(AC) El grifo

Cuando era pequeño, algunos años iba a pasar el verano con mi familia italiana, a una casa en la montaña (la Sila, que es el actual hogar de los silenos, supongo, o quizás solo de Sileno, maestro de Dionisio y dios de la embriaguez).

Pero allí no bebíamos demasiado vino, ni el agua del grifo, ni tampoco comprábamos agua embotellada, sino que, con alguno de los hombres de la casa, los niños íbamos por una carretera sinuosa hasta una fuente, un pequeño mojón al borde del camino con un pitorro curvado del que brotaba un flujo de agua constante. Agua buena, dicho con voz refrescada, con respeto hacia lo sagrado,con ese provincianismo del que pecamos todos y que, ineludiblemente, nos lleva a alabar la cultura de nuestro país, a recomendar la especialidad de nuestra ciudad y a defender que la lasaña de nuestra madre es la mejor que ha habido en la historia (permitidme este cambio de las tradicionales croquetas por mi amada lasaña: soy uno de esos seres, en apariencia inexplicables, a los que les repugnan las croquetas).

Era, sin duda, un agua fresca, gratuita y que no producía dengue, ni difteria, pero debo decir que, por divertido que fuera ir a buscar el agua (y por significativo que resulte que eso fuera divertido, en cuanto a la clase de actividades trepidantes que podían llevarse a cabo en esa casa), había algo que me preocupaba.

Esa agua maravillosa, esa acqua fresca, esa acqua buona… se perdía, en su mayor parte, por la alcantarilla de reja metálica a la que desembocaba. La fuente no paraba nunca, no dejaba de manar ambrosía hidráulica, en un despilfarro constante que me resutaba tan violento como incomprensible.

¿Por qué no le ponían un pulsador al grifo, como el que había en las fuentes del colegio? ¿O una manivela normal de las que tienen los grifos al uso, de esas que se giran para abrir o cerrar el paso del agua? ¿Cuanta gente podría beneficiarse de los efluvios líquidos que esa fuente desaprovechaba a cada instante?

Hoy, pensando en el embarazo, he pensado en esa fuente. Rumiaba una frase que había inventado (como muchos escritores, con frecuencia pienso en prosa), que decía que “al menos las embarazadas sacan algo de su cuerpo que vale la pena quedarse. De mi cuerpo han salido toda clase de cosas, pero no quiero guardarme ninguna”.

Pero me he acordado de las muelas del juicio que guardo en el cajón de mi escritorio. Eso lo sacaron de mi cuerpo y me lo quise guardar.

Y me he puesto a pensar en qué más cosas salían de mi cuerpo, más allá de los diversos flujos y escatologías normales, de las heces a la sangre y todo lo demás.

Vamos soltando escamas de piel muerta por ahí, pero esas prefiero no guardarlas. Me han sacado hueso, y hueso enfermo, y piel, y tampoco son cosas que quiera conservar. Me han sacado dientes, que sí que he guardado, y mi cuerpo pierde constantemente vello de la masa tupida que lo cubre, que no me importa perder porque se va regenerando, como la piel.

Me he cortado el pelo, y me he afeitado y recortado la barba, que ya me ha parecido bien que lo barriera el peluquero o que se fuera cadena abajo, y también se me ha caído el pelo de la cabeza, que sí me habría gustado conservar, pero antes de la caída, no después.

Y, reflexionando sobre todo esto, he pensado de forma confusa en la entropía, en la constante degradación del todo, en la vida como un proceso de muerte constante, un bombardeo de muerte que el cuerpo suple constantemente, hasta que no, y que nos va desgastando constantemente, en forma de pelo y escamas de piel y demás que se pierden constantemente hasta que nos quedamos sin fuerzas.

Buscaba la forma de hacer una buena frase o párrafo o metáfora que me sirviese para hablar de este proceso para un posible artículo (sí, ya había pasado a pensar en esos términos), cuando me ha venido a la mente la fuente silena (silana) de mi infancia.

El ser humano y su vida como un proceso constante de destrucción y degradación, como el agua que fluye imparable del pitorro a la alcantarilla, de forma inevitable. Un desperdicio absoluto y constante a no ser que alguien fuera y pusiera las botellas debajo del chorro del agua y las recogiera. Con la diferencia, claro, que, en la metáfora de la fuente, el agua que no se malgasta la recoge otra persona, y en la literalidad del humano, es él mismo quien debe ocuparse de que su proceso de muerte constante que es la vida no sea solamente un desperdicio.

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Algo le ha pasado a mi blog

Algo que no acabo de saber qué es, que hace que tenga muchos más visionados de los que ha tenido normalmente hasta ahora… ¡Y repartidos!

¡Y Hoy ni siquiera he publicado! (al menos hasta que cuelgue este post que estais leyendo…)

Bueno, mira. Mejor.

¡Solo que querría entender qué ocurre, para saber qué estoy haciendo bien!

Ombligos

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Hace ya dos meses que me guardé este link pensando en el blog:

http://www.huffingtonpost.es/francisco-mora/tienen-sentimientos-los-p_b_7094816.html?utm_hp_ref=tw#

Está escrito con ganas de provocar, como indica el titular “¿Tienen sentimientos los perros?”, que habla de perros y no de animales porque sabe que sobre los perros mucha gente tiene fuertes opiniones.

Se podría decir que pocos de sus dueños dudarían que expresan emociones a través de su conducta, sea la alegría o el miedo, pero también pocos dudarían de que sienten; es decir, que poseen sentimientos. ¿Es esto así? ¿Tienen sentimientos los perros? La contestación, directa, científica y no hay otra, es: no.

El doctor Mora pasa a continuación a explicar la diferencia entre emoción y sentimiento. La emoción es instintiva, el sentimiento es la elaboración intelectual que los seres racionales pueden hacer sobre su emoción.

La emoción es una reacción conductual inconsciente tendente a mantener la supervivencia de los individuos. Casi todos los animales con cerebro han desarrollado estas reacciones a lo largo del proceso evolutivo, pero de manera especialmente clara y relevante los mamíferos, lo que incluye al hombre. Por ejemplo, en una situación concreta, sea ante una amenaza o un peligro, tanto un perro como un ser humano reaccionan emocionalmente de forma muy similar. Es decir, lo hacen, bien con un contraataque o bien con una huida. Sin embargo, ante esa misma reacción conductual, algo ocurre en el ser humano que no ocurre en el perro. El ser humanosabe de su emoción, es consciente de lo que le sucede. El perro no. Ese saber, ese ser consciente de lo que ocurre y sus consecuencias es el sentimiento.

Y prosigue

Con su cerebro, el perro responde e interactúa con el mundo ante cualquier vicisitud, pero no lo sabe, no es consciente de lo que hace, simplemente reacciona y actúa de modo inconsciente ante la amenaza. La respuesta del perro, sus gestos y posturas corporales, y su aparente sentir son la lectura humana de su conducta (conducta que, pudiera parecer semejante a la humana), pero que solo queda en la no conciencia. El perro no piensa, ni tiene intimidad, ni subjetividad. En el perro es todo hacia afuera, pero nada hacia adentro.

Muy bien, lo entiendo y me parece lógico. La pregunta clave es… ¿Y qué?

En qué me afecta a mí, ser humano consciente y atrapado en mi cuerpo, mi mente y mi percepción, que un animal como un perro actúe como si tuviera sentimientos pero en realidad no los tenga “hacia adentro”. ¿Es que voy a percibir este “hacia adentro” del perro? ¿Es que lo percibo en las otras personas que sí tienen sentimientos y no solo emociones?

¿No me quedo igual antes de leer el texto que después? Al menos yo ya sabía que los animales no pueden elaborar un discurso sobre lo que ven y lo que sienten, lo cual me ha llevado siempre a considerar que el sufirmiento (y el gozo) animales son mucho más puros y, por lo tanto, aterradores (o agradables) que en un humano. El humano puede entender por qué sufre, y tomar distancia, o entender los peros y peligros en su gozo, y chafárselo, pero a la práctica… lo dicho:

¿Qué diferencia hay para mí entre una realidad que se manifiesta y una simulación exactamente idéntica, si no tengo ninguna capacidad que me permita acceder al fondo de estas manifestaciones?

Ninguna.

Llevo todo el texto intentando no hablar de Philip K. Dick, pero no puedo resistirme. En sus términos y según sus ideas, la empatía, que nos hace humanos, se basa tanto en poder dar como en poder recibir amor. Pero es tan válido dar amor a un ser real como a algo irreal o inexistente, es empatía igual. Y si, como Deckard, tenemos una oveja eléctrica, nuestra capacidad de quererla o no es lo que nos hace o no humanos, y no que Pris sea de verdad o de mentira.

Y aquí viene una segunda pregunta, esta vez para mis lectores: ¿si nos quedamos igual, por qué nos interesa leer este comentario tuyo sobre que nos quedamos igual? ¿Por qué lo has escrito?

Y yo qué sé. Creo que, principalmente, porque me ha parecido que el texto está escrito para provocar. Es el texto de un experto cansado de que se use mal una cuestión de importante valor técnico en su campo de estudio… harto de ignorantes que defienden que su perrito tiene sentimientos cuando es evidente para cualquiera con dos dedos de frente -y un título de fisiología humana- que lo que los animales tienen son emociones.

Parece que todos los mamíferos tienen ombligos, pero son los mamíferos conscientes, como el doctor Mora, los que pueden elaborar su ombligo y elevarlo hasta el reino de la consciencia, y montarse la película de que es un ombligo muy importante.

(AC) El amigo y la cola

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El otro día, a media mañana, salí del despacho para comprarme un bocadillo de jamón en el Fornet que hay justo al lado.

Me puse en la cola y, al instante, vi a un chico que me hizo dar un vuelco al corazón. No, no me había enamorado, es que así es como me siento siempre que me encuentro de manera inesperada a alguien a quien conozco.

Pero… ¿Era él? Hacía mucho que no veía a este amigo (en los años que he pasado validando mis papeles en la frontera de la depresión, actué de forma distante e inadecuada hasta que algunos de mis amigos, como este, se dieron cuenta de que mi amistad no compensaba esa clase de trato por mi parte) y, si era él, había cambiado mucho de estilo. Seguía teniendo la voz afilada, la cara chupada de pómulos marcados, la barbita clara y corta, el aspecto zorruno en general, y el cuerpo enjuto, fruto tanto del amor al deporte como de una disposición inquieta y nerviosa.

Mientras le miraba, fue su turno. Pidió, con la voz que esperaba, la voz grave y con un punto ahumado de mi amigo, lo que fuera que tomase. No lo recuerdo, yo estaba fijándome más en la persona y en la voz que en lo que decía con ella.

Vestía ropa deportiva, negra, una camiseta sin mangas y una riñonera. Nada que ver con su forma de vestise, que yo conozca, aunque quién sabe si antes de conocerle se vestía así y si ha regresado a este estilo previo mientras ya no nos veíamos.

Tenía más o menos la misma cara, y más o menos la misma barba, pero el pelo, en cambio, estaba largo y coronado por una coleta estilo samurai.

Le miré, con insistencia, y él, disimuladamente, me devolvió la mirada y rápidamente la apartó, con expresión alarmada.

¿Era él, que me había reconocido y no quería conversar conmigo? ¿Era un desconocido alarmado al comprobar que, efectivamente, un tío raro le observaba insistentemente haciendo cola? ¿O, efectivamente, era él pero yo estaba igualmente cambiado en algunos aspectos y no me había reconocido y, por lo tanto, estaba alarmado porque le observaba un loco? Yo también había cambiado, claro, pero ¿tanto como para que no se me reconociera? ¿O quizás había cambiado de esta forma vaga que le suponía a mi amigo potencial, si era él, y que le impedía estar seguro de si era yo o no?

Me volvió a mirar antes de marcharse, y vi en él algo que era claramente distinto. Los ojos.

No tenía los ojos estrechos que reforzaban la pinta de zorro astuto de mi amigo, sino unos ojos mucho más grandes y redondos.

Me dejó, de todos modos, con la duda. ¿Era un desconocido extrañamente parecido a mi amigo? ¿o era él, pero le habían cambiado los ojos, quizás con cirugía, o quizás con el paso del tiempo, y, al verme con ojos nuevos, no me reconocía?

¿O era yo el que ya no veía igual las cosas?

(AC) Mind the gap

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Del mismo modo que, a partir de cierto momento, gran parte las personas que conocemos dejan de ser “originales” y pasamos a percibirlas como amalgamas de personas que conocimos en nuestro pasado, hay conceptos de otras clases que también quedan ligados a manifestaciones concretas de nuestra historia.

No me refiero exactamente al fantasma del asesinado que, ligado indefectiblemente al caserón en el que le apuñalaron, aparece en el aniversario de su muerte para aullar a los curiosos, para siempre o hasta que llegue un exorcista que le haga desaparecer, pero, hasta cierto punto, la idea se parece.

Para mí, el concepto de “mosquito” está ligado a un sitio concreto del jardín de la casa de veraneo de mi infancia, ahora de mis padres, en esos momentos de mis abuelos, en la que, bajo el cobijo de unos espesos pinos, junto a unos columpios frescos, había mosquitos que picaban incluso de día, y picaduras dolorosas, además.

Esos mosquitos diurnos, desechados en su momento como imposibles, reivindicados por la historia como mosquitos tigre pioneros, hacen que pensar el concepto de “mosquito”, y en el de que solo las hembras pican, hagan que mi mente rescate automáticamente esa zona de pinos y columpios.

Del mismo modo, fue con esos pinos con los que descubrí, al ver una inquietante herida abierta y sangrante en su corteza (sangre congelada en el tiempo, grandes goterones estáticos fosilizados a medio caer e infinitamente pegajosos) que los árboles tienen resina y que la fisiología vegetal es análoga, de forma extraña, a la nuestra.

La resina, los árboles, la naturaleza de las plantas, todos son fantasmas de mi mente que están ligados a esa zona arbolada.

Allí estaba también el limonero de mi abuela, el columpio en el que aprendí a columpiarme, la piscina en la que aprendí todo lo que tiene que ver con las piscinas (el filtro, el cloro, el concepto de “nadar piscinas”, el chorro de los filtros como masajeador gratuito…) y, como en los casos anteriores, el pensar en todos estos conceptos me devuelve, ligada en el tejido básico de la idea, la imagen de esos lugares de mi infancia.

Con la muerte de mis abuelos, un pariente, con maniobras legales tan inmorales como impecables, despojó a la casa de verano de esa zona de jardín.

Ha aniquilado el limonero de mi abuela, ha cortado mis pinos, ha quitado mis columpios, y solo la piscina permanece, sin escaleras, limpia y cuidada a la práctica, pero ponzoñosa para el alma.

Este pariente, en un extraño exorcismo inverso, ha exorcizado la mansión, y solo han quedado los fantasmas, que acuden a ulularme al oído cada vez que pienso en resina, mosquitos, columpios, piscinas y mi infancia.