(AC Deberes) Monólogo interior-Flujo de conciencia

Ejercicio de monólogo interior-flujo de conciencia –Carlo Gallucci

En la tira cómica el padre decía “te enseñaré a ponerte la corbata” y entonces estaban delante del ordenador en Youtube y decía “y buscas tutorial para anudarse la corbata” y así lo aprendí pero yo solo. Me ha quedado demasiado larga. El botón del cuello me aprieta porque he engordado me siento el pulso. Ahora está bien. Hay manchas de dedos en el espejo tienes buen aspecto. La americana tiene polvo. Fuera otra. La botella ¿Vaso? No. El abridor “Estrella”, pero nunca he abierto una Estrella. Desperados sí. Muy me duelen los dientes fresca. Esto es para mí, disfrútalo, este está seco. No. Este sí. La llama larga. Huele bienmejor que los normales por eso los guardo, ese secado es una pena. Distan fliquerin sgriner sineri disweders bringinido lbaca guen la cerveza y el humo no saben tan bien como pensaba juntos. Cerveza con sabor a tequila. Agua ahora sí. Nucjaf de jaf detai monitren yu lac maychen sdu ahora. Ahora. Se relaja todo te lo mereces. Está haciendo uña. ¿Es así o al revés? Ahora bien. Ahora lo haré. No. Sí, ahora. AHORA. Ahora… Sí. ¿Por qué lo hacen tan duro? Bote de mierda. Ábrete. Ábrete no lo estropees. ¿Y si no? No, sí. Ahora. Calma y ahora está abierto. ¡Con cerveza hace espuma en la garganta rápido! No lo estropees, poco a poco traguitos no hace espuma. Eh diu folin dusein riutein fiquin-zu detiví ah relax tan uy claini ¿Está todo bien? Simpossible tu ignoriuouu oh masch yu meigmi los platos están limpios la casa barrida el cuarto bien la ropa bien todo bien. Traguitos. No dejes que el viento se fume el puro decía del tutorial. Queda medio bote. Sin prisa pero sin pausa decía Pedro. Hay que acabarlo antes de que haga efecto del todo. Hasta la última el puro luego. Con el agua puedo ir deprisa soy tonto… deprisa deprisa. Ya está. Vacío. Todo está en orden. Manténgase fuera del alcance de los niños. Fumo también el seco no lo guardaré. La cerveza se ha acabado. Los ojos se ablandan. Qué sueño. Todo está listo cuando entren. Oeeeee ro ui. Uate Jel. Esgo uinon Tdhasta sound y yas pican tufo ¿Quién entrará? La vecina la guapa. Llorará mucho. Se llevará un muy susto nunca ha hecho nada para hacerle una mala sorpresa así. Lo he hecho para ella. Cuando me encuentren estará la casa limpia y bonita la música puesta y le dará pena no haberme hecho nunca caso en el ascensor porque ella me encontrará entrará con la policía y llorará cuando me encuentre guapo con la ropa bonita en el salón. Um-muocho sé hey. Ohm dachi oliman guel-el cochi tide. No. Será sólo la policía. Mucho sueño. Nadie llorará.

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Jordi Hurtado, agente del Ministerio del tiempo

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EFE

Advertencia: este texto es improvisado, y en él hablaré libremente de la primera temporada de El ministerio del tiempo, sin preocuparme de spoilers.

Me he sentido cómodo poniendo este título, aunque en realidad chafa un gag de la serie, porque se le dio tanto bombo al cameo de Jordi Hurtado en la serie que dudo que nadie que estuviese interesado en verla no lo supiera ya de antemano. Pero no es con Hurtado con quien quiero empezar el texto.

Después de, meses atrás, haber visto el primer episodio, no seguí viendo la serie pese a que me había gustado e interesado. La vida, la luna y los planetas, los iluminati y los chem trails, Dios sabe por qué, pero me dio mucha pereza. Pero hace poco la empecé de nuevo, y esta vez la vi de un tirón (si es que a verla principalmente en bloques de 15 minutos entre bloque y bloque de trabajo de 30 minutos -trabajo con temporizador- se le puede llamar “verla de un tirón”) y me gustó. Ciertamente, como ocurre con frecuencia con los viajes en el tiempo, me dio la sensación de que no estaba todo bien bien cuadrado… pero ni siquiera sé si esa percepción es cierta. En todo caso, mi baremo a la hora de valorarla fue seguir con la clásica y manida comparación con Doctor Who, que pese a que la equivalencia no sea, ni de lejos, perfecta, sí que me parece un referente pertinente como serie de ciencia ficción amable basada en el viaje en el tiempo emitida en una televisión pública. Y, cierto, alguna actuación es un poco acartonada, algún efecto especial resulta poco convincente y algún punto del argumento puede, quizás, resultar confuso o no acabado de cocer… pero no más que en el equivalente y bien apreciado referente británico.

“El tiempo es el que es”, dice el jefazo del ministerio en el primer episodio. Una frase sencilla que explica cómo funciona el tiempo en esta serie.

Reduciendo, existe el minuto 1. Después, viene el minuto 2. Después viene el minuto 3, que es el presente.

Desde el minuto 3 se puede viajar al 2 y al 1. Porque ya han existido. Desde el minuto 1 y el 2, se puede regresar al 3, porque 1,2 y 3 han existido. Pero desde ninguno de ellos se puede ir al minuto 4, porque en estos momentos, el minuto 3 es el presente.

Por otro lado, entiendo que las puertas del tiempo, por lo general, tienen una posición temporal relativa al presente. Una puerta está a X días del presente, y esa X se mantiene, deslizándose hacia adelante con este presente. Por eso, en el pasado y en el presente pasan las mismas horas, en lo que TV tropes llama San Dimas time.

No se explica cómo aparecen puertas nuevas. Aunque, en realidad, tampoco se dice, creo, que esta distancia con el presente sea como yo he interpretado. Lo que se dice es que hay una tabla de conversión para saber a qué tiempo conduce cada puerta, que va cambiando con el paso del tiempo, y se podría suponer que, por ejemplo, la posición de las puertas, que son finitas, se va espaciando a medida que existe más tiempo.

¿Qué espacio/tiempo ocupa el Ministerio entonces?

Quizás por haber leído varias veces desde que era adolescente ‘El fin de la eternidad’, suponía que el Ministerio estaba a parte. La historia iba cambiando, pero el Ministerio era uno. Eso, claro, me llevaba a hipotetizar que el ministerio se iba superponiendo a sí mismo, que el ministerio del futuro era el que siempre existía, y que las iteraciones anteriores del ministerio se habían extinguido, estando ancladas irremisiblemente a los presentes pasados, haciendo así que no hubiesen existido nunca. Por eso los agentes del ministerio de todas las épocas responden al ministerio presente: no existe otro.

Ay, el dolor de cabeza de los viajes en el tiempo…

En todo caso, es obvio que no es así cuando, hacia los últimos capítulos, el tipo que se rebela porque no salvan a su hijo de la leucemia que sufre (No recuerdo cómo se llamaba ahora) viaja al Ministerio de dos épocas pasadas diferentes, una de hace unos diez años y otra de la antigüedad.

Todo esto, claro, resulta imposible según las reglas que parece que la serie se había marcado. Las puertas del ministerio dan “hacia afuera”, hacia otras épocas. Pero las puertas de las épocas dan “hacia adentro” al ministerio del presente. Si el tipo usara una puerta de las que no tiene controladas el ministerio, se podría argumentar que es un tipo distinto de puerta, como es también distinta la que usan para ir a ver la victoria del atleti o la del día de la ejecución del judío autor del libro de las puertas. Si puede haber puertas que llevan en bucle a un momento concreto, sin avanzar con el presente, también podría haber puertas de regreso al ministerio de otras épocas diferentes al presente, clausuradas porque que se han quedado ancladas en un ministerio pasado, por ejemplo. Entonces habría bastado tomar la puerta del siglo XI al ministerio del presente, del ministerio del presente ir a donde llevase de salida la puerta clausurada y regresar por esa puerta clausurada a un ministerio del pasado, en vez del del presente.

Dónde está el ibuprofeno temporal?

No se me ocurren respuestas, porque el sistema lógico que había entendido que había era el que he explicado. Pero el título del texto va por otro lado.

El cameo de Jordi Hurtado es el que me ha hecho reflexionar de nuevo sobre el funcionamiento de las puertas, después de que los primeros episodios me respondieran a las dudas que tenía e hiciesen que no me lo volviera a plantear luego, cuando pasaban estas cosas que digo y que no me encajan.

Pero Jordi Hurtado me lo hizo volver a pensar.

Porque es un cameo con una broma divertida, no? Parece que el tiempo no pase para Jordi Hurtado, y por lo tanto tiene gracia que trabaje para el Ministerio…

…pero, cuando le vi, lo que pensé fue “un momento… que sea agente del Ministerio haría que fuese más viejo, no al revés”. Al menos comprendiendo que viviera aventuras entre programa y programa. Entendí que la gracia, por lógica, tenía que ser que Jordi Hurtado presentaba Saber y Ganar saltándose el tiempo intermedio entre uno y otro programa, y que por eso parecía envejecer a un ritmo negligible.
Pero el tiempo es el que es.

No puede grabar un programa y saltar hacia adelante hasta el siguiente.

A no ser, claro, que Jordi Hurtado viajase al pasado para grabar los programas, y saltase hacia adelante, saltándose los tiempos intermedios, pero permaneciendo siempre en su pasado relativo.

Entiendo pues que, en el momento 5, se decidió que Jordi Hurtado, agente del ministerio, presentara el programa Saber y Ganar (lo cual parece una idea curiosa, pero seguramente sea una buena cantera para posibles agentes, porque a los concursantes se les preguntan conocimientos de historia muy específicos). Del punto 5, el presente, viajaría al 1, grabaría el programa, pasaría al 2, grabaría el programa, al 3, grabaría el programa…

5->1->5->2->5->3->5->4->5

Cubiertas estas épocas, se dedicaría a las misiones como la que menciona en el episodio, más por el estilo de lo que vemos hacer al trío de protagonistas al que sigue la serie, hasta que hubiese pasado más tiempo y hubiese llegado al punto 10. Nuevamente, presentaría una remesa de episodios en la que parecería tener la misma edad en todos, pero ser ligeramente mayor que en el pack anterior.

5->1->5->2->5->3->5->4->5->6->7->8->9->10->5->10->6->10->7->10->8->10->9->10

Y así (con periodos de tiempo más largos que en los de mi ejemplo simplificado). Eso explicaría su look casi constante, con pocos cambios, y también explicaría la posibilidad de que haya tenido otra clase de aventuras. Y, en el momento en el que sale en el episodio, está empezando una nueva remesa de capítulos, que son todos los episodios en que nosotros, no viajeros del tiempo, lo vemos con su aspecto actual (el pelo ligeramente canoso que no había tenido antes), que ya hace tiempo que lo vemos viendo, pero que en realidad es su look de un punto futuro concreto.

Conseguí encontrarle la lógica, pero me hizo reflexionar también en (o al menos con) otras cosas que no querría dejarme en el tintero pero que no me dan para post:

1- ¿Por qué se altera la historia?

Sí, Lola cambia cosas, pero no justificaría la presencia de un ministerio dedicado a “arreglar” la historia. Pero el ministerio tiene puertas hasta en la Atapuerca prehistórica, y, como se ve en varios episodios pero especialmente en el segundo, mientras los agentes hagan lo que es su misión, el jefazo está dispuesto a no indagar en posibles cambios que hayan llevado a cabo. Y, entre ellos, los agentes se apoyan sin delatarse ante los superiores cuando hacen estas cosas.

Ese es un buen origen de los cambios. Uno en atapuerca cambia algo por conveniencia y, cien años después, no ocurre lo que debe ocurrir. Mandan a agentes para solucionarlo y lo hacen, pero causan otro cambio que se notará en trescientos años. Y así.

Por otro lado, como es una realidad en la que los viajes en el tiempo son posibles, además de las puertas no registradas está el tunel del tiempo americano, de una época indeterminada y que responde a intereses mercenarios. Estos viajes interesados son otra causa de cambios posible.

Pero…

2-¿Son posibles los cambios?

Se plantea en varios episodios que en realidad las cosas que hacen desde el ministerio son un bucle estable. De la forma más explícita, con el recibo del Gernika y la situacion familiar del protagonista del s.XXI, tanto con sus padres como con su esposa. Y los agentes del ministerio viajan al pasado para hacer que las cosas pasen como deben… pero no llegan a pasar como no deben, porque lo hacen bien, ¡Y además el presente no se ve nunca comprometido! ¡Cuidado, Cervantes no va a escribir nunca El Quijote!

Pero tu sabes qué es El Quijote, tu realidad no cambia aunque el pasado lo ha hecho, y, ni desde la percepción temporal subjetiva de tus agentes ni desde la tuya en el presente llega a ocurrir nunca que no lo escriba.

El único cambio así claro que se ve es el de salvar al rabino condenado, a través de una puerta-bucle… y, mi interpretación de lo que ocurre es que ese día es inmutable para el ministerio. Sacan al rabino, sí… pero el día se reinicia y, realmente, muere ejecutado por la inquisición. El rabino que viaja al presente acaba siendo una copia cuando su propio dia reinicia. Evidentemente, esto sería una buena explicación de cómo se puede financiar el Ministerio: se aseguran de que a un día bucle llegue, de forma natural, desde una época anterior, algo muy valioso. Platino, algo así, un material bruto valioso. ¡A través de la puerta bucle, se puede traer de regreso al presente el mismo objeto cada día, volviendo a encontrarlo allí a diario al volver a empezar el bucle!

Y, ahora sí, eso es todo. No pretendo ser un fan obsesivo ni haber descubierto nada, pero ver la serie me ha hecho reflexionar sobre todas estas cosas, con Jordi Hurtado estimulando aún más mis “clásicas” reflexiones analíticas sobre ficciones, y he decidido pegaros el rollo.

“If I had known it was harmless I would have killed it myself” 1 (AC)

A veces, en las expresiones populares y refranes quedan artefactos de épocas pasadas. ¿Qué es lo bueno, la cal o la arena? ¿Qué diantres tiene que ver San Martín con los cerdos? ¿Qué problema hay con los viajes y las bodas en martes?

Evidentemente, un poco de lógica, o un poco de Google, sirven para saber de qué va la cosa. Pero, en este sentido de los restos de conceptos anticuados en las frases hechas, muchas veces he reflexionado (en esa clase de santuarios de la filosofía como son la ducha o los semáforos) sobre el papel popular de las moscas.

La mosca es irritante. Uno tiene la mosca detrás de la oreja, o se mosquea, o es (o sufre a) una mosca cojonera. En catalán, a uno se le sube la mosca a la nariz para indicar que es el momento en el que el bicho molesto se pasa de la raya, su presencia se hace intolerable y la persona que la ha estado soportando hasta entonces se enfada.

La mosca es una molestia pero, más allá de asaltar narices, es inofensiva. Es un insecto que no pica, que no se come las telas, que no te hace enfermar… Exageración de las exageraciones, a la persona más inocua en todos los sentidos se la llama “mosquita muerta”. Una mosca (inofensiva) pequeña (modificador inofensivo +1) y muerta (modificador inofensivo x2).

Estas cosas las pienso, y me parece interesante saber qué papel tiene en la mente popular y mitología de andar por casa este ser (maléfico solamente en su vertiente Belcebú), pero también reflexiono relacionándolo con otra frase.

Para decir que alguien es completamente incapaz de hacer daño, se dice que “no mataría ni a una mosca”.

¿Ese es el baremo? ¡La mosca es la cosa más inofensiva, y, por lo tanto, no hay motivo para matarla!

“No mataría ni a alguien a quien tuviera motivos para matar”,”no mataría ni” qué sé yo “al asesino de sus seres más queridos”, “al hombre al que más odia”, “a la fiera que devoró a su daimyo y le arrebató su honor de samurai”. Todo esto es más rebuscado, pero sería más lógico para indicar que alguien no hace daño a nadie en ninguna circunstancia, que no tiene en su interior el instinto de dañar a nadie.

Pero, claro. Ahí está la cosa.

Esta frase parte de una premisa diferente. De una forma de comprender el mundo distinta. El hombre, siguiendo el punto de vista de esa expresión, es un ser que tiene muy claro el instinto de matar, y que si no lo hace es por la dificultad, por las represalias. Matar algo que es peligroso, que puede devolverte el intento de asesinato, es una empresa arriesgada, y eso puede hacer que uno se eche atrás. ¿Pero matar algo inofensivo, que puede matarse impunemente, sin riesgo, sin problemas, casi sin fijarse? Eso es lo natural… y no hacerlo es ser una persona anormalmente mansa, incapaz de cualquier agresión.

“No mataría ni a una mosca” es una frase generada por un mundo que entiende el deseo de matar (de dañar al otro) como la norma, y que no lo condena en lo más mínimo. Todo el mundo mataría a todo el mundo, y machacar al que no puede defenderse es lo lógico.

He empezado el texto diciendo que en las frases hechas y refranes se esconden fósiles de concepciones anteriores del mundo. Debo admitir que es algo que no sé a ciencia cierta. Pero he empezado así porque expresaba una esperanza. Pero también me han dicho a veces que peco de ingenuo. Aunque tampoco es que me lo echen en cara… ¿Qué puede esperarse de mí ? ¡Si Carlo no mataría ni a una mosca”!


[1] Frase de”A Scanner Darkly”, de Philip K. Dick

(AC) Post Mortem

Ya llevaban unas copas de más, y, apoltronados en las dos mesas del rincón del bar alicatado a la antigua, cubiertas de botellines vacíos de cerveza al tequila y servilletitas arrugadas, a todos se les habían ido soltando las lenguas y las mentes.

Eran un grupo multicultural. Europeos, americanos, asiáticos, africanos, atlantes, árticos… Y se conocían todos de hacía tiempo, de haber estudiado juntos en la residencia de ancianos, ahora hacía ya una eternidad. De hecho, esa noche era una reminiscencia de las noches de los viernes en las que, al acabar las clases, el destino predilecto era el bar, para charlar hasta altas horas.

Germínia, con la sonrisa traviesa cruzándole la cara oscura, aprovechó un instante de silencio:

“Bueno, ya que dices eso” -en el barullo de la charla anterior a ese momento, había sido imposible saber de qué “eso” hablaba excepto para su interlocutor, pero ahora había subido el volumen y su voz apagó las demás conversaciones- “dime: ¿cómo moriste la primera vez?”

Hubo ciertas risas, algunas más alcohólicas que vergonzosas, las otras justo lo contrario. Germínia miró a los reunidos alrededor de la mesa, satisfecha del efecto de su pregunta indiscreta.

“¡Cotilla!” Le respondió Manhuel. Pero reía.

Era ese momento de la noche en el que se atrevían a compartir intimidades.

“Conocí a una post-adulta en una fiesta, en primero de Geriátrico” -empezó a explicar, calentando la botella con los dedos- “y hubo mucha química. Esa misma noche, después de clavarnos cristales en los brazos un rato, Escáta sacó la Ouija”

“¿Escáta era la post-adulta?”

“¿Eh? Sí, sí. Y, eh, compartí su muerte. Enterrado vivo bajo un montón de escombros.”

Hubo algunos murmullos de aprobación, y otro amigo, Geriardo, soltó un “¡Hala!”, en parte para él mismo y en parte para la audiencia.

“¿Y tú, Germinia?” -dijo Manhuel, satisfecho por su triunfo ante la provocación implícita de ella, que, en parte, había querido escandalizarle- “¿No nos lo cuentas?”

La chica se rió, quizás un poco más escandalosamente de lo estrictamente necesario, para disimular su vergüenza al girarse las tornas.

“¡Fue muy sencillo!” dijo, aún estridente, “En una barbacoa, conocí a un post-adulto muy interesante, y una cosa llevó a la otra, y cuando nos íbamos me propuso llevarme a casa en su coche.”

“¿Y?”

“Yyyyyy… Pues no fuimos a mi casa, sino a su nicho, y allí nos enchufamos a la Ouija. Sólo dejamos de respirar cuando dormíamos, muy plácidamente, pero, la verdad, fue especial.”

Ádave se excusó unos instantes para ir al baño y, con pasos tambaleantes, se dirigió al recoveco donde habían puesto el lavabo del bar, casi como si se hubiesen olvidado hasta el último segundo y hubiesen tenido que meterlo donde pensaban instalar el armario de la fregona.

Siempre le había gustado cotillear… mientras el cotilleado no fuese ella misma. Y si se quedaba en la mesa, pronto le tocaría.

Orinó, porque aunque lo del baño hubiese sido una excusa, la cerveza era la cerveza, y mientras se lavaba las manos se miró en el espejo.

Ojos entrecerrados de forma desigual, la piel, ahora rosada, cubierta de una capa fina de sudor, los bordes borrosos… Lo normal de cuando había bebido tanto.

Ahora aprovecharía que el baño estaba a medio camino entre la mesa de sus amigos y la puerta de salida y, tras pagar lo suyo en la barra (esta necrópolis era Barcelona, aquí cada cual pagaba lo suyo), se marcharía sin saludar.

Ádave tenía una vida de post-adulto normal y corriente. Ya hacía tiempo que había estudiado en el geriátrico, se había marchado de la cripta familiar a su propio nicho, como todos, y había conseguido ganarse el pan, más o menos, haciendo algo parecido a lo que le habría gustado hacer.

Iba al trabajo, hacía cosas con los amigos, pasaba ratos con la familia… lo normal, lo normal.

Pero las situaciones como la que se estaba produciendo en la mesa le incomodaban tremendamente. No porque fuese muy reservada, sino porque, desde hacía años, había una suposición implícita que permeaba su vida, y la de todos. A su edad, todo el mundo suponía que estaba muerta, y que probablemente moría con cierta regularidad. Pero no. Ádave no había muerto nunca.

Como los detalles sobre las muertes de cada uno eran privados, todo el mundo actuaba simplemente como si todo el mundo hubiera muerto, sin hacer nunca referencia al asunto, y, por lo tanto, Ádave podía vivir su día a día sin demasiados problemas. Raramente se mencionaba la muerte, en realidad, pero quizás por sus circunstancias, Ádave notaba que una gran parte de la estructura de la sociedad no sólo estaba impregnada de esta vida post-mortem, sino que nadie parecía notarlo, y hacerlo notar era a la vez una perogrullada y de mal gusto.

La gente vivía en nichos o criptas, los coches fúnebres eran los de más alta gama, las mujeres se embalsamaban con toda clase de productos antes de salir de fiesta… Pero todo parecía natural, sin conexión, casual; excepto cuando se hacía notar, momento en el cual se consideraba ineludible, obvio como la gravedad, y de mal gusto, como hablar de ir al lavabo. Pero nadie parecía planteárselo más allá de unos pocos filósofos, teóricos, vivicionistas y, suponía Ádave, algunos post-adultos como él.

O, al menos, lo esperaba.

En todo caso, no le resultaba difícil simular, porque, lo dicho, no se solía hablar de la muerte abiertamente, y si alguna situación propiciaba el tema, como se abordaba de forma superficial y rápida, con lo que Ádave había leído en el libro de los muertos tibetanos, en los textos escatológicos, en el viaje del héroe y demás, podía hablar lo suficiente de cosas como el cruce del umbral, la búsqueda del psicopompo o el juicio de las almas sin delatarse.

Pero, claro, en una ocasión rara como aquella, en la que se hablase de ello claramente, la cosa cambiaba.

Discretamente, pagó en la barra. Mientras esperaba la vuelta, cogió un puñadito de las pequeñas calaveras de azúcar que había en un bol, ausente, y se las llevó a la boca.

Cuando salió, sintió el bofetón del aire de la calle, también caliente y pegajoso, pero de una forma muy distinta del del interior.

“¡Ádave!”

Su amigo Yamb, que, aparentemente, también había decidido marcharse.

“¡Ostras, claro! ¡No había pensado en que te incomodaría la conversación!” le dijo ella, entorpecida por la bebida.

“Si, ya sabes. A los hindúes nos cuesta hablar abiertamente de las muertes. En principio creemos en la rueda de reencarnación, y claro, es un poco…”

“¿Vas hacia el metro?”

“En realidad tengo la moto, pero con lo que he bebido, no sé si dejarla aquí… ¿Me acompañarías a dar una vuelta, a ver si se me pasa un poco?”

Paseaban por la Rambla. Yamb y Ádave hacía mucho que eran buenos amigos, y, la verdad, siempre le había parecido que había algo entre ellos que no se atrevía a germinar – que no se atrevían a hacer germinar-, pero que siempre estaba ahí ahí, a punto.

Charlaron, entre el bullicio de turistas, mujeres con la Ouija a la vista, vendedores ambulantes de bebidas y demás fauna nocturna.

Después de un buen rato, regresaron hacia la moto. Se despidieron, y Ádave propuso: “¿Quizás nos podríamos ver este fin de semana?”

Él le sonrió, pero propuso que fuera la semana siguiente.

“Este finde he quedado con una chica del curro que quizás…” -la borrachera, claramente, no se le había pasado demasiado, y seguía suelto de la lengua, pero sí se había serenado lo suficiente como para interrumpirse avergonzado.- “Bueno, que ya hablamos durante la semana. ¡Un beso!”

Se puso el casco y se marchó.

Ádave se dirigió hacia el subsuelo, a esperar el metro de la línea negra, al Cementerio de Montjuic, deseando estar ya en su nicho.

La siesta (deberes, ¿relato? ¿ArtiCuento?)

Un nuevo ejercicio que nos han encargado en el Ateneu. El profesor ha pedido que el texto sea una chorrada, que lo importante era hacer bien el ejercicio. Lo he forzado un poco, para que me corrija cosas que no sé cómo hacer si las he hecho mal:

 

Estilos para plasmar pensamientos – Carlo Gallucci

  1. ESTILO DIRECTO

Mientras estiraba los miembros, Jan pensó: “La siesta no me ha sentado bien. Me duele la cabeza…”. Al desperezarse, el cojín en el que la había tenido apoyada se resbaló por el respaldo del sofá, rozándole la nuca, y Jan pensó: “¿No ha sido muy raro, el ruido que ha hecho la almohada al frotar con mi cabeza?

Instintivamente, mientras se volvía ligeramente para mirar el cojín, se llevó las manos al lugar del roce. “¿Pero qué es esto?”, se preguntó. Tocó cuidadosamente con las yemas de los dedos. Pensó: “Este tacto… ¿Mi cabeza se ha vuelto una piña?”

Durante un rato, pasó en silencio los dedos por las escamas de la piel y por el penacho puntiagudo de hojas que la coronaban.

“Sí. Una piña…” concluyó. Finalmente, pensó: “Me tomaré un ibuprofeno, a ver si se pasa.”

 

  1. ESTILO INDIRECTO

Mientras estiraba los miembros, Jan pensó que la siesta no le había sentado bien, que le dolía la cabeza. Al desperezarse, el cojín en el que la había tenido apoyada se resbaló por el respaldo del sofá, rozándole la nuca, y Jan pensó si el ruido que había hecho la almohada al frotar con su cabeza no había sido muy raro.

Instintivamente, mientras se volvía ligeramente para mirar el cojín, se llevó las manos al lugar del roce y, alarmado, se preguntó lo que ocurría. Tocó cuidadosamente con las temas de los dedos y pensó si el tacto que notaba indicaba que su cabeza se había vuelto una piña.

Durante un rato, pasó en silencio los dedos por las escamas de la piel y por el penacho puntiagudo de hojas que la coronaban. Concluyó que sí, que era una piña. Finalmente, pensó que se tomaría un ibuprofeno, a ver si se le pasaba.

 

  1. ESTILO INDIRECTO LIBRE

La siesta no le había sentado nada bien a Jan. Mientras estiraba los miembros, le dolía la cabeza. Al desperezarse, el cojín en el que la había tenido apoyada se resbaló por el respaldo del sofá, rozándole la nuca. ¿No había sido muy raro, el ruido que había hecho el cojín al frotar con su cabeza?

Instintivamente, mientras se volvía ligeramente para mirar el cojín, se llevó las manos al lugar del roce. ¿Pero qué estaba pasando? Tocó cuidadosamente con las yemas de los dedos. Ese tacto… ¿Su cabeza se había vuelto una piña?

Durante un rato, pasó en silencio los dedos por las escamas de la piel y por el penacho puntiagudo de hojas que la coronaban.

Sí. Una piña. Se tomaría un ibuprofeno, a ver si se pasaba.

 

  1. ESTILO DIRECTO LIBRE

Jan, mientras estiraba los miembros. La siesta no me ha sentado bien. Me duele la cabeza… Al desperezarse, el cojín en el que la había tenido apoyada se resbaló por el respaldo del sofá, rozándole la nuca. ¿No ha sido muy raro, el ruido que ha hecho la almohada al frotar con mi cabeza?

Instintivamente, mientras se volvía ligeramente para mirar el cojín, se llevó las manos al lugar del roce. ¿Pero qué es esto? Tocó cuidadosamente con las yemas de los dedos. Este tacto… ¿Mi cabeza se ha vuelto una piña?

Durante un rato, pasó en silencio los dedos por las escamas de la piel y por el penacho puntiagudo de hojas que la coronaban.

Sí. Una piña… Me tomaré un ibuprofeno, a ver si se pasa.

 

  1. MEZCLA SECRETA (básicamente, combinación de indirecto e indirecto libre)

Mientras estiraba los miembros, Jan pensó que la siesta no le había sentado bien. Le dolía la cabeza. Al desperezarse, el cojín en el que la había tenido apoyada se resbaló por el respaldo del sofá, rozándole la nuca. ¿No había sido muy raro, el ruido que había hecho el cojín al frotar con su cabeza?

Instintivamente, mientras se volvía ligeramente para mirar el cojín, se llevó las manos al lugar del roce. ¿Pero qué estaba pasando? Tocó cuidadosamente con las yemas de los dedos. Ese tacto… ¿Su cabeza se había vuelto una piña?

Durante un rato, pasó en silencio los dedos por las escamas de la piel y por el penacho puntiagudo de hojas que la coronaban.

Concluyó que sí, que era una piña. Se tomaría un ibuprofeno, a ver si se le pasaba.