Análisis

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Hace días que me siento mareado durante el día. No parece haber una causa clara: no es la presión baja (de hecho, mi presión está al borde de ser alta), no parece ser el calor, porque estoy encerrado con aire acondicionado, ni la dieta, porque, aunque estoy limitando las grasas, zampo hidratos de carbono -energía- como el que más…

Ayer hice la prueba definitiva, y me desayuné un bol de cereales y una lata de Burn Zero. Nada, estaba perfectamente despierto gracias a la bebida energética, pero embriagado por ese extraño y persistente mareo parecido a lo que se siente cuando llevas mucho sin dormir, pero sin el cansancio, o a lo que se nota cuando has bebido de más y te quieres tumbar a dormir la mona, pero sin mona.

Como mi madre es médico, después de comprobar que el Burn no me solucionaba nada y que, por lo tanto, los tiros no iban por allí, le pedí que me hiciese una petición de análisis para el cortisol y no sé qué más, cosas ligadas con el ciclo circadiano. Debido a eso, es un análisis que se debe hacer temprano, entre seis y ocho de la mañana.

Por eso, hoy el despertador me ha sonado a las seis y media. Como en un anuncio de café, me he despertado al instante, sin sufrir, sin enfado con el despertador.

“Ah, mira tú, ya es hora de levantarse. Bueno, pip pip, cheerio, jolly good, buenos días, pajaritos.” (¿Qué mejor que un alegre gentelman británico para expresar mi despertar flemático y sin incidentes?)

Los días anteriores, los de los mareos, cuando el despertador sonaba a esta hora, o incluso más tarde, era incapaz de levantarme. Me pesaban los ojos como si fueran piedras, durante la noche me habían rellenado el cráneo de hierro fundido, entraba en un estado siniestro de semiconscencia en el que se mezclaban sueños en los que intentaba levantarme, preso de una completa desorientación espacial y visual, y mis pataleos impotentes de cucaracha panza arriba.

Pero hoy, el día en el que debía analizar si mi ciclo circadiano está estropeado, parecía perfecto, como nuevo, recién estrenado.

No debería sorprenderme. Desde pequeño que me pongo enfermo con frecuencia, de toda clase de dolencias, pero, eso sí, nunca el día que voy al médico o hago pruebas o análisis. Ese día, del interior de mis entrañas surge una energía inusitada, un bienestar espontáneo que dura lo justo para poder describirle síntomas al médico como un recuerdo, no como un problema al que se busca solución.

Esto es un proceso sabido, pero nunca había pensado en jugar con el sistema.

Lo voy a usar de forma estratégica. Por ese motivo, he pasado la mañana llamado a médicos: al dietista, para que me prepare un régimen de pérdida de peso. Al psiquiatra, porque quiero hacer psicoanálisis y atacar de raiz mis problemas psicológicos. Y al cirujano plástico, que me mire qué opciones interesantes hay para disimular la calvicie y, ya puestos, los diversos tratamientos disponibles de agrandamiento de pene.

Amigos, se avecinan días gloriosos.

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LA

“En la Torá” -dijo mi terapeuta, con la mirada fija en una esquina- “se habla de que todo lo vivo en la Tierra cuenta con un pequeño ángel que le impulsa a vivir. Todo animal, grande o pequeño, vaca o insecto, cada brizna de hierba tiene encima a un ángel, un espiritu protector, que, con voz amorosa, le da aliento. ‘¡Crece, adelante! ¡Tu puedes! ¡Acércate a ese Sol!’

Los seres humanos también, claro. ¿Has oído esa frase de que ‘el hombre es donde se encuentran el ángel y el simio’? No sabes la razón que tiene quien la dijo, porque ni siquiera él la entiende de verdad: los simios, como todos los animales, tenemos un espiritu propiciador. Pero, a diferencia del resto de animales, los humanos somos demasiado parecidos a los ángeles. Somos demasiado conscientes, tenemos demasiado aliento divino dentro de nosotros”

“Ajá…” dije dubitativo. Ella siguió:

“Imagina que los ángeles son campos magnéticos. Nuestra consciencia, tan parecida, interfiere en esos campos. Como si fuésemos de hierro, o quizás otro imán… Somos el puente entre nuestra carne, nuestro instinto primario y brutal, y el ángel.

Y, en vez de alentarnos como una madre cariñosa, se contaminan de humanidad, y nos gritan. ‘¡CRECE! ¡HAZTE MÁS FUERTE! ¡DOMINA AL OTRO O TE DOMINARÁ! ¡PLACER! ¡PLACER! ¡QUIEREN TU PLACER! ¡MÁTALOS Y CÓMETELOS! ¡COME, COME, COME!'”

Alcancé a decir otro diplomático “Ajá”, aunque era cada vez más evidente que, aunque me estaba hablando a mi, no hablaba conmigo.

“Por eso… por eso me metí en esto. Pero nadie me creyó, mis profesores se rieron de mi, me negaron la posibilidad de doctorarme, y, cuando vi que los psiquiatras eran un callejón sin salida y fui a buscar a los religiosos, los rabinos y estudiosos de la Torá me rechazaron como a una loca…

Y aquí estoy, en un cubículo minúsculo, recibiendo continuamente a personitas que me cuentan sus problemas, sin que yo les pueda explicar que, simplemente, es que han estropeado a su ángel, que ahora está dominado por sus impulsos animales, y que el comportamiento que eso produce los lleva a la infelicidad.”

Estuvimos unos minutos en silencio. Yo no alcanzaba a rescatar otro “Ajá”, y ella parecía perdida en esa esquina que había estado mirando mientras hablaba.

De pronto, su expresión cambió, y me miró y me saludó como si acabáramos de empezar la sesión.

Le hablé de esto y de aquello, sin entrar en el tema que me había estado preocupando últimamente: mis aspiraciones a dedicarme a escritor, que muchos no entendían, pero que parecía ser un mandato que me llegaba “desde arriba”.

Cuando salí, me compré un croissant de chocolate. Aunque hacía poco que había desayunado, no pude resistirme.

Deberías ver a más gente

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“Carlo, deberías ver a más gente”

Una y otra vez me lo dicen, mi terapeuta, mi madre, el mundo en general. “No es bueno aislarse”, y el implícito “si no conoces a gente, no conocerás a chicas, y morirás solo y miserable”. Y el “lo estás haciendo mal, lo estás haciendo mal, MAL. MAL.”

Pero paso muchas horas solo, ante el ordenador, en sitios cerrados, viendo películas, leyendo, escribiendo, deambulando por Internet… iba a decir, “y no porque no me guste la gente”.

Pero eso no es cierto, claro. Me resulta complicado relacionarme con desconocidos, y con un porcentaje muy alto de mis conocidos. En general, de hecho, salirme de mi estrecha franja de confort me resulta muy perturbador.

Pero mi tiempo trabajando en posiciones que requerían contacto constante con gente demuestra que soy capaz de hacerlo. El ejercicio constante de la socialización, vacía pero funcional, la práctica y el esfuerzo, me hicieron alguien que se atrevía a abordar a desconocidos, que no estaba en silencio mientras le cortaban el pelo y que no tenía problema con lanzarse a conversar.

Después, al dejar esos trabajos y perder la práctica, desaprendí lo aprendido.

Pero me ocurre otra cosa, una mucho peor, que he tardado mucho tiempo en comprender.

Mi piel, siempre irritada, puede parecer simplemente resultado de somatizar nervios. Pero no es así.

Tengo un problema: soy alérgico al aliento.

La respiración de las personas me oxida, poco a poco.

Incluso la mía me deja la nariz completamente despellejada y enrojecida. La frente -porque el aire caliente sube- se me reseca y endurece. La piel de los ojos, especialmente la córnea, se estropea y me impide ver con claridad.

Exponerme al aliento de otras personas, en privado y especialmente en público, es un atentado contra mi integridad física. Me estropeo como si el aire de sus pulmones me friese, me cubro de escamas urticantes y desagradables, me siento resecar como el lecho de un torrente bajo el sol.

No me veo con mucha gente, pero sí con alguna.

Y luego, en los largos momentos de soledad, miro películas, leo, escribo, deambulo por Internet, mientras, con una esponja áspera, me froto para desprender la capa roja y dura de piel agrietada de la oxidación que me produce el convivir con más personas. Debo desgastarme, poco a poco, desprenderme de la horrible coraza, pulirme para volver a un estado razonable de humanidad, con la piel flexible y suave, de un color entre amarillo y rosado, sin picores ni problemas.

Después, con la pala y el cepillo que guardo en el cajón del escritorio, barro los kilos de piel muerta y los echo a la papelera. Y, lo peor de todo, ni siquiera así adelgazo.

Su trabajo es simular.

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Aprendí de mi madre a desconfiar de los actores.

Cada vez que veíamos alguna clase de entrega de premios de cine, cuando el actor premiado se emocionaba al dar las gracias, “Pues claro que se llora, es un actor, sabe cómo mostrarse afectado… su trabajo es simular”.

Hubo un momento en el que no hacía falta que lo dijese, yo ya lo pensaba.

“Este actor, esta actriz, a lo mejor pasan del premio de la asociación del cine de Valdeburras, pero lloran igualmente cuando le dan el premio con total convencimiento, porque su trabajo es simular”.

Debería haberlo pensado cuando acepté una beca en un departamento de publicidad, pero, para empezar, yo quería esa beca, y cuando quieres algo, tiendes a confiar en quien te lo está dando, limitando el poder de la prudencia sobre tu toma de decisiones. Pero, ¿Confiar en publicitarios? ¿Qué locura es esa? Es gente que se dedica a crear discursos para convencer a la gente, de lo que sea.

Así, acabé trabajando en el departamento, escribiendo artículos que no llegaban a ningún lado, investigando asuntos que nunca fructificaban, luchando cuerpo a cuerpo con reuniones infructuosas y cargas de trabajo bestiales que en la siguiente reunión se esfumaban en el éter…

No eran el objetivo. Solo eran los primeros pasos del proceso.

Después de meses de partirme la espalda para nada, fui convocado a la reunión fatídica, de noche, en el sótano de la facultad.

¿Habéis pensado alguna vez por qué el premio de publicidad de Cannes es un León y el de Iberoamérica es un Sol?

Son dos de los aspectos del antiguo primigenio del que se destila la publicidad, el que hay detrás de todos los publicitarios, que no son más que títeres de carne, antaño humanos, hoy aberraciones dedicadas a la mentira.

Los nuevos becarios fuimos conducidos a la cámara subterránea, el departamento al completo esperaba, desnudo, embadurnado de sangre de chivo y ungüentos propiciadores.

El director, mi jefe, era el único que cubría su desnudez, con un enorme manto de piel que parecía de comadreja, pero de tamaño descomunal, como un humano.

La manifestación tridimensional del horror pluriontológico del primigenio de la publicidad esperaba, con un millón de fauces babeantes tornadas en sonrisa, los globos oculares de toda clase de tamaños rellenos de humores de todas las viscosidades vueltos hacia nosotros, pequeños, apocados, anulados.

Mi madre me salvó. En el momento en el que el ser nos despojaba de nuestra entidad, sus palabras regresaron. “Claro que sabe hacer ver que es un Dios temible, su trabajo es simular.” Mis compañeros, vacíos, fueron rápidamente rellenados por sus tentáculos mentales.

Pero a mí me palpó, después de vaciarme, y detectó mi resistencia, mi desconfianza instintiva y diminuta, absurda, pero suficiente. Si yo no podía entregarme, Él no podía asimilarme.

Me rechazaron, vacío, desnudo, embadurnado de los óleos del ritual, de cara contra el suelo repulsivo del Raval.

No me volvieron a llamar a las reuniones.

Los publicitarios son controlados por el dios con cara de León, de Sol, de Clio, y seguramente los actores a los que mi madre y yo mirábamos llorar con los premios lo hacían como títeres del gran dios Oscar, César, Oso. Aunque ya no eran humanos, eran algo.

Pero a mí me habían vaciado. Desde entonces, he estado luchando por volver a ser algo más que una carcasa casi vacía.

¿No me creéis?

Hacéis bien. Soy escritor.

Mi trabajo es simular.

Tiene murciélagos en el jardín

El martes pasado, mi madre me dijo que había leído mi última entrada, que le había gustado, pero que no era miércoles.

“¡Buf!” le dije “¡Es que esta es para el martes, no para el miércoles! Para mañana tengo otra entrada preparada, y quizás cuelgue alguna más antes de que se termine la semana.”

Y así ha sido, como podéis comprobar. Y, quien diga que no solo no actualicé ese miércoles sino tampoco el de esta semana, miente, y merece que lo expulsen del poblado en catapulta.

Tengo entradas en el tintero, claro. Está mi comentario sobre Fringe, que lleva meses en la nevera, pre y mal formado. Tengo un artículo sobre mundos de ficción basados en convenciones de género sin supervisar, que se degradan y degeneran hasta el horror ontológico. Tengo uno sobre un artículo sobre los sentimientos (o la ausencia de ellos) en los perros, y en las consecuencias que ese artículo conlleva. Tengo que hacer un comentario/crítica sobre Jurassic World. Tengo dos videos de “Carlo Prueba” por terminar.

Y dios sabe qué más.

Lo iré haciendo.

No hay que ser demasiado perceptivo para saber que no estoy en mi mejor momento, y vengo de una etapa aún peor, en la que todas las piezas que había puesto para sostener mi plan vital y de futuro se desmoronaron, y caí hasta el fondo. Ahora estoy reconstruyendo, pero hay momentos mejores y momentos peores, y mi trabajo se resiente o se refuerza según cómo vaya el asunto.

Mientras tanto, tampoco me preocupa que los, no sé, cuatro lectores asiduos que tengo dejen de leerme. ¡Son mis seguidores hardcore y ya venían fidelizados de casa!

“Synergy thinktank corporate social media engagement”

Rabiosa

Cuando contaba alguna ocasión que me había hecho enfadar, algunos amigos (de la carrera, del máster), se reían, sorprendidos: “¡Carlo, no te imagino enfadado! ¡Tu no te enfadas!”

Obviamente, eso no es verdad, ya hace años que me instalaron el chip emocional, pero lo que sí es cierto que no es tan fácil verme enfadado… o entender que lo estoy.

Soy -o intento ser- una persona muy educada, y solo los que me conocen bien interpretan mi “primer grado” de enfado. Paso a ser hostil, impertinente, sarcástico y agresivo… Según mi baremo. No sé si recordais el capítulo de los Simpsons de los movimientarios, cuando los abogados de la secta irrumpen en la sala de recreo de Flanders para llevarse a Homer.

“Como soy buen anfitrión, tengo que ofrecerles una cerveza, pero como estoy tan furiosito, va a ser toda espuma!”

Ese es mi baremo. Ese soy yo, normalmente, externalizando mi enfado.

Pero existen dos grados, además de ese. Si lo he llamado “grado uno”, podemos llamarlos “grado cero” y “grado dos”. Bueno, y quizás hay un tercero, que es cuando llegan los gritos y tal (aunque gritar no se me da bien, al primer bramido me pongo a toser).

El “grado cero” es mi modo estándar. Se basa en el silencio y la falta de reacción y de confrontación. ¿Me hacen algo que me hace enfadar? Me callo, me lo trago, y como acto de rebeldía suprema, somatizo. ¿Alguien me enfurece, me trata mal, me hace algo que a una persona normal le llevaría a cantarle las cuarenta y a enfrentarse a ese alguien? Me callo, me alejo, le aparto de mi vida sin decirle lo muy enfadado que estoy y lo mucho que me ha afectado o dolido lo que sea que haya hecho. Y me pongo enfermo cada vez que algo relacionado con el Alguien que sea pasa por mi vida, y somatizo.

Sí, mi comer y beber ansiosamente y mi piel siempre en mal estado son, en parte, la forma más frecuente en la que muestro mi enfado (y mi disgusto, y otras emociones desagradables que no suelo expresar).

“¡Carlo, eso no es sano!” dice ese lector ficticio que me habla en mis textos. “¡Debes expresar tus emociones!”

Ahí llegamos al “grado dos”.

Como se puede deducir de mi texto y de conocerme, el mantener la compostura, el tratar a los demás con buena educación y decoro, son la piedra angular de cómo concibo mis relaciones con los demás (que consiga o no ser educado y demás al hacerlo, esa es otra cosa). El respeto por los demás…

…Y QUE ME RESPETEN.

Cuando siento que alguien me desprecia, me trata con suficiencia, con impertinencia, con prepotencia, con toda clase de “encias”, es fácil que me salga el Pato Donald interior. Recordais el corto clásico en el que Daisy le exige que controle sus ataques de rabia? Pues mi proceso es al revés. Yo soy el Pato Donald ante la ventana que no coopera que ha aprendido a controlarse hasta que al final, regreso al Pato Donald original, y pierdo los estribos de forma excesiva.

Ese soy yo. Pese a tragarme y tragarme desagravio tras otro, de vez en cuando algo me toca los botones y palancas adecuados para hacerme perder la calma…

Y nunca es para bien.

Hace años, por ejemplo, hice un curso de escritura de guión del ESCAC en verano. Mi guión gustó mucho, la primera profesora que tuvimos me dijo que era magnífico, “escribes como los ángeles, solo te falta aprender las cosas propias del guión” (sabía que era el primer guión que escribía). El segundo profesor, también “escribiendo así y con estos personajes, puedes ir a donde quieras y puedes escribir lo que quieras: un corto, una película, una novela…”.

Al final del curso, este segundo profesor recomendó mi guión al director del ESCAC, y este me dio el contacto de quien se dedicaba a leer los proyectos para ver si hacerlos o no y me dijo que mandara el guión por e-mail.

Lo hice. No recibí respuesta, pero como era verano, supuse que estarían de vacaciones y no quise insistir. En septiembre, esperé, y finalmente, decidí comprobar el e-mail que había mandado yo. Todo correcto, parece…

No. La persona a quien le mandaba el e-mail tiene un nombre vasco, y, con interferencias de vocabulario específico de la guerra de las galaxias, había escrito mal el apellido.

Le mandé un e-mail explicando la confusión, y rápidamente me contestó. Extremamente condescendiente, básicamente decía que estaba demasiado ocupado para leer un guión que le mandara por el morro, así que no se lo iba a leer y si quería algo, que mirara las convocatorias que se hacían.

Ahí apareció Donald. Me enfadé, mandé e-mails muy agresivos, enfadado por esa respuesta… pero ni siquiera así nos entendíamos. El interpretaba que yo intentaba exigir de malos modos que se leyera mi guión. Yo, por mi parte, estaba enfadado por la mala respuesta que recibí habiendo hecho yo exactamente lo que se me había indicado que hiciera, y atacaba por ese lado. Lo que yo quería era una disculpa. Al final, fui yo quien se disculpó, porque cuando lo expliqué explicitamente, él dijo que no me había contestado mal en ningún momento, y a mi ya se me había pasado el calentón, así que mi parte prudente decidió pedir disculpas mientras me gritaba a mi mismo “¡Eres idiota! ¡NO TE PELEES CON EL GATEKEEPER DEL ESCAC!”

O, por ejemplo, entre las muchas situaciones personales con las que estoy lidiando ultimamente, hay una que… ¿como os lo explicaría? En fin, por ahora he ido tragando y somatizando y medicándome (eso último es una forma de reaccionar excitante y novedosa), pero hace poco ante algo que dijo una persona de quien proviene la mayor parte de esta oposición y agresión emocional… ¿Sabeis la fábula clásica de la zorra y la cigüeña? Olvidaos de la moraleja de esa historia. Y de la cigüeña.

http://l5r.wikia.com/wiki/Tale_of_the_Scorpion_and_the_Frog

En fin, que ahí también fueron las teclas adecuadas en un cerebro, por mi parte más alterado que anteriormente, y redacté un mensaje muy bien hecho, (“escribes como los ángeles”) pero muy agresivo No lo he llegado a mandar, al menos, y por ahora. Pero casi mejor, porque habría hecho las cosas mucho más claras, pero también mucho más difíciles.

O hoy, por ejemplo, la impertinente que gestiona mi cuenta del banco me ha mandado, rematando una campaña por su parte de indignación e impertinencia porque no le contesto a sus ofertas para darme beneficios de los que ya debería contar en principio, un e-mail de absoluto desprecio, especialmente teniendo en cuenta que yo soy el cliente y ella me está ofreciendo un servicio.

He estado a punto de sacar todo mi dinero de ese banco, y solo el director de la oficina lo ha impedido, pero el enfado por mi parte era innecesario y habría sido negativo, porque más allá de retirar el dinero, no tenía ningún plan posterior. Antes de llamar a esa señora, he llamado al director, y si me hubiera contestado, la gestión habría sido calmada y fructífera igual. Pero, al llamarle, sonaba ocupado, y justo me ha llegado el e-mail de la señora, y entonces he decidido ir a por ella. En el fondo, me he peleado porque sí, porque mientras hablaba con ella, el director me ha llamado, le he contestado la llamada al acabar con mi berrinche y ahí he conseguido decir lo que quería con total calma y buenos resultados.

Soy una persona que no gestiona bien sus emociones, eso lo sé, y mi tendencia a encerrarme a mí mismo y apartar a los demás (cuando ellos se portan mal conmigo o cuando yo estoy alterado, independientemente de ellos) es negativa para mí y puede ser tan mala a nivel relacional como si lo sacara todo, pero al menos en esos casos suelo conservar una cierta sangre fría y compostura.

Cuando “estallo”, en el fondo siempre es en mi contra.

No hay moraleja ni reflexión final en este texto, es solo una explicación de algo que me pasa y en lo que pienso.

A lo mejor os sigue resultando difícil imaginarme enfadado, pero os aseguro que no es tan extraño, solo que las formas más explícitas son raras y “devastadoras”.

Así que, la verdad, en realidad me alegro que sean lo bastante raras como para que muchos ni siquiera me sepan imaginar enfadado.