Música muerta

Dean Ellis – The Proud Robot, 1975.

Tengo guardados en un pen drive un montón de cuentos descartados que he ido escribiendo a lo largo de los años.

De vez en cuando, los releo, y, todavía más ocasionalmente, encuentro alguno que, con una revisión más o menos dura, me parece que podrían volverse un buen cuento.

¡Y no sabeis el gustazo que es eso! ¡Al final yo era también una chica guapa, solamente tenía que quitarme las gafas para ir al baile de fin de curso!

Ahí va uno de esos cuentos por revisar:


La voz ronca y ahogada de robot siempre le había recordado a la manera en que hablan los sordos. Una voz más gutural de lo acostumbrado, aunque a la vez nasal, en que el aire se expulsa con fuerza, dándole unas extrañas resonancias cavernosas y violentas que, al principio, pueden resultar inquietantes, además de difíciles de entender. También como muchos sordos, los robots llevaban un aparato en la oreja, pero no para ampliar los sonidos del ambiente. Los audífonos de los robots emitían música. Y Jonás lo sabía muy bien, él era su autor.

La gran puerta de seguridad se hizo a un lado, y el hombre avanzó por el luminoso pasillo, seguido de cerca de su fiel servidor, Rodney. Claro, los robots son fieles por defecto. Pulsó el botón del ascensor que llevaba al décimosexto piso y preguntó la hora Rodney.

-Son las diez y tres minutos de la noche, señor.

Le llegó el olor a hospital de su aliento. Miró su cara, inexpresiva. Era plateada, mate, y perfectamente neutra, una de las muchas opciones que podían elegirse al comprar un servidor. Había en circulación centenares de aspectos sencillos distintos, y también muchos diseños originales que, por ejemplo, imitaban el estilo de las máscaras venecianas, los antiguos autómatas de la ciencia ficción pulp o el rústico aspecto de un muñeco de madera. Pero por muy complejas que fuesen estas fachadas, cuando hablaban se podía percibir el olor a formol de su respiración, que se filtraba a través de sus dientes plastificados y su momificada y torpe lengua.

Rodney era el segundo robot que Jonás compraba, su anterior servidor, Renoir, había sufrido graves daños que lo habían inutilizado. En otra situación, hubiese tenido que dar muchas explicaciones a la WWR (World Wide Robots) pero él era Jonás Lambda, el principal músico para robots y uno de los responsables de que el arte de la robótica existiese siquiera.

Su participación en el proyecto Kapek, que fue el que permitió el desarrollo de la robótica masiva, empezó cuando, una gris mañana de otoño, dos agentes del gobierno llamaron a su puerta. Jonás, un hombre menudo y, en esos momentos, dormido y en pijama, no se atrevió a decir que no a los dos gigantes estatales de gafas ahumadas, por lo que se cambió rápidamente y se metió en el coche. No comprendía qué podían querer de él, se trataba de un don nadie.

Siempre le había apasionado la música, y a ella había dedicado su vida entera, pero ya de pequeño sus maestros habían advertido su falta de talento. Solo su madre lo había apoyado siempre de forma incondicional. Como sus profesores, Jonás sabía perfectamente que desde el punto de vista técnico, su ejecución era impecable, dominaba la mecánica necesaria para extraer concatenaciones exactas de notas de un número nada despreciable de instrumentos. Pero pese a su gran capacidad para tocar, toda su música carecía de vida, de chispa. Así, tras largos años en el conservatorio, durante los cuales solo el espíritu inquebrantable de su madre lo había hecho ir adelante, se había encontrado componiendo eficientes pero sosas cancioncitas que sonaban en las centralitas de teléfono, jingles para anuncios cutres y mínimas piezas ocasionales.

Jonás no sabía qué podían querer de él esos hombres del gobierno, pero se corrigió. Pese a su complejo, en realidad no era un don nadie. Hacía poco que había alcanzado la fama gracias a su canción “Electron jam”, una melodía de género electrónico que, gracias a una casualidad, y Jonás lo sabía, tenía una gracia especial en sus alternancias y repeticiones de ritmos sintéticos que había hecho que ese verano se bailase en todas las discotecas. Pero, aún así… ¿Qué podían querer del DJ de moda las autoridades del país?

Lo llevaron a un edificio cuadrado y blanco, a las afueras de la ciudad, y penetraron su vestíbulo desnudo tras pasar por al menos media docena de controles y barreras. De su camisa colgaba el distintivo “V”, que uno de los agentes le había estampado bruscamente en el pecho mientras el otro avisaba por walkie talkie de su llegada y de que “se debía liberar el pasillo 3-B para transito de visitantes”.

Jonás estaba altamente intimidado mientras lo llevaban por los blancos pasadizos de puertas cerradas, con una mano titánica sobre cada hombro.

Cuando finalmente atravesaron una de las puertas, se encontró ante un melenudo de aspecto inofensivo, casi nervioso, sentado detrás de una mesa de plástico.

-¿DJ Lambda? – dijo levantándose.

-Sí, sí… –aceptó su apretón de manos- Pero llámeme Jonás…

-Bien, Jonás. Firme esta clausula de no revelación y hablaremos.

-¿Qué…? ¿Qué quieren enseñarme?

El ascensor se paró en el piso indicado. Un pequeño pase con su tarjeta, tenía los privilegios necesarios, y la puerta de seguridad se abrió. Aún recordaba la primera vez que pasó por una puerta como esa. El melenudo, después sabría que se llamaba Dr. Águila, lo llevó a una sala oscura. Sobre una extraña camilla, descansaba una figura humana, rodeada de extraños aparatos y conectada a sondas y ordenadores varios. La sala olía a ozono, a alcohol, a formol y desinfectante. Jonás observó al ser unos momentos.

-¿Es…?

-Antes de preguntar nada, permítame explicarme.- Lo interrumpió el doctor Águila mientras se peinaba hacia atrás su larga melena de informático.- Este es uno de los laboratorios en los que se está llevando a cabo, desde hace unos años, el proyecto Kapek. Se trata de un intento de crear robots autónomos capaces de las más distintas tareas.

-¿Pero no tenemos ya robots?

-Cierto, existen algunas máquinas que nos hacen la vida más facil, pero nosotros aspiramos a algo más, a máquinas mucho más complejas capaces de desenvolverse en ambientes variables, con tareas cambiantes y, sobretodo, con verdadera inteligencia y sin necesidad de programación alguna.

Jonás asintió para que el científico siguiese hablando.

-Pero, claro, esta clase de máquina necesitaría una capacidad de computación extremamente alta. Y ello requiere un ordenador muy complejo.

Tras una pequeña pausa, miró fijamente a los ojos al músico y añadió.

-¿Y sabe cual es la computadora más compleja que existe?

Se quedó en silencio, observando a Jonás.

-Dios mio. ¡Eso de encima de la mesa si que es un…!

-¡No, por favor, no se impresione! Es cierto, pero verá. Nosotros no somos capaces de desarrollar una computadora tan potente como el cerebro humano. En cambio, gracias a las técnicas desarrolladas con el proyecto Kapek, hemos aprendido a aprovechar los de los cadáveres. Y, del mismo modo, no tenemos forma de crear un interfaz que se relacione mejor con el cerebro humano que el propio cuerpo humano.

-¡Están experimentando con muertos!

-Cierto, y con bastante éxito además. Hemos conseguido poner en marcha los cerebros muertos, y conectarlos con los cuerpos, debidamente conservados con un método que…

-¡Es monstruoso! –Jonás dio un paso atrás, solo para encontrarse con el muro de los agentes que lo habían llevado hasta allí- ¿Qué quieren de mi? –Forcejeaba como la cola de un lagarto para intentar desasirse de las manos gigantescas que lo habían apresado- ¡¿Mi cerebro?! ¡Mi cerebro no! ¡Déjame! ¡No!

-Tranquilícese, Lambda. No queremos su cerebro… Ya le he pedido antes que me deje explicarme.

-¡No quiero! ¡Quiero irme a mi casa!

-Verá, resulta que pese a que sabemos que los cerebros reanimados reciben los mensajes que les damos, son incapaces de reaccionar. Si las conciencias de los muertos se recuperasen al reanimar el cerebro, seguramente sería una agonía estar consciente sin poder mover el cuerpo, pero por suerte los cerebros Kapek están desprovistos de cualquier contenido relativo a la personalidad o a la memoria. Nuevos de trinca. Pero mire, fíjese.

El músico, aún apresado, vio como el científico se acercaba al cuerpo que descansaba sobre la mesa de trabajo.

-Levántate, R-102.

Un extraño temblor sacudió las articulaciones del cadáver mientras las pantallas y sensores a los que estaba conectado estallaban en una sinfonía de pitidos y zumbidos. Lentamente, el movimiento y los aparatos se apagaron.

-¿Ve? Es incapaz de obedecer. Pero, en uno de los experimentos, mi colega el doctor Neuburg se había dejado el teléfono móvil encendido, y le llamaron. ¿Reconoce esta canción? Era el tono de llamada del teléfono.

Jonás escuchó, boquiabierto, aún apresado por las garras de los gorilas estatales.

-Es mi… mi “Neutron Jam”.

-Sí señor. –El científico seguía sosteniendo el reproductor de música en alto mientras hablaba- Y ahora… Levantate, R-102.

La constelación de luces y sonidos de las sondas se sumó a la canción y el cadáver, con movimientos torpes y temblorosos, empezó a incorporarse.

-R-102, anda.

Jonás temblaba de pies a cabeza, y sentía que en pocos momentos iba a tener que cambiarse de pantalones si no recuperaba la compostura. El cadáver avanzaba torpemente, a trompicones y sin gracia… pero avanzaba. Y, de pronto, Águila paró la música y el cadáver se desplomó, como un peso sin vida.

-Su música, parece ser, tiene la chispa que da la vida a…

-¿Qué dice que tiene mi música?

-Pues, tras experimentar con otras canciones, hemos descubierto que solo sus canciones tienen la, llamémosla chispa, que…

Jonás sonrió. Su música tenía chispa. La suya y la de nadie más.

Trasladaron su estudio musical al complejo científico de los largos pasillos subterráneos y le adjudicaron cuatro cuerpos tratados. Fueron largos meses de investigación, o más bien de composición, en los que Jonás trabajó para depurar las melodías para robots. Al principio componía sobre la marcha, experimentando los efectos de sus acordes sobre los cadáveres, pero pronto vio que sus melodías improvisadas eran muy poco efectivas. Y también que no había una equivalencia directa entre determinado tipo de sonido y cierta capacidad de movimiento. Había algo en los ritmos, en las relaciones entre los tonos, en la matemática de su música que sintonizaba de algún modo con los cerebros muertos y les daba la vida. Y Jonás no lo captaba más que de forma instintiva, pero pronto empezó a aprender como afectar a los cerebros reanimados, y de qué maneras. Así pues, su día a día siempre era similar. Llegaba con cuatro canciones diferentes al laboratorio y ponía a cada uno de los cadáveres (iban del R-110 al R-114, aunque Jonás les había puesto motes) a hacer ciertas tareas mientras escuchaban una de las canciones con auriculares. La canción que permitía más fluidez de movimiento, más precisión en los actos, mayor orientación… era la que depuraría durante toda la tarde, para acabar con cuatro variantes, que pondría a prueba al día siguiente.

Jonás, seguido de su fiel servidor Rodney, se sentó en una butaca de la amplia sala de control. No solía haber nadie, aunque estaba preparada para la presencia de varios operadores humanos. De las consolas, brotaba su música.

A lo largo de los meses, sus solitarios experimentos lo llevaron a crear melodías muy distintas, con efectos diferentes sobre los cadáveres. Algunas los volvían más agresivos, otras les permitían movimientos lentos pero altamente precisos, los ritmos de la siguiente los volvían rápidos y gráciles… Fue más de un año de experimentación, y muy duro. El ya de por sí esmirriado músico perdió gran parte de su masa corporal, y su piel, pálida por pasar sus día encerrado en un sótano, estaba surcada de venas azules. Se parecía bastante a los cadáveres con los que había experimentado, que también habían sufrido bastantes golpes y magulladuras en el curso de las experiencias musicales. Uno de los cuatro había, incluso, quedado inutilizable. Pero, por fin, Jonás pudo presentar sus resultados finales a los expertos que debían juzgarlos. Entre ellos estaban algunos científicos conocidos, con los que había trabajado en el proyecto, como el doctor Águila o el doctor Neuburg, el que se había dejado el teléfono en marcha con el “Electron Jam” como sintonía. Pero también había otras personas, representantes estatales y militares, y los encargados del departamento de comunicación del estado. Estos últimos, “los de marketing”, asistieron preocupados a las demostraciones en que cadáveres reanimados realizaban distintas tareas escuchando música electrónica. ¿Cómo iban a ser capaces de hacer que el publico aceptase algo así?

Jonás reclinó ligeramente el respaldo acolchado del asiento. Millares de unidades roboticas funcionaban en todo el mundo. Los de Marketing se habían preocupado demasiado. No solo contaban con la potente maquinaria de comunicación del estado, sino que subestimaron la capacidad de la gente para acomodarse. Del mismo modo que desde hacía décadas habían sabido olvidar que sus vidas confortables dependían del trabajo y el sufrimiento de naciones enteras inmersas en la miseria, la sociedad se acostumbró rápidamente a aprovechar los cuerpos de los muertos para hacer los trabajos más ingratos. Dotar a los cadáveres de carcasas que suavizasen el impacto visual fue crucial para esta aceptación, del mismo modo que la decisión de no utilizar cadáveres infantiles, pero las tareas del departamento de Marketing al final no necesitaron ir más allá. Los robots se impusieron como mano de obra, sirvientes personales, soldados rasos y trabajadores de los tipos más variados, y todo lo hacían gracias a la música de Jonás, que era retransmitida de forma centralizada desde la torre de emisiones en que se encontraba en esos momentos, directamente al audífono que tenían incorporados todos los robots.

-Rodney, dame la tarjeta de memoria.

-Sí, señor.

Jonás introdujo la tarjeta en la consola que tenía delante de sí. Era la encargada de emitir su “Suite robotica numero 1”. Se trataba de la canción que permitía a los cuerpos moverse con cierta agilidad y precisión, la más equilibrada, en realidad. Una flauta sintetizada se encargaba de la melodía mientras un suave xilófono ascendía y descendía en repetitivas escalas. El advenimiento de la robótica había tenido un efecto importante en el mundo de la cultura. La musica electrónica se había vuelto tabú, música para robots, y el género había sido proscrito para oídos humanos. Pero a DJ Lambda no le importaba, su carrera profesional había abandonado a los humanos décadas antes, cuando acabó el proyecto Kapek y él aún era jóven. Había ido perfeccionando progresivamente las canciones que movían a los robots durante más de cincuenta años, hasta ser el único artista restante en un género muerto. Por eso nadie se había extrañado al verlo entrar en la torre de emisión. Como tantas veces, copiaba un archivo de música desde su tarjeta de memoria a una de las consolas, listo para actualizar la melodía.

Expulsó la tarjeta y se levantó, para ir a insertarla a la consola de al lado. Los sonidos industriales y los coros sintéticos se alternaban con la agresiva guitarra distorsionada en su “Suite robótica número 2”.

Había sido el día anterior. Jonás conducía su flamante deportivo por la autopista, regresando de un fin de semana en un pequeño hotel de la costa. Por suerte, solo había pretendido componer en un lugar agradable, porque los bañistas se encontraron con una agresiva tormenta que les aguó el descanso. Todavía estaba lloviendo a la vuelta a la ciudad, y los nubarrones y la oscuridad de la noche confabularon para que Jonás no lo viese hasta estar justo delante. Un pequeño utilitario había chocado contra la mediana, y algunos robots retiraban los escombros. No consiguió evitar a dos de ellos, que se estamparon contra su parabrisas. Luchando por mantener el control, viró, lanzando a uno de ellos despedido hacia el carril contrario. El otro, en cambio, tenía un brazo atascado en la carrocería, abollada por el impacto… Y la carcasa que le cubría la cara partida por la mitad. El tratamiento para preparar los cadáveres los arrugaba y les daba un aspecto extrañamente plastificado, e incluso con las técnicas de reconstrucción que se utilizaron cuando, con el boom de los robots, se saquearon cementerios para extraer cuerpos putrefactos todavía utilizables, el aspecto resultaba muy extraño. Pero Jonás reconoció esa cara. Debajo de la funcional y sencilla carcasa de plástico con la que el ayuntamiento recubría sus robots, asomaba con la boca abierta en un grito de dolor, la faz contorsionada de su anciana madre, la única que lo había apoyado en los inicios de su carrera.

Jonás había acabado de cargar el archivo en las cinco consolas. Miró a Rodney.

-¿Estás escuchando la Suite Robótica numero 5, Rodney?

-Así es, señor.

Por eso fue en la consola que controlaba la emisión de esa canción en la última en que activó el archivo que había cargado desde su tarjeta de memoria. En cuanto lo hizo, el grito sepulcral de Rodney se impuso por encima de la nueva música que se emitía simultáneamente a todos los robots del planeta. Rodney Gritaba mientras la machacona batería servía de base a los vibrantes silbidos alienígenas que se encargaban de la melodía, alternándose con una muestra de sonido de gaviotas, de crujir de huesos y de gritos. Era su Suite Robótica número 6, la canción secreta que había descubierto en sus primeros experimentos. El robot R-102 fue quien la probó, y como él, ahora Rodney Gritaba. Como él, se retorcía en fuertes espasmos mientras la exasperante nota de violín subía y subía de intensidad. Igual que su servidor anterior, Renoir, hizo cuando reprodujo por error esa canción en su casa, Rodney  se arrancaba de cuajo la carcasa que recubría su cuerpo de cadáver, inmerso en un frenesí histérico. En esos momentos, todos los robots del mundo, como Rodney, como R-192 en su momento, como Renoir, usaban sus plastificadas y huesudas manos para arrancarse la carne de los huesos. En su aparente locura, los robots barrenderos de Nueva York se perforaban los globos oculares y se llenaban los dedos de humores gelatinosos. Los robots mayordomos de París se abrían el pecho para extraerse los órganos entre espasmos de endemoniado y se arrancaban los bíceps estrujándolos hasta destrozarlos. Los robots obreros de las fabricas Chinas dejaban de trabajar entre la agonía de la canción para penetrarse los cráneos con sus fuertes brazos y lanzar su cerebro a las cadenas de montaje.

En todo el mundo, los robots, reducidos a jirones de carne plastificada, se desplomaban ante los horrorizados ojos de sus dueños humanos. Jonás miró a lo que quedaba de Rodney, que descansaba en un charco de la espesa sangre marrón de los cadáveres reanimados.

-Lo siento mucho- le dijo-. Has sido un fiel servidor, pero ahora que el mundo entero ha sido testigo de ese espectáculo macabro, nadie se atreverá de nuevo a esclavizar a los cuerpos de los muertos. Nunca nadie volverá a ver a su madre, o a su hermano, o a su amada transformados en un títere que baila al ritmo de mi música.

Miró las consolas, sin verlas. Pensaba en la obra de toda su vida, eliminada de todos los ordenadores de su estudio escasas horas antes.

-Pero… aún así… Debo asegurarme del todo.

Mientras hablaba, había extraído de debajo de su chaqueta un pequeño interruptor.

-Solo yo tengo la chispa.

Activó el potente explosivo del que llevaba cargado el chaleco y las llamas lo envolvieron. La torre de emisión, el último lugar donde quedaban copias de su música, se partió por la mitad y se derrumbó.

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¡La X marca el lugar!

http://monkeyisland.wikia.com/wiki/Elaine_Marley

En mi calendario, ayer y hoy tenían dos cosas marcadas.

Bueno, tres, hoy tengo hora en el dentista, pero eso no tiene nada que ver con lo que quería contar en esta entrada. Pero sí. Esta tarde, a las siete, si todo va bien, estaré en la silla del dentista probándome una férula.

Ejem. Dejadme volver a empezar.

En mi calendario, ayer y hoy tenían dos cosas marcadas.

Ayer, día 28, ponía “PIRATES”. Hoy, día 29, pone “BROKEN AGE”. Ayer se iban a conocer los resultados del concurso de relatos de piratas del que hablaba en esta entrada.

Así que, de buena mañana, encendí el ordenador, entré en la página y… puf. Nada. Ningún resultado todavía.

Entré pues en Youtube, y vi… ¿Que habían publicado el anuncio del lanzamiento de esta segunda parte de Broken Age que hace tiempo que estaba esperando?

Pronto, abrí Steam y vi que, efectivamente, el juego que tenía que lanzarse al día siguiente ya se estaba descargado. Los resultados que, en cambio, debían anunciarse ese día, no estaban por ninguna parte.

En fin, pasé el día trabajando, por la tarde montando cosas en el despacho, haciendo cosas útiles y dos o tres veces más complicadas de lo que deberían haberlo sido, porque por lo general la realidad es así.

Y, esperando a que se terminara una instalación, aburrido, me volví a acordar de los piratas, que con la mente ocupada se me habían ido de la cabeza.

Abrí la página en el teléfono, porque el ordenador, como digo, estaba ocupado instalando cosas, y…

¡BAM!

¡ASÍ ES!

¡EL AMIGO DE HARRY POTTER HA GANADO EL TERCER PREMIO!

Después de asimilarlo unos momentos, me levanté de la silla y bajé al despacho de mi madre y, sin decirle nada, le pasé al teléfono.

Estaba tan contenta que durante los siguientes minutos fue incapaz de formar bien las frases que quería decir. En pleno modo de cortocircuito, anunciaba que “su hija había ganado el cuento de micro relatos” y cosas similares.

Decidimos que le haríamos una sorpresa a Núria, esa noche, pero claro, cuando llegó a casa del entrenamiento, vio un e-mail en el teléfono… la organización del concurso, que le anunciaba que había ganado.

¡Eso sí, entró en mi cuarto dando saltos y excalamado “he guanyat” como un Arquímedes cualquiera saliendo de la bañera!

Y esa noche cenamos con pastel.

This is Georgetown!

¡Ah, maldita sea! Llevo toda la semana tan ocupado que no me he acordado de que el miércoles significa entrada en el blog obligatoria!

En fin. Tengo ya varias entradas “complejas” en el tintero (en la carpeta de borradores), pero estoy demasiado liado para ocuparme de ellas o demasiado cansado para hacerlo cuando he solucionado los líos… Pero mira, aunque casi me haya olvidado de que miércoles=blog, esta semana me he acordado de que martes significaba gimnasio, y espero que mañana me acuerde también de que el jueves significa eso mismo.

Y, he pensado, quizás haya menos gente: este jueves es Sant Jordi, y a los Barceloneses (como mínimo, no sé cómo va el resto de Cataluña) les encanta “sentir” Sant Jordi, pasearse por las paradas de libros y rosas y todo eso.

http://www.barcelonablog.net/210/sant-jordis-day-2012.htm

Yo, personalmente, relaciono sobre todo el Sant Jordi con un día de mucha mucha alergia. ¡Alergia con la R antes que la G, eh! ¡Que muchas veces me leeis mal!

Supongo que el despuntar de la primavera junto al “tener” que pasearme podrían causar este efecto, aunque me da la sensación de que hay algo más. O bien las rosas, o bien las espigas, o bien algo desconocido, no lo sé, me acrecentan la alergia ese día, y acabo siempre desembolsando millonadas con una mano mientras con la otra me sueno la nariz, me lloran los ojos y no me quedan más manos para las rosas.

“¿Las rosas?” ¿En plural? Qué player, este Carlo.

No, no. La rosa para mi hermana, la rosa para mi madre, la rosa para mi tía, la rosa para mi abuela, la rosa para la señora de la limpieza… Esas son las rosas que compro.

Cierto, una vez compré una rosa para una chica que me gustaba. Dio la casualidad de que era viernes y que la había invitado al cine tras mucho mucho esfuerzo personal (o, más bien, saqué el tema de la película (incluso tenía apuntado en la agenda el hablar con ella de eso), no me atrevía a invitarla ¡Y acabó siendo ella la que me invitó!) y, viendo que las cosas iban bien, mandé a mis amigos a que me consiguieran una rosa una vez hubimos paseado, cenado, visto la película, paseado y habiéndola llevado a su casa -al portal, solo al portal-, y quedé como un galán al nivel del Señor del Antifaz, aunque pronto regresé a mi habitual rol de Senbei.

Otra vez le compré una a una chica amiga mía con la que a ver si, improvisé la quedada porque los astros se alinearon milagrosamente y lo hicieron posible y me volví loco buscando una rosa porque, por algún motivo, no había vendedores por la zona en la que estaba, y le acabé comprando una, medio pocha, a un vendedor ambulante con quien tuve que regatear bastante para llegar a pagar quizás el doble de lo que podía haber valido esa triste ex-flor.

Iba a proponerle la cita cuando, en la conversación normal, esta chica me habló de lo maravillosamente guay que es serle infiel a la pareja.

No sé por qué, no saqué el tema de la cita, tú.

Casi, la mejor vez fue en sexto de primaria, en que no compré una rosa, sino que le escribí un poema a la niña que me gustaba y que iba sobre los motivos por los que no le había dado una rosa. Se lo dejé anónimamente en el pupitre para que me pillaran al instante. No se me ocurrió que me delataba el hecho de escribir un poema.

Aún me lo sé de memoria, y aunque la chica, amiga mía hasta ese momento, no volvió a querer saber nada de mí (e incluso alguna vez que nos hemos encontrado de adultos ha resultado desastrosamente incómodo), en las “colonias” de ese curso, en las que pasábamos una noche en una casa de colonias y nos montaban una “discoteca”, me abordó y me dijo “¿No te gusto? Pues tenemos que bailar”. Yo le dije que no sabía bailar y bailamos una especie de tango, y aunque no recuerdo qué sonaba, no tengo duda de que no era tango.

En fin. Sant Jordi, el día de los enamorados catalanes.

“Pero Carlo”, dice, “déjate de cuentos. Tu cantinela de “nadie me quiere” no me vale, porque incluso sin perspectivas románticas, es EL DÍA DEL LIBRO. ¡Es tu rollo!”

Sí y no. Verás. No soy agorafóbico per se, pero sin duda soy Aglomerafóbico. Odio, odio, odio con toda mi alma las aglomeraciones, especialmente las aglomeraciones que se forman delante de una taquilla o un stand, en las que no hay una cola clara. Hazme hacer fila dos horas, que si el orden está claro, no me importa. Pero el caos que impera en las paraditas de libros en Sant Jordi (o en las del salon del comic, por poner otro ejemplo) me pone histérico.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/04/22/barcelona/1335096078.html

En Sant Jordi solo salgo a la calle por obligación, a por las rosas, o porque me vale la pena por la vertiente romántica del asunto. Por lo demás, si puedo, tengo ya los libros comprados y, hasta que se pase todo el lío y la extraña atmósfera alérgica y pueda volver a la tranquilidad, me quedo en casita o el trabajo o donde sea.

Incluso, si me apuras y es martes o jueves, en el gimnasio.