¡Empieza el viaje de Cruz!

Y aquí llega uno de los “famosos” proyectos en los que he estado ocupado… ¡El viaje de Cruz!

A partir de ahora, en vez de articuento, los lunes habrá un nuevo episodio de esta novela por entregas que, en su día, leyeron quizá cuatro personas… ¡A ver si esta vez hay más suerte!

¡Seguid este link para ir directos al primer episodio!

O, si queréis saber más, os dejo con el texto de información sobre el proyecto, copiado directamente del blog de la novela:

¿El qué de qué?

Hace ya muchos años, en la era de Fotolog, Carlo E. Gallucci era un jovenzuelo que acababa de aprender qué corte de pelo le favorecía con su ya notable calvicie, que tenía barba desde hacía a penas un año, y que pronto pasaría su corta pero intensa etapa de “desmelene adolescente” (un par de años de hacer, alguna vez cada X meses, lo que la gente normal hacía en un fin de semana, vaya).

Actualizaba esa revolucionaria red social que era el Fotolog con una actualización diaria, lo máximo que esa plataforma admitía, hablando de lo que le había pasado durante el día, o de temas que le habían interesado, o vete a saber de qué… Pero, en octubre de 2007, decidió enfrentarse a un nuevo proyecto/reto personal.

Vale, pero ¿”El qué de qué”?

¡Ya va! En ese momento, decidió utilizar su plataforma de escritura pública diaria para escribir una novela por entregas, con una serie de normas. Las primeras vinieron dadas por el propio Fotolog en el que las colgaba: debía colgar, cada día, una imagen que ilustrase un texto que encajara en las exigentes restricciones de caracteres por post que permitía, un texto que, además, una vez colgado daba un cortísimo espacio de tiempo para revisiones antes de quedar “bloqueado”, ineditable.

Eso marcó el estilo de revisiones al escribir: cada episodio se escribía en Word, se releía una vez, se corregía una vez, se pasaba a Fotolog, allí se corregía otra vez, y se publicaba. Las erratas y los errores de racord u otras incongruencias formaban parte de las posibilidades del juego.

Y así empezó la Novela por entregas de microcapítulos “El viaje de Cruz”.

Meses después, en época de exámenes, las publicaciones quedaron interrumpidas. En el Word, la historia había quedado más avanzada, pero aún le faltaba todo el tercer acto por escribir.

Ahora ha llegado el momento de hacerlo renacer.

¿Renacimiento cómo?

He decidido recuperar los textos originales y recolgarlos con algunas nuevas condiciones: los textos ya escritos pasarán por una nueva revisión, para liquidar algunas cosas que me hagan daño a la vista (frases como “Mis buenos amigos, “dedo” y “gatillo”, están más que dispuestos a daros una lección”), las erratas que pesque y algunos cambios de puntuación…

Pero, por mucho que desee reescribir trozos enteros, cambiarle el enfoque o la secuencia a ciertas cosas y hacer otros cambios en profundidad, ese no es el juego.

Por eso, el estilo de los textos será distinto del mío actual (y en muchos casos, diría que peor)… Pero, ¡El juego es recuperar mi vieja novela por entregas y lavarle la cara, no hacerle la cirugía estética!

Y, después, claro, escribir los episodios que, aunque ya tenía más o menos pensados, faltan… Y hacerlo con reglas similares a las originales. Pocas revisiones, adelante, siguiendo el consejo que me dieron hace un tiempo, “no intentes hacerlo perfecto, porque nunca te parecerá lo bastante bueno… Hazlo, simplemente.”

Las imágenes, por su parte, van a ser todas nuevas, porque las originales son minúsculas, pero estarán todas basadas en el estilo de “fotos pasadas por filtros y cosas de Photoshop” y seguirán pretendiendo ser evocadoras y no representaciones literales de lo que se supone que pasa en el capítulo.

Espero que os guste.

¡Sí que lo espero!

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Nop

Amigos, estoy preparando un proyecto así que, aunque dije que hoy regresaría a las actualizaciones… No.

¡Lo siento, Chris Pratt! :_(

¡Pero lo dejamos para el lunes, en el que estrenaré esto que estoy preparando!

Eso mismo. ¡Siempre moving!

En recuerdo de mi tío

Hoy hace un año exacto que murió mi tío Santiago.

A día de hoy, me siento completamente incapaz de escribir para recordarle algo más puro que el texto, un largo estado de Facebook, que escribí en ese momento.

Cuando tenía seis años, escribí un cuento. “La reina A i les vocals”.
No sé cuantas páginas tendría, pero a todo el mundo le hizo mucha gracia ese cuento, y corrió por la familia. Y, en aquellos tiempos pretéritos, eso se hacía con papeles impresos (la opción diskette era menos cómoda).
Poco después, me llegó una versión corregida. Al no disponer del archivo original, mi tío la había vuelto a mecanografiar, poniendo entre corchetes y cursiva las frases que él añadiría o eliminaría del texto.

El clima de aceptación de mi cuento en mi entorno, y no en pequeña parte que mi tío Santiago se tomase en serio el texto, fueron sin duda el germen de que yo quisiera ser escritor.

Eso sí, sus correcciones no fueron un privilegio que aprovechase con frecuencia, en gran parte por vergüenza.

De un cuento que escribí en segundo o tercero de carrera y le dejé leer, nunca podré olvidar el veredicto: “Si em punxen, no em treuen sang.”

Y entonces me dio algunos consejos y me hizo algunas preguntas sobre mis planes de ser escritor, no ya como una vaga idea mía, sino como algo que iba en serio.

Cuando, al terminar la carrera, me tomé un año sabático para escribir, le enseñé el resultado (la parte más o menos aceptable). Me dijo que escribía muy bien, pero que me faltaba práctica, porque, “algunas partes de lo que escribes son puramente funcionales, sin demasiado interés… pero otras partes, Carlo, son de una belleza enorme”.
Y, como ejemplo, leyó en voz alta una frase de uno de los cuentos. Lo recitó, de la forma en que este hombre, de cultura enorme, que ha sido uno de mis modelos desde pequeño, solía recitar de memoria citas de los grandes.
Para mi triste fragmento, la misma presencia y la misma importancia que la de los autores que a él más le gustaban y que él más apreciaba.

Después de que mi tío Santiago se haya muerto, quería compartir algunos links de textos que le han dedicado y que me parecen bonitos (de ayer, porque hoy he sido incapaz de leer la prensa).

Pero también me ha parecido importante recordar estos momentos que aún ahora, cada vez que pienso en ellos, me hacen llorar, y que a algunos quizás les parezcan frívolos o irrelevantes, pero que tocan lo que es, para mí, más íntimo e importante, y tienen que ver con alguien a quien quise mucho y que me ha marcado de muchas formas a lo largo de mi vida.
¿Quién pensais sinó que hizo lobby a sus padres hasta que cedieron y accedieron a llamar Santiago a su hermano?

(AC) Pitonisa

Hacía mucho tiempo que no veía a sus dos amigas. Una, la del pelo liso, se había sentado a su lado y la otra, la del pelo rojo, delante de él. Les trajeron la comida, asiática, para compartir. Pero la que se atrevió a empezar no era ni la amiga de enfrente ni la de al lado. Era una amiga de ellas, y tenía el pelo rizado.

Él la conocía, más de fama que de otra cosa: una vez que lloriqueaba que “¡A qué clase de mujer podría atraerle!”, la habían puesto como ejemplo de una chica a la que sabían que podía gustarle alguien como él.
En todo caso, eran todo hipótesis, y ni él estaba especialmente interesado en materializarlas ni ella en abandonar su próspera relación en curso, pero se cayeron bien.

Ya durante la cena, él se fijó en lo curioso del personaje. Muy menuda, los ojos eran pequeños y prietos, hogar de una astucia y desparpajo propios del zorro que juega sabiendo que va a ganar.
Cuando se levantaron de la mesa, los platos vacíos, se fijó en sus movimientos, a la vez hombrunos, por su contundencia, y femeninos, por su precisión. Había un “algo” muy particular en la decisión y el aplomo de su caminar, la absoluta certeza que destilaba su andar.
No le extrañó que, una vez en el bar donde iban a tomar unas copas, la chica del pelo rizado sacase una baraja de cartas y se ofreciese a adivinarles el futuro amoroso. Había algo en esa aura de superioridad y decisión, y especialmente en la incongruencia entre ésta y el físico menudo, que podría servir para decidir que quizás sí que había algo de bruja en ella.
Al fin y al cabo, las brujas se mueven de tres en tres, ¿No es cierto? Quizás había estado toda la noche en un pequeño aquelarre urbano y no se había dado cuenta.
Se divirtió pensando cual podía ser cual. ¿La madre? ¿La doncella? ¿La anciana? Su amor por el folklore lo entretuvo un rato, y aunque él nunca había creído en estas cosas, le siguió el juego.
Se trataba de pensar en una mujer en la que uno tuviese interés. Las cartas dictaminarían entonces el futuro de la relación. Un rey: amistad. Dos reyes: Sexo. Tres: Relación estable. Cuatro: Un amor eterno.Sin calcularlas, la mente algo alcoholizada ya de él pensó en que las probabilidades de que saliesen ciertos reyes eran más o menos congruentes con las posibilidades de conseguir una cosa u otra de una mujer. Era un puro juego matemático que, por lógica, podía acabar más probablemente correspondiendo con los acontecimientos reales.

La magia, si era lo suficientemente primitiva, era indistinguible de la ciencia.

Las cartas se revolcaban por la mesa, los ojos astutos las vigilaban con severidad. Las tres mujeres, todas menudas, todas vestidas de negro, sí podrían haber sido hechiceras.
¿Pero, es que no se bailaba, en los aquelarres? Sí se bebía, sí se hacía en la oscuridad, pero no en un bar del Raval, perfectamente vestidas y chupeteando un mojito.

El resultado fue de cuatro cartas. ¿La chica en que él había pensado, alguien a quien en realidad conocía casi casi solo de vista, y a quién había recurrido mentalmente más por pereza mental que por otra cosa, acabaría siendo el amor de su vida?

Las cartas para adivinar el futuro eran, claramente, una chorrada. Por muy triada de brujas que pudiesen ser, por mucho que se vistieran de negro, y aunque al final incluso consiguiese asignarle un papel a cada una, él no creía en esas cosas.

Pero durante los días siguientes, cada vez que recordaba el resultado de las cartas, no podía evitar sonreír. Quizás… quizás si no se lo acababa de creer precisamente era porque no había sabido decir qué bruja era cada una de sus amigas. Quizás, si conseguía descubrirlo, la realidad se haría aparente y vería con claridad que la predicción era una verdad que esperaba solamente el tiempo adecuado para cumplirse.

Pronto echaba estas elucubraciones estúpidas de su mente y se dedicaba a otra cosa, pero, al cabo de un rato, inesperada, la sonrisa volvía a su cara supuestamente escéptica, y con ella, la alegría.

(AC) Ficción publicitaria

“*Achís* *tos, tos, tos*”
“Uy, ¿Te has resfriado?”
“Parece que sí”
El hombre del anuncio, mirando hacia la pantalla, habla con su pareja. El resfriado no es problema, se tomará un Frenadol, y listo.
Más allá de la pantalla, en el salón en penumbra, el chico suelta, entre dientes, un solo “je”. La chica le oye, pese a lo tenue que ha sido el sonido: tiene la cabeza apoyada en el hombro del chico. La mano de ella, que había reposado sobre la de él, se desliza un poco, para acompañar sus palabras. Una caricia, la versión íntima de tocarle a alguien en el hombro con un dedo para llamar su atención. Con la mirada todavía en la pantalla, pregunta.
“¿Qué te hace gracia?”
“Nada, una chorrada.” Él tampoco la mira a ella, y tras un instante de pausa, prosigue. “Es por los actores de doblaje. Él tiene la voz de Ángel y ella la de Buffy”.
Ella sonríe también.
“¡Es verdad! No había reconocido a Ángel.”
“Je, no me extraña… ¡Con lo bien que te cae!”
Sonríen. Vuelven a mirar la televisión, en silencio.
“¿Esto del Frenadol será verdad?”
“¿El qué?” pregunta él.
“Que sea tan efectivo. Porque…”
Él la interrumpe, riendo. “El odio que le tienes a Ángel es realmente patológico, ¿Eh? ¡Hasta desconfías de un anuncio con su voz!”
Ambos ríen.
“En todo caso, yo no me fiaría.” Acaba ella, arqueando un poco la espalda con gesto perezoso. “Que te digan que es verdad no tiene por qué significar que lo sea… ¡Y más cuando es algo que parece demasiado bueno para ser cierto!”
Está medio tumbada el el sofá, con una pierna expuesta y la otra cubierta. Se estremece por una ligera corriente de aire frío, y la oculta. Suspira sin darse cuenta, de relajación, atenta a la televisión.
Él vuelve su mirada hacia ella. La mira.
“¿Qué?” pregunta ella tras unos instantes.
“Nada, que me alegro”
“¿Te alegras? ¿De qué?”
“De esto. Del sofá, de nosotros… De tu mejilla sobre mi hombro, de respirar y sentir el olor de tu pelo. De todo en general. De que sea verdad.”

(Miércolog) El estado de la cuestión

¡Buenos días!

Estamos de reformas en can Carlo, en sentido figurado, evidentemente. Y, para empezar, el primer cambio, evidente a simple vista, es que le he puesto a este post la categoría de “Miércolog”, aunque estoy abierto a sugerencias que suenen mejor.

Por otro lado, los que me conocéis personalmente es probable que sepáis que este mes de agosto me he quedado en Barcelona para trabajar en mi tesis doctoral.

También es posible que sepáis que tengo mal la vista, y aunque las cosas que he estado haciendo durante meses para mejorarla han tenido realmente efecto, me he encontrado con un simpático puñetazo en el estómago: las nuevas gafas de leer, las gotas para los ojos, el descansar la vista… todo me ha ayudado a ver mejor, y ya hace un tiempo que vuelvo a leer novelas a buen ritmo para pasar el rato y que los ojos no me pican cada dos por tres y se me desenfocan con leer veinte minutos de pantalla.

Así que os podéis imaginar la sorpresa, no muy agradable, de empezar a leer los libros académicos que pretendía trabajar… y encontrarme que están maquetados lo bastante pequeño, lo bastante apretujado, lo bastante económicamente como para no poder leerlos, al menos no de forma funcional para poder trabajar.

He pasado unos días un tanto malos, la verdad.

Y eso ha tenido otro efecto: detesto ponerme “filosófico” cuando hablo de escribir, “es algo que hago y ya está”, pero la verdad es que para escribir un buen texto, yo al menos debo ponerme más en contacto con mis sentimientos, más de lo que es funcionalmente aceptable para el día a día para la mayoría de las personas… pero estos días, hacer esto habría sido mal plan, porque esto que cuento y otras cosas se han sumado para alterarme bastante, emocionalmente hablando, y el mejor sistema en este caso es más bien distanciarse un poco del remolino emocional.

Y allí me encontraba, en dique seco, sin poder trabajar demasiado, sin poder escribir literatura, sin poder adelantar el mucho trabajo que tengo a partir de septiembre porque depende de gente que está de vacaciones, y tirando de viejos articuentos que ya tenía escritos (¡Aunque por algún motivo un par se han volatilizado! ¡¿Qué demonios, WordPress?!).

Pero, una vez me sacudí de encima la frustración, o parte de ella, me decidí a hacer otras cosas. Proyectos tengo a patadas. Y en eso estoy.

Primero empecé a trabajar en algo que tengo atrasado desde hace tiempo, pero llegado a cierto punto, necesitaba la colaboración de personas que no podían dármela en esos momentos.

Así pues, recuperé otro viejo proyecto, al que le estoy sacando el polvo y preparando su regreso al mundo público.

La cuestión es no parar, a no ser que sea en boxes. 1.95 segundos, pneumáticos nuevos, gasolina, piiiowwww adiós.