personas, le penetraran en los pulmones o se le injertaran en la piel.

De todo lo que había allí guardado, lo que más le gustaba era el Libro. En él, el Primer Capataz había escrito y dibujado lo que había vivido, y aunque ya hacía tiempo que los Capataces no sabían leer más que los indicadores técnicos del reloj y la maquinaria, era tradición que cada Capataz dibujara alguno de los hechos relevantes de su vida en las muchas páginas del tomo enorme que aún quedaban en blanco.

Ea había pasado muchos ratos hojeándolo, recordando las historias que su Capataz le había contado, viendo los dibujos que el Primer Capataz había hecho, de trazos toscos y precisos, de La Furia, las ciudades y su caída a manos de las Plantas, los dibujos delicados de la Capataz Runai, de su terrorífica batalla con el Lobo, los dibujos simplistas del Capataz Sago, de las carreras que echaba con el Cangrejo, los oscuros trazos de la Capataz Ermin, que relataban cómo, en el accidente que había inutilizado la torre 20-S-1, ella había perdido la mano y el primer Cangrejo había muerto.

-Y, esto le pasa a todos los Capataces, -le contaba Olec- llega un momento en el que el Cangrejo de los Subterráneos sube con un bebé, para que lo cuide, y para que le enseñe.

En esos momentos, si no la tenía ya entre los brazos, la cogía y le hacía cosquillas en la barriga.

-¡Imagínate qué susto cuando el Cangrejo Subterráneo a mí me trajo a una ratita! –y ella siempre se reía. Pero muchas veces, especialmente si estaban mirando las ruinas de la ciudad, su Capataz parecía ponerse melancólico.

-Algún día –decía entonces- tú serás la Capataz, y estarás sola con el Cangrejo… hasta que, de pronto, cuando menos te lo esperes, cuando seas mayor y el reloj te encaje bien, regresarás a la Central, cansada, llena de polvo, o de lubricante, o de barro… y aparecerá el Cangrejo de los Subterráneos con un bebé entre las pinzas, y te lo dará, para que lo cuides y le enseñes.

Entonces, para animarse, cambiaba de tema. Le mostraba la pantalla del indicador de las baterías del Complejo, y le hablaba de los Hitos.

 

Mientras miraba cómo el Sol acababa de ponerse, el alto tallo huesudo de la Planta Furiosa todavía iluminado entre las ruinas sombrías de los “Rasca-Cielos”, Ea siguió acariciando al Cangrejo. Finalmente, apartó la mano, y observó los indicadores del Reloj, usando las diversas ruedecillas y botones, mirando las pantallas de información.

-¿Sabes qué? –Le dijo al Cangrejo- Todo está en orden, y no hace falta que vayamos ni a la Central ni a ningún sitio. Esta noche nos quedamos a dormir aquí.

El Cangrejo asintió y, al instante, le ofreció las moras que había recogido.

-Gracias, Cangrejo. –le dio un beso, que él se inclinó para recibir.

Comió, cogiendo los frutos de la pieza inferior de la pinza, y luego desenvolvió una de las barritas que llevaba en el bolsillo, arrojando el papel de cebolla a las corrientes de aire.

Cuando la Luna ya hacía rato que había aparecido, y Ea había tenido tiempo de mirar las estrellas hasta poder verlas incluso con los ojos cerrados, sacó el carrete de dormir y tiró para desenroscar el saco, fino y resistente y como de tela de araña.

Por la mañana, le despertó una alarma del Reloj. Arqueando la espalda y farfullando, estiró brazos y piernas. Había dormido bien, arropada por el zumbido de la turbina y su balanceo mientras buscaba corrientes, pero el Sol apenas estaba saliendo, y de no haber sido por la alarma, todavía habría tardado en despertar. El Cangrejo se irguió al instante, listo para entrar en acción.

Resoplando, pulsó el botón de las alertas, para ver qué parte del Complejo requería de su atención tan temprano.

Le faltó el aire, como si le hubiesen golpeado los pulmones.

Se puso en pie de golpe y tiró a toda prisa del saco de dormir para que se replegara en el carrete.

Miró las ruinas, frenética, entrecerrando los ojos como buscando algún detalle difícil de divisar entre los hierros retorcidos, el río, los restos de la Ciudad, las hiedras encaramadas en los esqueletos de los edificios, las arboledas que se habían abierto paso por el pavimento resquebrajado, las raíces huesudas de la Planta Furiosa…

-¡No veo nada, Cangrejo!

Su pobre acompañante buscaba también con el ojo, alarmado, aunque no sabía el qué. Miraron aún unos minutos, en los que Ea no dejó de dar golpes en la pasarela con el pie y de resoplar como un caballo salvaje, con los ojos llorosos de no parpadear.

-¡Me estoy equivocando! ¡No debe de ser aquí! –Abría y cerraba los puños, nerviosa como nunca antes- ¡Cangrejo! ¡A la Central, de prisa!

 

Cuando se entristecía al hablar del futuro de Ea, su Capataz Olec le enseñaba en el Reloj la pantalla del indicador de las baterías del Complejo. En el rectángulo luminoso de la manga metálica que llevaban todos los capataces se dibujaba una larga barra, cortada por líneas con algunos pequeños textos que no se podían ver a simple vista.

La barra era fucsia en su mayor parte, pero tenía la punta de color gris apagado.

-Mira, Ea, –le decía- Estas son las baterías del Complejo. Y esta barra rosa es la carga que tienen.

Aunque se lo había contado montones de veces, ella siempre lo miraba fascinada. Con la ruedecita que servía para desplazarse por los elementos de la pantalla, el Capataz continuaba.

-Fíjate, esta línea de aquí al principio es el primer Hito. Para celebrarlo, se le entregó la primera Piedra del Hito al Primer Capataz, hace ya mucho mucho tiempo, cuando las plantas se enfadaron con los hombres. Y este –avanzaba unos cuantos Hitos- es el Hito de 13% de capacidad, conseguido por el Capataz…

Y paraba, para que Ea le contestara. Y Ea siempre lo sabía, porque su Capataz le había contado las historias muchas veces. Además, las Piedras de los Hitos estaban todas guardadas en el baúl, y a veces las ponía en el reproductor de Piedras para oír sus mensajes.

“Felicitaciones, Capataz del Complejo de Producción y Almacenamiento de Energías Renovables V, en la consecución del hito de…” decía siempre la voz, con el porcentaje de carga adecuado en cada caso, y siempre acababa “su gobierno y el Sistema de Recuperación de la Civilización tras el Colapso por Armamento Biológico agradecen su tarea y le felicitan nuevamente. Es usted un héroe.”

Cuando, en su explicación, llegaba al último Hito superado, tanto el Capataz como Ea se sentían llenos de orgullo. Era el Hito del 97% de carga, que había conseguido el Capataz Olec un tiempo antes. Ea recordaba como un Aeroflotador del SRCCAB vino a posarse sobre la Central para entregar la Piedra del Hito que felicitaba a su querido Capataz.

Y, cuando recordaban ese hito, el Capataz Olec desplazaba rápidamente el cursor hasta el siguiente. 100% de carga.

-Este- decía- es el más especial de todos los Hitos. ¡Y vas a ser tu quien lo cumpla! Cuando seas mayor, y yo ya no esté, y tú seas la Capataz Ea, en el momento que menos te lo esperes… ¡Pasará la cosa más mágica!

Y la pequeña Ea escuchaba boquiabierta ese futuro maravilloso que había de vivir.

 

La bicicleta crujía bajo el esfuerzo, y ella resoplaba, empapada y roja, aunque el camino ya hacía bajada. La Central no estaba en un valle, pero sí en la parte más baja de la meseta, la que daba al mar. Sobre el edificio achaparrado y con forma de hongo en el que se encontraban las estancias de la superficie del Complejo, Ea reconoció la forma alargada e ingrávida del Aeroflotador del SRCCAB.

Estaba ocurriendo de verdad. Después de tantos años de trabajo incansable, de cumplir tan bien como podía con su tarea, había llegado el momento mágico. ¡Y mientras dormía! El Hito del 100% de Carga.

El Aeroflotador estaba allí esperándola para entregarle la piedra del Hito, pero ella tenía otra prioridad.

Pedaleó a toda prisa, hacia el acantilado al otro lado de la Central.

 

-¡Pasará la cosa más mágica! –le decía su Capataz Olec- ¡Cuando la carga sea del 100%, resurgirán las ciudades, tal y como las describía el Primer Capataz! ¿Te lo imaginas?

Y ella se lo imaginaba, cada vez con más detalles, cada vez más y más maravilloso.

-¡Y tú serás la Capataz que acabará el trabajo! ¡Tú serás la que verá cómo la Civilización Resurge!

 

La Capataz Ea no estaba dispuesta a perdérselo. Y, si la Civilización no resurgía de las Ruinas de la antigua ciudad muerta, solamente se le ocurría un lugar donde habría suficiente espacio para ello: el mar.

Llegó al acantilado y saltó de la Bicicleta, que avanzó todavía unos metros, tambaleándose cada vez más, hasta derrumbarse sobre el costado, una rueda aun girando en el aire.

El agua se extendía hasta el horizonte, y el cielo ya era del azul del día. En cualquier momento, las aguas se agitarían, quizás se sentiría un gran temblor, y ¡Buuuuuuuum!, resurgirían los edificios, los “rasca-cielos”, las “auto-pistas” con sus “auto-móviles”, los “cines”, los “conciertos”, y todas esas cosas maravillosas de las que los Capataces hablaban desde La Furia.

Tenía los ojos bien abiertos, listos para beberse todas las maravillas que habían de resurgir de las aguas. Se imaginaba a sí misma “comiendo en un restaurante”, “paseando por las avenidas”, “viendo escaparates”… ¡Y habría miles de millones de personas! O quizás algunas menos, para empezar, ¡Pero pronto tendría tantos amigos que no alcanzaría a saludarlos a todos en un día!

El Cangrejo había apartado la Bicicleta del borde del acantilado, y ahora observaba a Ea y el mar, sin comprender.

De vez en cuando, Ea adivinaba un principio de estremecimiento entre las olas, pero siempre eran espejismos.

El Cangrejo le dio un pequeño toque con la pinza, en la cadera, y ella pareció regresar de un trance. Su amigo le ofrecía las pocas moras que aún le quedaban.

Miró al cielo sorprendida, a la posición del Sol.

El Cangrejo le ofrecía moras porque ya era hora de comer. ¿Cuánto tiempo llevaba mirando el mar, esperando la Ciudad?

Era evidente que se había equivocado. Seguro que, de haber esperado más, la habría visto resurgir de entre las Ruinas.

Se había perdido aquello que había estado esperando toda la vida.

Empezó a arrastrarse hacia la Central.

-Vamos, Cangrejo,- la voz le temblaba- cogeré unas barritas y después iremos a ver la Nueva Ciudad.

 

Sobre la estructura achaparrada, el Aeroflotador aún esperaba, con el cuerpo alargado y membranoso fijo en el cielo y el largo tentáculo extendido hasta la Sala. Ea entró, cabizbaja, y dejó la bicicleta a un lado. Estaba en la gran Sala de Control, con la Pantalla Principal encendida, que era básicamente una versión del Reloj enorme y con información más detallada. Por la compuerta del techo pensada especialmente para ello, bajaba el tentáculo tornasolado del Aeroflotador, acabado en el gran ojo brillante de cristal y un brazo largo y afilado.

El tentáculo reconoció su llegada y le presentó la Piedra del Hito. Con un gesto fluido, casi una reverencia, lo deslizó por los aires y lo introdujo en el lector de Piedras, en el terminal de control que había en medio de la Sala.

La voz sintética de la piedra empezó a hablar.

“Felicitaciones, Capataz del Complejo de Producción y Almacenamiento de Energías Renovables V, en la consecución del Hito de 100% de carga”

Aunque sabía que para los otros Capataces este reconocimiento habría sido mucho más dulce que para ella, el abatimiento de Ea por haberse perdido el renacer mágico de la Ciudad perdió parte de su fuerza. Las ganas apremiantes de llorar se disolvieron, e incluso sonrió, pensando en lo orgulloso que su Capataz Olec habría estado de verla recibir este honor.

En la pantalla, la barra de carga aparecía llena de fucsia hasta arriba, sin un solo resto de la parte gris vacía. El Hito final estaba resaltado, luminoso. 100% de carga.

“Su gobierno y el Sistema de Recuperación de la Civilización tras el Colapso por Armamento Biológico agradecen su tarea y le felicitan nuevamente. Es usted un héroe.”

Se sintió contenta al empezar a pensar en qué dibujaría en el Libro, en qué podía ser un buen final para todas las historias de los Capataces.

Pero, a diferencia del resto de mensajes que había escuchado, el terminal siguió reproduciendo la Piedra del Hito. No había terminado.

“Se informa al Capataz de que, al cumplir este Hito, se inaugura la fase 2 del programa del Complejo de Producción y Almacenamiento de Energías Renovables V. De forma inmediata, la red de Baterías Alfa pasa a modo pasivo, y se activa la red de Baterías Beta.”

Mientras la voz lo decía, Ea pudo ver con horror como, en la pantalla, la barra fucsia se reducía a una miniatura, a un lado, cubierta con el dibujo de un candado, y una barra por llenar completamente gris y llena de hitos por cumplir ocupaba su lugar. Sintió que el suelo vibraba, como había estado esperando, pero no era ninguna ciudad que resurgiera de ningún lugar. Eran mecanismos del propio Complejo, iniciando la “fase 2”.

Sonó la voz sintética de la Central que avisaba de cuestiones técnicas, diferente de la de las Piedras.

“Nueva-Red-De-Baterías-En-Línea”

El tentáculo retiró la piedra del lector, se la puso a Ea en la mano y se deslizó con un silbido por la compuerta del techo.

Abrumada por las lágrimas y el desconcierto, Ea cayó de rodillas. El Cangrejo se afanó a aguantarla, para que no se derrumbara del todo, y así, con los brazos encajados en las pinzas de su amigo, tendida a medias, empezó a aullar desconsolada.

 

Estaba tumbada en su colchón, con las ventanas cerradas y la luz apagada. El suelo de su habitación estaba sembrado de los papeles de cebolla de las barritas que el Cangrejo le traía, que se habrían disuelto a los pocos días a la intemperie, pero que a cubierto duraban mucho más.

Oyó que la puerta se deslizaba a un lado, y el sonido de las alarmas entró como un torrente, para apagarse de nuevo cuando la puerta se cerró.

No le miró, se quedó tumbada de cara a la pared, pero sabía que el Cangrejo le traía una bandeja de comida, entre las manitas de precisión que se desplegaban de su abdomen, y barritas alimenticias entre las pinzas.

Siempre rechazaba la bandeja, y se tragaba las barritas en un acto puramente mecánico, sin fijarse. Pero hoy se dio la vuelta sobre el lecho, saludó al Cangrejo, y se incorporó ligeramente para aceptar la bandeja.

Tenía unas ojeras muy profundas, las mejillas chupadas, y el pelo le había crecido y se le desparramaba por la cara.

Se acercó las frituras con los palillos, y las olió. Siempre le habían gustado, desde que era pequeña.

Mientras comía, el Cangrejo se retiró a la Sala, abriendo paso de nuevo, durante un instante, a la algarabía de alertas y pitidos.

La sopa aún estaba caliente, y la sorbió, masticando después las verduritas crujientes que habían flotado en la superficie.

Terminó el arroz y dejó la bandeja a un lado de la cama. La comida de verdad le había sentado bien. Se tumbó de nuevo, recogida sobre sí misma, mirando a la pared.

Pasaron unos minutos. Oyó que la puerta volvía a abrirse, y que la cacofonía regresaba a su cuarto.

-Cangrejo,- dijo levantando un poco la cabeza, pero sin volverse- te tengo que dar las gracias por…

La puerta se cerró, pero no todas las alarmas se callaron.

Como un resorte, Ea se incorporó.

El cangrejo avanzaba con el reloj, que pitaba, entre las pinzas.

Ea lo había llevado toda la vida, después de heredarlo del Capataz Olec. Pero ya no.

 

Primero fue una turbina con problemas mecánicos. Luego, una de las Criocápsulas de alimentos. Luego, el sistema de iluminación de uno de los túneles. Y luego otra cosa, y otra, y otra.

Como siempre, el Complejo necesitaba de los cuidados del Capataz y su Cangrejo. Pero en vez de eso, ya hacía un tiempo que Ea se había arrancado el reloj del brazo y lo había abandonado, para dejar de oír los pitidos, en la sala de Control, donde la Pantalla Principal también se quejaba con pitidos y bocinas y mensajes sintéticos.

 

El Cangrejo avanzaba poco a poco, con el reloj en alto, como una ofrenda, suplicante. Adelantaba las pinzas una y otra vez, con gesto humilde.

Ea bullía de rabia. Sólo quería que la dejaran en paz. Que no la molestaran más.

No podía hacerlo.

Temblaba, le rechinaban los dientes, las lágrimas empezaron a correrle por la cara. Estaba a punto de estallar en gritos cuando, de pronto, algo se partió en su interior.

¿Ah, sí? –dijo, gélida.

Le hizo el gesto que significaba que la siguiera.

Con paso decidido, se dirigió a los subterráneos. No le gustaba la parte soterrada del Complejo, aunque allí era donde estaba la mayor parte de la estructura, kilómetros de túneles serpenteantes, y aparatos, y baterías, y filtros, y almacenes que de vez en cuando necesitaban también reparaciones y mantenimiento.

Trotaba por el pasillo, iluminado por franjas de luz blanca y fría. De la sala de Partos, curioso por la presencia allí abajo de Ea, brotó el Cangrejo Subterráneo. A diferencia de su homólogo de superficie, era alto como un hombre adulto, tenía una cúpula pulida y brillante como cuerpo, y contaba con unas pinzas deformadas preparadas para transportar bebés, además de una serie de brazos y piernas tentaculares y sinuosos.

El Cangrejo seguía todavía a la Capataz, ofreciéndole el Reloj entre pitidos.

Ea fue derecha a una sala que se había utilizado en muy pocas ocasiones. Las puertas se abrieron con un gemido por culpa del desuso, y tanto el Cangrejo implorante como el curioso Subterráneo la siguieron.

En fila, a los lados de la profunda sala, estaban las cajas de los sustitutos. A la izquierda, la de los Cangrejos Subterráneos, todas por estrenar. A la derecha, las de Cangrejos de Superficie. Una estaba abierta, la del Cangrejo actual, que había sustituido al primero después del accidente que le había costado a la Capataz Ermin la mano y el ayudante.

Ea puso los dedos sobre el botón que abriría la siguiente caja.

-Capataz.

El Cangrejo Subterráneo hablaba con voz de lata, aguda e inexpresiva.

-Activar. Ayudantes. Extra. Es. Contra. Las. Ordenanzas.

Ea pulsó.

En una nube de vapor, dio sus primeros pasos un Cangrejo como el que la había acompañado desde que tenía memoria, pero de color amarillento en vez de rojo.

Observaron con horror cómo activaba una caja más. El Subterráneo insistía en recordar las Ordenanzas. El Cangrejo le ofrecía, desesperado, el Reloj.

Ea, impasible, les silbó que la siguieran.

Detrás de ella resonaban los pitidos del Reloj y los pasos metálicos del Cangrejo Rojo, el Cangrejo Amarillo, el Cangrejo Azul y el Cangrejo Subterráneo.

Se paró en la estruendosa Sala de Control, y a su alrededor se formó un anfiteatro de Cangrejos. El Rojo avanzó dos pasos, con el Reloj en alto. Ella lo cogió, por fin, y el Cangrejo hizo gesto de retroceder. Pero, rápidamente, Ea le agarró la pinza y le encajó el Reloj en el antebrazo.

Los Cangrejos observaban, sin comprender.

Ea se arrancó el peto que había llevado desde que dejó los pijamas de bebé, y se lo arrojó al Rojo.

-Aquí tienes. El Reloj. Cangrejos Ayudantes. El peto, con el juego completo de herramientas. –A Ea se le humedecieron de nuevo los ojos, y perdió la frialdad- ¡O ponte el de Olec, me da igual! ¿No te gustan las alarmas? ¡Pues, a partir de ahora, te ocupas tú! ¡No me volváis a molestar!

Corrió a encerrarse en su habitación.

Rojo miró el Reloj de capataz de su antebrazo. Observó a los otros Cangrejos unos instantes. Los pobres Amarillo y Azul, que acababan de ser activados, no llegaban a comprender qué ocurría. Y él mismo intentaba llegar a alguna conclusión.

Se irguió, de pronto. Enganchó el peto a su chasis, a una pequeña depresión que tenía en la espalda. Con los gestos correctos y los silbidos adecuados, dio las órdenes precisas. Amarillo le siguió afuera, hacia la más urgente de las reparaciones. Azul caminó hacia la habitación del Capataz.

El Cangrejo Subterráneo, simplemente, regresó hacia los túneles, hablando para nadie.

-Es. Contra. Ordenanzas. Contra. Ordenanzas.

 

Ea seguía tumbada en la cama. Cada vez que Azul entraba en la habitación, para limpiar o para traerle la comida, las alarmas que entraban con él eran menos, y menos urgentes.

Ya no había papeles por el suelo, y comía siempre de la bandeja. Las luces estaban apagadas todavía, y las ventanas entrecerradas.

Pasado un tiempo, dejaron de sonar las alarmas. Si alguna lo hacía, pronto se solucionaba la causa y paraba. Si un Capataz humano hubiese guiado las reparaciones, habría sido incluso más rápido, pero los Cangrejos se las apañaban.

Ea seguía llena de vacío, incapaz de hacer nada que no fuera estar encerrada, sobre la cama, dejando fluir los días. No pensaba, no proyectaba, no recordaba… solo las idas y venidas de Azul con la comida, la limpieza, o el orinal interrumpían lo que, de otro modo, hubiese sido un vegetar inerte y sin fronteras.

Hasta que, un día, la puerta se abrió, y los pasos metálicos sonaron diferentes.

Miró.

No era la figura achaparrada del Cangrejo Azul, ni del Amarillo, ni del Rojo. Era la torre sinuosa del Cangrejo Subterráneo. Y tenía las pinzas en forma de cesta desplegadas.

-Es. Hora.

Dentro de la cesta, un ser pequeñito, enfundado en un minúsculo pijama blanco.

Ea temblaba. Sintió como si tuviese un acantilado en el pecho y estuviese a punto de caer.

El Cangrejo Subterráneo se acercó, con el trote desigual de las patas elásticas, y le ofreció al bebé.

-Es. Hora. –insistió.

Lo miró unos instantes. Se encogió sobre la cama, en posición fetal, las manos recogidas frente a la cara.

-¡No, no! ¡Aparta!

El Cangrejo aguardó unos momentos. Finalmente, se acercó a la pared y estiró la camita empotrada en la que habían dormido todos los Capataces cuando aún eran bebés.

Ea espió, sin llegar a volverse del todo, y vio que el Cangrejo depositaba al bebé en el pequeño lecho y, de otra trampilla, sacaba el final de un tubo de vacío por el que surgió un pequeño botellín lleno de líquido blanco.

Volvió a mirar a su pared mientras oía cómo el Cangrejo le daba de comer.

 

Sentía todos los músculos del cuerpo en tensión. Estaba bloqueada. Su vacío mental se había llenado con la presencia alarmante del bebé… pero no con pensamientos sobre ello, sólo con la sobrecogedora presencia. Ya había pasado un buen rato, el Cangrejo hacía tiempo que se había marchado, y el bebé dormía respirando profundamente.

De pronto, la respiración se interrumpió. Una nueva alarma. Pero no era un pitido sintético de la Central, era una alarma orgánica, el bebé, que lloraba a un volumen que parecía imposible para un ser tan diminuto.

Desconcertada, Ea se levantó, y avanzó hacia la cuna.

Era muy pequeño, y a diferencia de ella, que tenía la piel muy morena, y del capataz Olec, que había sido del marrón más oscuro, el bebé tenía una piel pálida y fina, parecida a los papeles de cebolla que envolvían las barritas. Abría la boca, blanda y desprovista de dientes, en un lloro intenso, con los ojos firmemente cerrados, mientras las mejillas se le enrojecían por momentos.

Ea, sin saber qué hacer, lo tomó por las axilas y lo abrazó. Seguía llorando. Para sostenerlo mejor, intentó imitar la forma de cesta que hacían las pinzas del subterráneo.

En este abrazo acogedor, el bebé se calmó. De pronto, para sorpresa de ella, buscó con la cabeza y llevó los labios a su pezón.

En ese momento, la puerta se abrió. El Cangrejo Subterráneo. Sin decir palabra, sacó una nueva botella del tubo pneumático, y Ea constató que estaba rematada por una especie de pezón artificial. Eso debía de ser lo que el bebé buscaba. Y, efectivamente, al acercárselo a los labios, el bebé dejó el de Ea para centrarse en el de la botella.

El Cangrejo Subterráneo la acompañó a la cama, para que se sentara mientras el bebé comía.

-Es. Hora. –le dijo- Nombre. Es. Cres.

Ea miró al bebé que bebía en su abrazo. Había abierto los ojos, y veía que eran finos, y muy oscuros. Cuando ella le miraba, él le devolvía la mirada.

-Hola, Cres. –Le dijo.

Seguía bebiendo, mirándole.

El Cangrejo se había acercado a la zona de almacenamiento de debajo de la camita. Sacó una bolsa con arneses y algunos pijamas, y se los mostró.

-Ropa. –alzó unos pijamas, usados por generaciones de Capataces cuando aún no lo eran- Bebés. Deben. Cambiar. Ropa. Frecuente. Porque. La. Piel. Es. Sensible.

Ea lo miró, y miró al bebé.

-Portabebés. –alzó la bolsa- Para. Que. Ayudante. Llevar. Cres. Durante. Trabajo.

-Espera…

El Cangrejo había sacado de un bolsillo del portabebés una cantimplora con pezón.

-Para. Comer. Durante. Trabajo. –La alzó con otro de sus tentáculos- Son. Seis. Porque. Bebés, Comen. Con. Frecuencia.

-¡Espera, espera!

El Cangrejo acercó la cantimplora a un pequeño pitorro que salía de la compuerta del tubo de vacío. Empezó a llenarse del líquido blanco.

-Carga. Leche. Por. Aquí. Cuando. Est…

Ea le interrumpió.

-¡No puedo! –Dejó caer el biberón, y se levantó. Avanzó con los brazos extendidos y, colgándole de las manos, el bebé, que se había puesto a llorar- ¡No puedo!

-Aguanta. Cuello. Cres. –dijo, tomándolo entre los tentáculos con cuidado y metiéndolo en las pinzas- Ordenanzas. Dicen. Es. Hora.

Ea sintió que las lágrimas se le agolpaban.

-No puedo… No puedo cuidar a un bebé. No puedo cuidar la Central. –Se echó a llorar- ¡No puedo hacerlo, y por mi culpa el bebé se morirá! ¡Todo me sale mal! ¡No podré!

El Cangrejo, que le daba a Cres un nuevo tubo de leche con algunos de sus tentáculos, le tendió otro a Ea y se lo puso sobre el hombro.

-Ok. Yo. Cuido.

A Ea le había dado repelús el Cangrejo Subterráneo desde que, al morir Olec, fuese él quien lo despojase de su peto y se llevase el cadáver a las profundidades del Complejo. Pero esta vez acogió su tacto con un ansia que le sorprendió y, de pronto, le abrazó.

Lloraba, como si nunca fuese a acabar de llorar. Entre el llanto, oyó que la puerta se abría, y que se cerraba, y que se volvía a abrir, y en un momento se encontró abrazada por todos los Cangrejos, que habían venido a consolarla. El Subterráneo, con sus largos tentáculos y un ojo puesto en el bebé que ahora dormía. El Azul, con la carcasa impoluta de trabajar sólo en cuidarla a ella, siempre a cubierto. El Amarillo, que, en cambio, estaba polvoriento y embarrado. Y su fiel Rojo, con el reloj en el antebrazo, el peto a la espalda y el chasis rugoso y marcado de tantos años de amistad y servicio fiel.

Poco a poco, mientras lloraba en silencio y los músculos se le relajaban, los Cangrejos acompañaron su descenso. Acabó durmiéndose, arropada por sus amigos, con la cabeza sobre la depresión del lomo de Rojo en la que, tantos años atrás, había pasado las horas soñando, metida en la bolsa portabebés que allí encajaba.

 

Habían pasado horas desde que el Cangrejo Subterráneo había dejado a los demás ocupándose de Ea, para atender a algunas de sus tareas. Había estado vigilando un aumento de temperatura del Lote Criogénico Delta de Embriones Capataces, pero, ahora que se había estabilizado, se dirigió hacia la habitación de la Capataz, porque pronto sería momento de alimentar a Cres.

Con sus pasos elásticos, salió de la Sala de Partos, se adentró por los pasillos y subió a la Sala de Control. La Pantalla indicaba una alerta en una de las turbinas, y alguna otra reparación pendiente, por ahora desatendidas. De pronto, trotando a toda velocidad, de la habitación de la Capataz surgió el Cangrejo Amarillo, seguido de cerca por el Azul.

Y, si no había visto mal, Amarillo llevaba en el antebrazo un pequeño Reloj, como el de los Capataces pero de menor tamaño.

¿Qué estaba ocurriendo?

Entró en la habitación de la Capataz.

Dentro, vio a Ea, vestida de nuevo con su Peto, y con el Reloj en la muñeca. Sonriente, llevaba a Cres en brazos, con la cabeza del bebé sobre el hombro. Éste le había agarrado un mechón de pelo, y se lo llevaba a la boca masticándolo con las encías desnudas y una abundante dosis de saliva.

Ella le saludó.

-¡Precisamente iba a ir a hablar contigo! –le dijo, con una alegría que ya había parecido que no tenía que regresar nunca- ¡Se acabó tu trabajo! ¡Activa a otro Subterráneo para que te sustituya!

-Pero. Qué.

Ea prosiguió.

-Tu has estado aquí desde La Furia de Gaia, cuando las Plantas Furiosas destruyeron las ciudades, ayudabas ya al Primer Capataz, y sabes usar los ordenadores, y leer… ¿Verdad?

-Es. Así. –Miró a la Capataz renovada, intentando saber qué ocurría- Pero. No. Comprendo.

-¡No quiero que te encargues más del trabajo de rutina! Lo que quiero es que investigues, que recuerdes, y que descubras qué pasó cuando la Furia, de dónde salieron las Plantas Furiosas, qué es exactamente el Complejo, y el SRCCAB… ¡Todo, todo lo que pueda saberse! ¿Entendido? Esta noche espero que me puedas contar las primeras cosas que descubras. –Sonrió- Yo, por mi parte, tengo trabajo que hacer. Y un bebé al que enseñarle cómo funciona todo esto.

Con un silbido, le indicó a Rojo, que llevaba el portabebés de Cres fijado en la depresión de su espalda, que se acercara. Bajó al bebé adormilado, con cariño.

-Amarillo y Azul están en la turbina. Nosotros… -Miró el reloj- Nos vamos a reparar el alumbrado del túnel 6891.

El Cangrejo Subterráneo intervino.

-Dos. Equipos. Tres. Ayudantes. Activos. –Miró atentamente a Ea- En. Contra. De. Ordenanzas.

A Ea se le ensombreció el rostro, pero no llegó a poderle contestar.

-Bueno. –prosiguió el Cangrejo- Ordenanzas. En. Casos. Especiales. Se. Pueden. Enmendar.

Y aunque su voz técnicamente era inexpresiva, casi parecía que sonreía al hablar.

Ea sí que podía sonreír.

-Gracias.

Le dio una palmada cariñosa a Rojo en la carcasa, dispuesta a ponerse en marcha, y éste la miró expectante.

Estaban listos para volver a trepar, y trabajar, y para contarle al bebé, que roncaba plácidamente en la mochila, las historias de todos los Capataces, de la Furia, de las Plantas, de la caída de las ciudades, de los Hitos pasados, y de los que vendrían, y para ver cómo Cres crecería hasta convertirse en el siguiente Capataz…

Y esta vez no habría sorpresas. Las historias serían las de verdad.

En construcción

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Este blog nació con unas ideas y una mecánica que ya hace tiempo que no tiran, y ello hace que resulte una página muerta y estancada, y de la cual es difícil rescatar contenidos con facilidad.

 

Pronto (en realidad no tanto, pero en algún momento) rediseñaré este blog para hacerlo más funcional de cara a mi nuevas “ideas y mecánica”.

Hasta entonces, os dejo con unos buenos gifs animados noventeros.

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SCPC-2 (SPC Apocripha)

Este SCP apócrifo lleva meses en mis borradores, esperando una revisión que no va a llegar nunca. Pero me parece interesante, mucho más que el de la peluca que había colgado antes, así que aquí lo teneis… ¡disfrutad de mi inglés más que sospechoso y de un texto a medio cocinar!

(La C extra de SCPC es de Carlo)


 

Item: SCPC-2

Object Class: Safe

Special Containment Procedures: SCPC-2 is to be kept in the standard closed SCP object containment locker within Weapon Storage Unit 3 in site 37. Standard security procedures are to be applied. Access to the item is restricted, only personnel with a level 3 security clearance or higher may open the designated containment locker and move the object, exclusively for study purposes.

Description: SCPC-2 is a metal rod, 25 cm in length, 3 cm in diameter, and weighting 300g. It presents a knob at one end and a slight curvature and a V shaped bifurcation at the other. Spectrograph analysis has proven that the item is composed entirely of copper (85%), and an unknown metal (15%).

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SCPC-2

When held by a human being with a clear target to attack, the item will trigger a psychic wave that induces retroactive hallucinations to everybody in sight. The holder will instantaneusly be transformed into a humanoid warrior figure, SCPC-2-2, always different and properly equipped to kill the chosen target.

While in SCPC-2-2 form, the holder will invariably present enhanced speed, strenght, agility and stamina. Their body will usually be covered by a special suit or uniform, of unknown composition (the taking of samples has been impossible during the transformation periods), usually but not always including a tight suit, a helmet, gloves, boots and some time of body armor. (For more details, read SCPC-2 experiment log 1)

The transformed subject will also be equipped with unknown weapons or abilities suited to the destruction of its intended target (For more details, read SCPC-2 experiment log 1). These weapons (SCPC-2-2) are sometimes present from the very first moment of the transformation. Other times, they seem to be invoked at will by SCPC-2-1 from some unknown source. They have manifested in the form of blunt objects, firearms, bladed weapons, kinetic weapons, energy weapons (electricity, laser, [DATA EXPUNGED] and X rays have been detected in some instances), shields, musical instruments, toys, motor cycles, drones and explosives.

This transformation period will persist until SCPC-2-1 has killed its target, 13 minutes have passed, or SCPC-2-1 itself is killed. In the first instance, the subject will revert back to its human identity, without any physical or psychological noticeable changes. In the second case, when 13 minutes have expired, the subject will revert back to its human form, but will be dead form an unknown cause. When the transformed instance is killed, it will also revert to a cadaver, dead from whatever killed SCPC-2-1 in the first place.

During the transformation period, SCPC-2-1 can attack and kill any number of individuals (or potentially engage in any other activity, though SCPC-2-1’s mindset is focused on fighting)

After the subject has reverted to its original living human form, it will remember everything that has happenned, but will report a “hybrid mind state” with the transformed instance, general feelings of freedom, power and confidence and an intense pleasure from the act of fighting itself.

SCPC-2 is potentially very dangerous, but is totally safe when in storage, so it has been deemed Safe.

SCPC-2 was found by agents embedded in the Metropolitan Tokio Police. They were alerted by a wave of attacks of a masked vigilante on several crooks and small time criminals (see police files █████████, ███████████ and ██████████) which was reported useing several types of anomalous weaponry, and was described by eye witnesses as a “Tokusatsu masked hero”. SCPC-2 was finally retrieved from the body of 19 year old  █████  ███, found shot dead in what appeared to be a failed attack on a local drug lord. All official information was suppressed by the embedded agents and the item was retrieved by foundation operatives.


SCPC-2 experiment log 1

Experiment 1:

Date: ██-██-██

Procedure: D-Class personnel (D-291986, caucasian, male, convicted for murder) is instructed to hold SCPC-2 in his hand and think of becoming a superhero.

Results: D-291986 does as instructed, but no result is achieved.


Experiment 4:

Date: ██-██-██

Procedure: D-Class personnel (D-212912, asian, male, convicted for aggravated assault and murder) is instructed to hold SCPC-2 in his hand and think of becoming a Tokusatsu hero.

Results: D-212912 does as instructed, but no result is achieved.

 


Experiment 5:

Date: ██-██-██

Procedure: D-Class personnel (D-212912, asian, male, convicted for aggravated assault and murder, D-291986, caucasian, male, convicted for murder) are placed in the same testing room. D-212912 is instructed to hold SCPC-2 in his hand and think of defeating D-291986 in combat.

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A still of SCPC-2-1 inside the test room, right after the transformation process. D-291986 is not in frame from this angle.

Results: All personnel directly witnessing the experiment felt a retroactive hallucination where they saw D-212912 strike a pose, exclaim some transformation mantra (indecipherable) and emit several color lights during his transformation into SCPC-2-1. Later examination of testing footage revealed that such events never happenned and that the transformation was instantaneus, hence why these preceptions are labeled as “retroactive hallucinations”. SCPC-2-1 was a figure of the same general build as D-212912, clad in a blue skintight suit, helmet, white and green gloves, boots, belt and shoulderpads. It was armed with a green and white plastic looking sidearm, which it used right away to shoot D-291986 in the head. D-212912 promptly reverted back to human form, was instructed to leave SCPC-2 on the floor and was escorted outside by security personnel.

A still from the test recording is included, depicting this instance of SCPC-2-1.


Experiment 6:

Date: ██-██-██

Procedure: D-Class personnel (D-212912, asian, male, convicted for aggravated assault and murder, D-287189, caucasian, female, convicted for rape) are placed in the same testing room. D-212912 is instructed to hold SCPC-2 in his hand and think of defeating D-287189 in combat. D-287189 has been outfitted with a regular sidearm and a full clip.

Results: All personnel directly witnessing the experiment felt a retroactive hallucination where they saw D-212912 strike a pose, exclaim some transformation mantra (indecipherable) and emit several color lights during his transformation into SCPC-2-1. The subject was the same, but SCPC-2-1 was different. A figure of the same general build as D-212912, clad in a bright red skintight suit, helmet engraved with fishlike features, gloves, boots, belt, and a circular shield with a stylized carp desing on it. D-287189 had been instructed to shoot to kill, and tried to, emptying her magazine into the shield, because SCPC-2-1 maneuvered with superhuman reflexes to block all the bullets.

SCPC-2-1 then proceded to ram D-287189 with the shield, pinning her against the wall. With a hand flourish, SCPC-2-1 was found holding a white and red blunt looking scaly dagger, which he previously didn’t have, and impaled D-287189 through her head.

With the target dead, D-212912 went back to human form, and was instructed to leave SCPC-2 on the floor and was escorted outside by security personnel.

It’s to be noted that, in all instances, every use of an SCPC-2-2 weapon (when shooting, when blocking bullets, when entering a human skull) has resulted in showers of inexplicable sparks.


Experiment 7:

Date: ██-██-██

Procedure: D-Class personnel (D-212912, asian, male, convicted for aggravated assault and murder, D-311219, Black, male, convicted for assault) are placed in the same testing room. D-212912 is instructed to hold SCPC-2 in his hand and think of defeating D-311219 in combat. D-287189 has been secretely outfitted with a hidden sidearm and a full clip.

Results: All personnel directly witnessing the experiment felt a retroactive hallucination where they saw D-212912 strike a pose, exclaim some transformation mantra (indecipherable) and emit several color lights during his transformation into SCPC-2-1. This instance of SCPC-2-1 was a figure of the same general build as D-212912, clad in a sparkly silver skintight suit, a helmet resembling a microwave, metallic gloves, boots.

D-311219 had been instructed to wait for the transformation to end and shoot to kill. Upon seeing the hidden gun, SCPC-2-1 seemed very distressed, and cartwheeled out of the way of the first bullets. It wasn’t fast enough to avoid all shots, though, and quickly fell to the ground and reverted to human form, presenting two mortal bullet wounds. D-212912 was instructed to leave the gun on the ground and was escorted outside by security personnel.

Scorch marks where SCPC-2-1’s hands had touched the ground during its cartwheels seem to indicate that the metallic gloves this instance was outfitted with were intended to kill its target with extreme heat.

This experiment seems to demonstrate that SCPC-2-1 is outfitted to kill efficiently based on the knowledge that the subject has on the target: when knowing it was armed, SCPC-2-1 sported a shield able to withstand being shot. In the two instances where the subject thought the target was unarmed, no defensive measures manifested.


 

Experiment 8:

Date: ██-██-██

Procedure: D-Class personnel (D-311219, Black, male, convicted for assault, D-300191, male, white, convicted  for arson and multiple killings) are placed in the same testing room. D-311219 is instructed to hold SCPC-2 in his hand and think of defeating D-311219 in combat. D-300191 has been outfitted with heavy ballistic armor a fully automatic machine gun with several rounds of ammunition.

Results: All personnel directly witnessing the experiment felt a retroactive hallucination where they saw D-311219 strike a pose, exclaim some transformation mantra (indecipherable) and emit several color lights during his transformation into SCPC-2-1. This instance of SCPC-2-1 was a figure of a slightly smaller build than D-311219, clad in a heavily padded suit, a helmet sporting two round bulging eyeplates, a short cape, gloves, boots, two sidearms and a motorcycle equipped with a battering ram. The transformation made SCPC-2-1 face the door of the testing room instead of D-300191.

Revving up the motorcycle, SCPC-2-1 was heard exclaiming “Don’t shoot! Teamwork is everything!”. At full speed, it rammed the door down, and, in a swift movement, shot the two guards stationed outside with its sidearms. “Follow me to freedom!”

The armed D-300191 joined SCPC-2-1 in this escape attempt, and accepted SCPC-2-1’s invitation to jump on the bike.

Together, SCPC-2-1 and D-300191 resisted the attacks of security personnel with great efficiency, thanks to SCPC-2-1’s planning and gear, and resisted containment breach protocols until 13 minutes had expired. During the last 3 minutes, SCPC-2-1 seemed to feel disoriented, losing coordination and stumbling around. A gem or crystal-like feature embedded in its chest (which was present in all previously observed instances of SCPC-2-1 but was never considered relevant) started flashing intermittently. When the 13th minute ended, SCPC-2-1 fell dead on the ground, reverting to human form. Without SCPC-2-1’s support and gear, D-300191 was quickly terminated.

For future tests, freshly arrived D personnel will be used, so their knowledge of the site and security measures is minimal. They are also to be made to think that the security measures for the experiments are less than what they really are.


Experiment 12:

Date: ██-██-██

Procedure: D-Class personnel (D-581100, black, female, convicted for kidnapping and murder, D-578671, male, white, convicted  for arson, D-585022, white, female, convicted for rape and murder, D-581099, hispanic, convicted for robbery and assault) are placed in the same testing room. D-D-581100 is instructed to hold SCPC-2 in his hand and think of defeating all the other D-class personnel in the room in combat. They have been armed with knives and padded clothing.

Results: D-581100 didn’t transform. After several minutes, all D-Class personnel were instructed to leave their weapons (including SCPC-2) on the floor and were escorted outside by security personnel.

It seems that SCPC-2 can’t be triggered with a group target in mind.


Experiment 12:

Date: ██-██-██

Procedure: D-Class personnel (D-581100, black, female, convicted for kidnapping and murder, D-578671, male, white, convicted  for arson, D-585022, white, female, convicted for rape and murder, D-581099, hispanic, male, convicted for robbery and assault) are placed in the same testing room. D-D-581100 is instructed to hold SCPC-2 in his hand and think of defeating  D-578671 in combat. They have been armed with knives and padded clothing.

Results: All personnel directly witnessing the experiment felt a retroactive hallucination where they saw D-311219 strike a pose, exclaim some transformation mantra (indecipherable) and emit several color lights during his transformation into SCPC-2-1. This instance of SCPC-2-1 was clearly D-581100, with a different, more elaborate hairsyle and a tiara, and was dressed in a catholic schoolgirl uniform, gloves and boots. In SCPC-2-1’s hand a heavily garnished version of SCPC-2 was still visible.

After a few coreographed movements (with no apparent motive), SCPC-2-1 unleashed a barrage of projectiles of an indefinite nature, shot from SCPC-2 and directed at the nearest assailant, D-581099, who briefly caught on fire before falling dead to the ground. SCPC-2-1 then attacked D-578671 with the same weapon. After its target was dead, SCPC-2-1 reverted to human form. An unarmed D-581100 died of stab wounds inflicted by the surviving D-585022.


Experiment 13:

Date: ██-██-██

Procedure: Dr. █████████ decided to test the effects of SCPC-2 on himself. D-Class personnel (D-585022, white, female, convicted for rape and murder) was placed in the same testing room, armed with a gun. Dr. █████████ is to hold SCPC-2 and think of defeating D-585022 in combat.

Results: All personnel directly witnessing the experiment felt a retroactive hallucination where they saw Dr. █████████ strike a pose, exclaim some transformation mantra (indecipherable) and emit several color lights during his transformation into SCPC-2-1. This instance of SCPC-2-1 was clearly Dr. █████████, with a different, more elaborate hairsyle and a tiara, and was dressed in full 1940 style sailor uniform, gloves and boots.

With speed much faster than that previously observed in any instance of SCPC-2-1, it moved erratically to avoid being shot. In several moments of its continuous movement, it launched (apparently) metallic flowers to its target, wounding it and, finally, killing it with a direct hit to the head.

SCPC-2-1 reverted back to Dr. █████████, still holding SCPC-2 in his hand. All the flower shaped projectiles disappeared.

Dr. █████████ later confirmed the experiences from previous interviewees, of feeling power and confidence and pleasure in fighting, but expressed disappointment in his looks as SCPC-2-1.

<This isn’t can’t serious! Experimenting on himself just for the fun of it? Dr. █████████ is to be immediately relevated from his post!>  Dr.███

<Dr. █████████ has been seriously reprimanded, but will continue studying SCPC-2 for the time being> -05██-


Experiment 14:

Date: ██-██-██

Procedure: While the objective of the SCP foundation isn’t extermination, it has been decided to have an instance of SCPC-2-1 fight SCP-682. A volunteer agent, fully informed of all aspects of SCP-682 will be facing it in battle.

Results: All personnel directly witnessing the experiment felt a retroactive hallucination where they saw Agent ████████ strike a pose, exclaim some transformation mantra (indecipherable) and emit several color lights during his transformation into SCPC-2-1. This instance of SCPC-2-1 was a figure of a much bigger build than Agent ████████ clad in a heavily armored suit, a horned helmet, gloves, boots, and what appeared to be a robotic exoskeleton of an identified metal. [DATA EXPUNGED] After 13 minutes, SCPC-2-1 reverted back into human form, and was quickly anhiliated by SPC-682. All explosive, radioactive, [DATA EXPUNGED] weaponry, exoskeleton parts, dimensional rifts and mech elements disappeared with SCPC-2-1.

SCPC-2 was recovered from SPC-682 containment cell, with the result of 12 casualties, but considering the risk of it transforming into SCPC-2-1, it has been deemed a small loss.

Even with the ultimate death of Agent ████████, a security operative fully informed of some of the most dangerous SCP objects using SCPC-2 could be fundamental in making containment protocols much safer and effective, greatly reducing the cost of human lifes.

As there’s only one SCPC-2, a decision should be made on which SCPC being’s containment procedure it should it included.

Implementing this measure is pending approval.