Cruz 9

¡Amigos, ya vamos por el noveno episodio de El viaje de Cruz!

Cierto, cuando lo escribí hace años, colgaba un capítulo cada día, por lo que el capítulo nueve salió a la segunda semana en vez de después de tres meses… Pero modernizate, tíiiio. ¡Vives en el pasado!

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(AC – Deberes – Relato) Cambio.

Aquí está el ejercicio para el Ateneu que no se pasa de líneas. ¡En primicia, porque lo entrego el martes!


Cambio

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-¡Puaj, qué asco! ¿Por qué me regalas gusanos? -Ana fruncía la cara entera mientras se asomaba a la caja de zapatos que Jan le había regalado. El padre sonrió, porque pese al supuesto asco, estaba enganchada al cartón, observando cómo se estremecían -¡Son feos!

-Son gusanos de seda. Yo tuve muchos, de pequeño. ¡Son una mascota muy guay, ya verás!

-¿Una mascota? ¡Pero si son gusanos!

-Son fáciles de cuidar, y sirven para aprender a cuidar a mascotas más grandes. ¡Además, no siempre serán gusanos! ¡Después de un tiempo, se convertirán en mariposas!

-¡Hala, mariposas! -Ana volvió a fijarse con la boca abierta en esos tubitos abultados y atigrados que se retorcían entre las hojas de morera. Sonrió.- ¿Y además así aprenderé a tener mascotas y me podréis comprar un perro, o un hámster, o un caballo?

-¡Bueno, antes habrá que ver cómo los cuidas! Te explicaré lo que tienes que hacer.

Era sencillo. Básicamente, debía asegurarse de que tenían hojas de morera para comer y limpiar cada ciertos días las hojas secas y los excrementos.

Gracias a sus cuidados atentos, pudo ver cómo los bichos se hinchaban e hinchaban, y pasaban de ser pequeños hilillos blanquecinos y rayados a enormes bultos tubulares que se retorcían entre las hojas sin parar de comer ni un solo instante. Y, finalmente, vio cómo se envolvían en sus capullos de seda, listos para el profundo sueño que les cambiaría la vida.

-¡Papá! ¡Papá, mira!

Jan no sabía la hora que era exactamente, pero en un sábado era sin duda demasiado temprano para levantarse. Pero ni Ana ni los gusanos parecían pensar lo mismo. Con los ojos entrecerrados, Jan pudo ver cómo salía una mariposa de uno de los capullos. Ana aguantaba la caja entre las manos, y daba pequeños saltitos mientras miraba, extasiada.

-¡Hala! ¡Es peludita y blanca, y qué alas!

La mariposa no había dado ni un par de pasos cuando, de otra crisálida, empezó a brotar otra congénere. Y de otra de más allá, también comenzó a asomar una cabeza de insecto. Pese a su sopor, Jan no podía evitar sonreír viendo a Ana boquiabierta.

-¡Ay, Papá! –se asustó de pronto- ¡Se escaparán volando!

-No te preocupes, -Jan le puso la mano en la cabeza, con cariño.- aunque aleteen, no pueden volar. Pasarán unos días en la caja y, ¡Pum!, pondrán huevos, y pronto tendremos un montón de gusanitos nuevos a los que cuidar.

-¡Oooh! ¡Más gusanitos! –Mientras los insectos daban pasos tentativos y zumbaban nerviosos, Ana clavó sus ojos en los del padre- ¿Y cómo lo he hecho? ¿Los he cuidado bien?

-¡Lo has hecho muy bien, Ana!

-¡Bien! ¡He visto en la tienda de animales un hámster muy bonito que me gustaría mucho!

Jan no había pensado más en la promesa implícita de una mascota mayor, aunque no lo veía muy claro. Pero no tuvo tiempo de contestar, y Ana también se distrajo.

-¿Qué está haciendo, Papá?

Jan no lo comprendía. Las mariposas se habían acercado a las paredes de la caja y, poco a poco, habían empezado a rodearse de una nueva capa de hilillos.

Mudos, ambos miraron cómo se enredaban en una segunda crisálida.

Esta vez no sólo Ana se preocupaba del desarrollo de los gusanos, sino que los dos estaban tremendamente pendientes. Ana seguía abriendo la caja para ver lo que ocurría dentro dos o tres veces al día… y también su padre.

En eso estaba Jan unos días más tarde cuando se puso a llamar a su hija a voz de grito. La niña llegó, resbalando un poco con los calcetines. Jan le enseñó la caja. Dentro, las crisálidas, ancladas a las paredes de cartón, empezaban a vibrar.

Aunque no hacía calor, Jan sudaba. ¿Qué podía salir de ahí dentro? ¿Qué nueva forma habrían adoptado esos insectos? Un capullo se resquebrajó por debajo, y Jan pudo ver unos instantes un brillo metálico.

-¡Ya salen, Papá! ¡Ya salen!

Y, como una gota que poco a poco crece y crece hasta que su propio peso la hace desparramarse de pronto, el brillo metálico cayó con un tintineo. El resto de crisálidas de abrieron también antes de que Jan tuviera tiempo de entender nada.

-¡Mira Papá! ¡Dinero! ¡Dinero!

La caja estaba llena de monedas, de 10 céntimos las más pequeñas, de 2 euros las mayores. A simple vista, parecían alrededor de 15 euros. Sin entender nada todavía, se lo dijo a su hija.

– ¡Qué guay! –Ana había cogido la caja, que tintineaba a cada saltito- ¡Con 15 euros podré comprar el hámster marroncito muy bonito! -Corrió hasta su padre, sonando como unas campanillas, y le besó. -¡Muchas gracias, Papá!

Jan no dijo nada. Se sentó, en silencio, con la tapa de cartón agujereada aún entre los dedos, intentando comprender.

(Cuento – Deberes – AC) Puntos

He intentado hacer unos deberes del taller de narrativa del Ateneu, pero me ha salido un texto el doble de largo que el máximo permitido, y no se me ocurre cómo acortarlo… Pero he pensado que, mira, lo puedo aprovechar para mi blog. ¡Espero no arrepentirme y querer publicarlo “de verdad” en el futuro!

La cosa del ejercicio tiene que ver con la estructura, y no os lo contaré porque quiero que leáis el texto vivo, sin diseccionar.

Ah, y está sin revisar. Espero no haber metido muchos gazapos.


Puntos

“32 cyg” by Egres73 – Own work. Licensed under CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:32_cyg.jpg#/media/File:32_cyg.jpg

El Eterno se rascó la barriga y chasqueó la lengua, perezoso. Movió las grandes nalgas como si intentara excavar un hoyo con el trasero, aposentándose con mayor comodidad en la galaxia en la que solía sentarse. Volvió a hacer algunos ruidos, exclamaciones, y gemidos, que podían confundirse con los que haría al ponerse cómodo, pero que tenían un objetivo completamente deliberado y estratégico. No sirvieron. El Infinito dormía aún, roncando, envuelto en una nébula cálida y mullida.

El Eterno volvió a probar, estirándose ruidosamente.

Nada.

Harto, tosió con fuerza. El Infinito se estremeció. Eterno tosió más fuerte, descolgando en su exceso alguna constelación perdida. El Infinito despertó al fin, y el otro disimuló, adoptando una pose adormilada.

Infinito bostezó, destapándose con las piernas, diseminando la nebulosa, y poniendo así en marcha un movimiento de materia estelar que acabaría creando millones de sistemas solares. Se frotó los ojos.

-¿Duermes, Eterno?

Disimuló, con los ojos cerrados, sentado en su galaxia, e hizo ver que despertaba de una siesta ligera.

-¿Hm? –parpadeó con fuerza- …Ahora ya no.

-Lo siento, no quería despertarte…

-Bah, no pasa nada. Pero ya que me has despertado, al menos hagamos algo divertido.

Infinito ya sabía de lo que hablaba, y refunfuñando por su falta de originalidad, sacó el tablero. Puso entre los dos la vieja galaxia espiral mientras, satisfecho, Eterno acercaba su asiento.

-¿Hacemos una partida de mil puntos?

Infinito se encogió de hombros.

-Sé que, contigo, es inútil intentar que sean menos… Pero empiezo yo.

-Duro pero justo –dijo, sonriendo.

Así, Eterno e Infinto asignaron sus puntos a unidades, recursos, geografía, disposición, y el resto de valores que servían para empezar la partida. En diversos lugares del viejo planeta, las unidades de Eterno e Infinito empezaron a dar sus primeros pasos. Allí, un pequeño grupo descubría cómo domar el fuego. Allá, otro pequeño grupo iniciaba la domesticación de animales. Otro, que no habría podido hacerlo por no tener bastantes puntos de capacidad cultural, sí que lo aprendió, mirando cómo lo hacían sus vecinos.

Poco a poco, las tribus sembradas por Eterno e Infinito empezaron a crecer. En los diversos continentes del Planeta, algunos de los grupos acababan dominando a los del otro, ya fuese por la fuerza, o por su poder económico, o por asimilación cultural.

Con una sonrisa, Eterno guiaba a sus pueblos, de puntuación equilibrada, haciéndose con la hegemonía en los pequeños focos de población repartidos por el Planeta. Pero, de pronto, se le borró la sonrisa de los labios. Sus pequeñas tribus dominaban a las de Infinito en la mayoría de continentes, pero una de las de éste acababa de inventar los fundamentos de la medicina. Construía grandes monumentos megalíticos, necrópolis inmensas investidas de complejas religiones y sentidos míticos, armamentos y estrategias militares novedosas y mucho más avanzadas…

Eterno dio un puñetazo en la galaxia, derramando su bebida, cuyo brillo blanquecino se enredó con el lento fluir de la espiral.

-¡Maldito seas! ¡Haces trampas!

Infinito, satisfecho, se repanchingó en su asiento.

-¿Trampas? Yo he seguido las reglas estrictamente… Simplemente, he establecido mi mayor foco de población en medio del desierto…

Eterno empezó a decir algo, pero se interrumpió.

-¡Qué cabrón! ¡Establecerte en el desierto te ha ahorrado tantos puntos que los has podido invertir en atributos culturales y militares, y te has centrado en una sola de tus tribus!

-Sí -Infinito sonreía-, y aún me han sobrado puntos para comprar modificadores del clima, que he usado en la fuente del Río, para que su caudal rico y sus crecidas compensen lo árido de mi territorio de partida.

Infinito vació el vaso, y se sirvió otro refresco, en silencio pero sonriendo burlón. Eterno fruncía el ceño, y los dientes le crujían. No dijo nada, mirando alternativamente el tablero y a su contrincante, mientras apretaba en una mano un puñado de materia espacial.

-Está bien –soltó la materia, que había comprimido hasta hacer un agujero negro- pero con los pocos puntos que a mí me han sobrado, compro una carta de re-roll.

Infinito le observó, con educado interés, mientras lo decía. Aún sonriente, sacó la carta de la baraja.

-Bueno, pero recuerda, solo podrás repartir de nuevo los puntos de atributos de una de tus tribus, y no podrás añadirles puntos nuevos ni nada parecido.

-Lo sé, lo sé… vamos, dame esa carta.

Infinito siguió sonriendo los siguientes turnos, pero, poco a poco, su expresión se ensombreció. Eterno había elegido a una pequeña tribu que aún vivía rodeada de enemigos y le había cambiado la distribución de los puntos, antes equilibrada. Se habían vuelto un pueblo guerrero, expansionista e implacable. Rápidamente dominó su continente de forma absoluta, arrollando a su paso a todas las demás culturas que lo habían habitado y asimilándolas en su seno. No habían inventado las armas de hierro, pero sí unos vecinos a los que habían asesinado, apropiándose de su técnica. Eran cartógrafos ineptos, pero no una cultura cercana a la que absorbieron y anularon, quedándose con sus conocimientos tan útiles…

Cuando, al fin, llegó el enfrentamiento entre la avanzada civilización del desierto de Infinito y el pueblo guerrero y expansionista de Eterno, los dos jugadores estaban al borde de los asientos, con las frentes perladas de sudor, los puños cerrados, la mirada fija en la partida. De formas muy distintas, ambas culturas eran extremamente poderosas, y podía pasar cualquier cosa.

Tras unos cortos años de tensión, los expansionistas vencieron. Dominaron la civilización del desierto y la absorbieron en su imperio. Eterno lo celebró, tirando de nuevo su bebida, y riendo a carcajada limpia.

Pero Infinito le hizo regresar al juego con un gesto.

-No lo celebres tan temprano.

La civilización del desierto no existía como tal, pero había tenido tal potencia cultural que al pasar a formar parte del Imperio, no habían perdido su esencia. Había pasado algo muy extraño en el juego, pero posible según las reglas: los dos jugadores controlaban partes de una misma civilización.

Concentrados, sacaron los manuales, consultando lo que podían hacer. Mientras tanto, el Imperio fue extendiéndose por el planeta, dominando cada vez más y más territorios, y asimilando a más y más tribus, cuyos miembros o bien pasaban al control de Eterno, o bien al de Infinito, de forma más o menos equitativa. Exploraron el planeta entero, y cuando ya no había más territorios que explorar, entonces se puso en juego una regla que casi nunca se utilizaba. La secesión.

Tras una cruenta guerra civil, el mundo quedó dividido en dos bandos. Por fin, la civilización que compartían se había dividido y cada cual podía dirigir una. Pero los siglos de convivencia entre los de Infinito y los de Eterno habían hecho que, a la práctica, fuesen dos bandos iguales…

Pronto, ambos habían desarrollado armas devastadoras, químicas, bacteriológicas y nucleares, que hacían imposible cualquier intento de dominación militar del uno sobre el otro.

Pasaron décadas en este estado de juego, haciendo pequeñas tentativas de llevar por otras vías a sus culturas, ambas expansionistas, guerreras y tecnófilas, pero sin éxito.

-No sé, Eterno. –le dijo al fin- Yo creo que nos hemos metido en una situación sin solución.

Su amigo seguía frotándose la barbilla, pensativo, intentando atacar el juego desde algún ángulo nuevo.

-¿Y si lo dejamos en tablas? -insistió Infinito.- Ha sido divertida, esta partida tan rara, pero… no sé, ahora ya estoy bastante cansado.

Eterno se rascó la nuca, con los ojos todavía en el tablero.

-¿Tablas? -Al fin, alzó la mirada- Bueno, pero solo si jugamos otra partida.

Infinito se rió y, sin decir nada más, cogió el pequeño planeta y lo frotó con la yema del pulgar.

Lo devolvió, vacío, a su sitio.

-Ahora empiezo yo- dijo Eterno- ¡Y esta vez ni se te ocurra usar la trampa esa del desierto!

Infinito, satisfecho, llenó los vasos de ambos.

La Caverna de Platón (AC – Deberes)

He empezado un curso de narrativa en el Ateneu Barcelonès, y para los deberes de la siguiente clase (la segunda) nos han encargado escribir un texto que “muestre”, no “diga”, un concepto/sentimiento. Es decir, que describa, por ejemplo, lo que siente un hombre que está muy triste, y que el lector lo interprete, en vez de decir, simplemente “El tipo del ejemplo estaba triste”.

Por sorteo, nos tocaron los conceptos en secreto, y los demás deberán ser capaces de descubrir cual es el de cada uno. La lista era:

1-Envidia

2-Seguridad en uno mismo

3-Deseo Sexual

4-Ira

5-Melancolía (depre)

6-Compasión

7-Nostalgia (Añoranza)

8-Odio

9-Apatía

10-Miedo

11-Chulería

12-Autoritarismo

Me ha salido un textito que se parece bastante a mis articuentos, así que he pensado que encajaría bien en el blog. Viene a continuación (aunque a lo mejor la versión final la retoque aún un poco hasta la clase), pero no os digo el concepto que ilustra. ¡Jugad a adivinarlo también vosotros!


La Caverna de Platón

Era la primera clase de la mañana, y se notaba.

Desde que habían empezado el bachillerato, el ronroneo monótono de la especie de morsa que era el profesor de filosofía no había conseguido sacarles del sueño ni un solo día. Como ahora, Helena se había pasado las clases dormitando, erguida en la silla, con el bolígrafo entre los dedos y roncando suavemente. Gerardo no se dormía, pero sí pasaba el rato mirando al tendido, perdido en el vacío de su cabeza, hurgando con energía en unas fosas nasales sorprendentemente maleables. Y, en los primeros meses del curso, Jordi había estado igual de comatoso, con la babilla colgando y la mente acartonada.

Pero ya había empezado el segundo trimestre. Y la voz que se oía no era el zumbido gris del profesor. El bolígrafo de Jordi ya no pintarrajeaba las fotos del libro de texto, sino que corría veloz por los apuntes. ¿La morsa ya les había hablado de Platón el trimestre anterior? Difícilmente lo sabría algún alumno. Como mucho, Ana.

Jordi desvió su atención de la lección unos instantes, y miró a la chica de la primera fila que, aplicada, tomaba apuntes. Como si ella hubiera percibido su mirada, se volvió un momento y le saludó con una sonrisa. Pero al segundo, su novia volvió a prestar atención a La Caverna de Platón, y él también recuperó rápidamente el hilo.

Ana siempre había sido así de aplicada, pero en Jordi era toda una novedad.

La profesora sustituta seguía con su explicación, dando pasos largos y nerviosos ante la pizarra, con la tiza entre los dedos, pero sin llegar a usarla. Como una batuta, la movía en el aire mientras hablaba. Y Jordi seguía el pedacito de tiza con la mirada, y escuchaba, bebiéndose cada palabra, pasando las páginas al ritmo de la explicación.

Cuando sonó el timbre, todavía hablaban de la teoría de las ideas. Nieves, la profesora sustituta, recogió la carpeta y se despidió, sonriente.

La campana parecía indicar el fin de la hibernación. Helena volvió en sí con un respingo, como si le hubieran pegado un susto. Gerardo ya se había vuelto para hablar con Iñigo, el melenudo que se sentaba detrás de él, con el dedo prospector ya jubilado hasta la próxima clase de filosofía. Los alumnos despertaron de su trance, empezaron a conversar…

Cuando Jordi buscó a Ana con la mirada, encontró su asiento vacío. Se levantó para ir en su busca y, efectivamente, la encontró donde pensaba, saliendo del baño, en un recoveco del pasillo polvoriento.

-¡Jordi! –Se le acercó contenta, y le dio un besito corto en los labios. -¡Todavía tenemos que ver el último capítulo de…!

Él la interrumpió con otro beso. Pero no uno corto. Le cogió las manos, frías y todavía ligeramente húmedas. Ella pareció sorprendida, e incluso un poco reacia, por lo inesperado de ese ímpetu. La abrazó, con urgencia, y ella, con los ojos cerrados, le devolvió el abrazo. Se le había acelerado la respiración. Los labios de él buscaban los de ella con prisa, como si se le fueran a escapar. Ya se habían besado largamente, claro, en muchas ocasiones, pero esto parecía distinto. Normalmente habrían estado preocupados por si algún profesor les veía, porque esas “muestras de afecto exageradas”, como las llamaban, no estaban permitidas. Pero, obviamente, a ninguno le importaba eso ahora. Ana estaba contra la pared, y las manos de ambos palpaban al otro como si buscaran el botón de una puerta secreta por los rincones de una casa encantada.

No sabía qué le había cogido a Jordi, que solía muy discreto, y más en público… Pero sonreía.

-Te quiero, Jordi. -Le dijo Ana, a la oreja.

Todavía abrazándola, él respondió.

-Yo también, Nieves.