Comparación de ejercicios

El otro día colgué un ejercicio del Ateneu que dije que me había costado mucho esfuerzo, y que, además, lo colgaba en una versión previa a la final.

Ahora que creo que lo he acabado de verdad, he pensado que a lo mejor puede ser interesante comparar la primera y la última versión, considerando la que había colgado antes como un paso intermedio. Especialmente teniendo en cuenta que escribí el texto sin saber qué diantres quería de él, más allá de las cuestiones formales impuestas por el ejercicio (estructura y número de líneas), y en algún momento, del propio texto sin sentido que escribí (y, como de costumbre, pensando mientras dormía), se me ocurrió cómo sacarle sentido.

Son los extras del director, pero del blog:


Primera versión:

Ejercicio sobre el tiempo narrativo – Carlo Gallucci

Ana habría podido entrar a esperarle en el cine, aunque no tuviera entrada, porque los compañeros que hoy no libraban la habrían dejado pasar. También habría podido llegar a la hora exacta, y, directamente, no tener que esperar ni dentro ni en la calle. Pero no había querido arriesgarse a llegar tarde. Y no quería esperar dentro porque la salida de las salas se hacía por una puerta que daba afuera directamente. Por eso, ahora mismo, durante su día libre, Ana estaba de pie frente al cine en el que trabajaba, con las manos bien hondas en los bolsillos y el gorro calado casi hasta reventarlo, exhalando nubecillas de aliento cálido, mientras esperaba a que hubiera pasado una hora y diez minutos desde el inicio de la película.

En el zumbido monótono de la calle, ni muy transitada ni muy poco, oyó el tenue gemido de las bisagras de la salida directa al exterior solo porque estaba atenta. Ni llamaba la atención la puerta, ni tampoco la llamaba el individuo que salió.

Con pasos lentos, éste empezó a caminar.

Con pasos igual de lentos, Ana empezó a seguirle intentando ser discreta.

Hacía ya un tiempo que Ana y sus compañeros se habían fijado en él. Fue Jan, el rizos, el primero que se dio cuenta de que el mismo anciano asistía cada día a la sesión de las 17:15 de la película “¡A dur@s pen@s!”. El hombre, mayor y ajado, de melena hirsuta y piel resquebrajada, no encajaba nada con el perfil del público de esa película, una absurda comedia adolescente subida de tono. Cada día se acercaba, taciturno, a la taquilla, con los dedos amarillentos compraba una entrada, y pasito a pasito, se tambaleaba hasta la sala. Jan lo comentó en un descanso y pronto toda la plantilla estaba atenta al hombre misterioso, que no solamente miraba cada día la misma sesión de la misma película, sino que, a la hora y diez minutos, cuando aún faltaba para el final, se levantaba y se marchaba.

Pese a que los pasitos del anciano eran cortos, Ana había empezado a entrar en calor al caminar. El hombre parecía desaparecer dentro del enorme abrigo negro y rizado con el que se cubría desde que había empezado a hacer frío. Parecía una piña negra, con dos patitas finas y un penacho de hojas blancas coronándola, sobresaliendo a duras penas del cuerpo rugoso y oscuro. Pero no llamaba la atención, se perdía entre el gentío. Y, por ahora al menos, no hacía nada aparentemente extraño. Había caminado por la acera. Había cruzado los semáforos siempre en verde, esperando al muñequito del color adecuado. Se había parado unos momentos delante del escaparate de una panadería, donde filas de donuts y cruasanes en formación esperaban para pasar revista… Ana le seguía, pero un poco decepcionada. Esperaba que tuviese otras costumbres extrañas, además de la de ir a ver “A dur@s pen@s”…

Ciertamente, hay quien tacharía de inmoral lo que Ana estaba haciendo. Seguir a un pobre hombre por la calle, invadir de esta forma su intimidad, incluso podría decirse que traicionando la confianza de un cliente del cine que, de los empleados, espera una simple transacción y una implícita discreción. Pero también hay quien podría opinar que eso es lo que pasaa por salir a la calle. Y que, a no ser que nos quedemos en casa con las persianas bajadas y la llave echada, es inevitable que, al exponernos, alguien se fije en nosotros.

Pero hay que admitir que Ana tampoco habría visto muy claro esto de seguir al anciano misterioso si no hubiese sido por lo que ocurrió el día en el que a ella le tocaba dar las gafas de 3D a la entrada de la sala. Las entregaba mecánicamente, sin fijarse en la masa acnéica y hormonal que entraba entre gritos y empujones y que ni esperaba a sentarse antes de empezar a lanzarse palomitas. Así abstraída, se le paró la respiración cuando la figura anciana se le puso delante, para entrar. Ahí estaba. La plantilla al completo lo había estado estudiando. Siempre la misma sesión, siempre la misma película, nunca compraba nada que beber o comer, ni iba al baño… y el consenso al que habían llegado era que parecía quedarse hasta la escena cómica de sexo en la que la actorcilla de moda enseñaba todo lo enseñable mientras los perdedores protagonistas intentaban disimular su presencia ilícita en el dormitorio de la chica. De hecho, empezando por Jan, al hombre le habían comenzado a llamar “El viejo verde”.

Ana le tendió unas gafas de 3D, sin decir palabra… pero se dio cuenta de que estaban estropeadas, habían perdido una de las lentes polarizadas. Al querer cambiársela, el anciano le sonrió. “No te preocupes” le dijo con una voz como un cierre de velcro “no me sirven de nada”. Y, con la patilla de las gafas, se tocó un ojo. Cloc, cloc. Era de cristal.

Mientras lo miraba entrar, con las gafas rotas puestas, Ana decidió que era todo demasiado raro, y que el siguiente día que tuviese libre, le seguiría.

Anochecía, y el frío había recuperado su vigor. Ana tenía la nariz roja y húmeda, y al caminar, a cada pasito se le colaba un poco de aire gélido entre el zapato y la pierna, hasta donde no había calcetín. Ahora sí. Justo cuando ella había estado a punto de tirar la toalla, el anciano había empezado a hacer cosas raras. Había hecho una ruta que lo llevó frente a ocho supermercados diferentes, y se quedó en la entrada de cada uno hasta que hubo un perro amarrado, al que acariciaba tan pronto como el amo entraba a hacer sus compras. Había recogido algunas hojas secas y las había echado en un buzón. Había comprado unas palomitas y un gofre en tiendas distintas de la zona turística, y se los había llevado al mendigo de la puerta de una iglesia, deseándole un feliz día de Cervantes. ¿Hacía lo mismo cada día? Ana estaba fascinada y, sonriendo, le seguía cada vez más de cerca.

Y, de pronto, ante la boca del metro, el hombre se quedó quieto. Se dio la vuelta. Sacó las manos de los bolsillos del abrigo negro y lanudo. Y a Ana se le paró la respiración. Antes de meterse para adentro, mirándola a ella directamente con el ojo sano y el orbe de cristal, el anciano alzó la mano y se despidió:

“¡Adiós, Ana! ¡Espero que te haya gustado! ¡Hasta mañana!”


Versión final:

Ejercicio sobre el tiempo narrativo – Carlo Gallucci

Delante del cine en el que trabajaba, con las manos bien hondas en los bolsillos y el gorro calado casi hasta reventarlo, Ana le esperaba. Podría haber entrado, pero de las salas se salía por un pasillo que daba directamente a la calle. O podría haber llegado a la hora exacta, que siempre era la misma, y no tener que esperarle, pero no había querido arriesgarse a llegar tarde. En el momento acostumbrado, las bisagras sonaron casi imperceptiblemente y la puerta se abrió. Era el hombre, que salía. Con pasos lentos, empezó a caminar. Con pasos igual de lentos, Ana empezó a seguirle.

Hacía ya un tiempo que se había dado cuenta de que el mismo anciano asistía cada día a la sesión de las 17:15 de la película “¡A dur@s Pen@s!”. Ajado y maltrecho, de melena hirsuta y piel resquebrajada, no encajaba nada con el perfil del público al que se dirigía esa absurda comedia adolescente subida de tono. Se acercaba cada día, taciturno, a la taquilla. Con dedos amarillentos sacaba un billete tan gastado como él mismo, para comprar una entrada, siempre en las filas traseras. Y, recogido el cambio, pasito a pasito, con un chirriar metálico de algún agarre ortopédico de rodilla, se tambaleaba hacia la sala de siempre. Ana pronto se dio cuenta de que el anciano no solamente miraba cada día la misma sesión de la misma película, sino que, a la hora y diez minutos, cuando aún faltaba para el final, se levantaba y se marchaba. Con algunos compañeros, habían acabado concluyendo que se quedaba hasta la famosa escena (famosa por la vía del cotilleo: los dos actores, aparentemente, se habían acabado liando en la vida real) en la que la famosilla de moda hacía un cameo en el que enseñaba todo lo enseñable mientras el protagonista hacía lo imposible por disimular su presencia ilícita en el vestuario de las chicas. Por eso, entre ellos le llamaban “el viejo verde”.

Hacía cada vez más frío. De espaldas, el enorme abrigo negro, abultado y plastificado se tragaba la escasa figura del hombre. Parecía un muñeco de Michelin churruscado y renqueante, pero no llamaba la atención, sino que se perdía entre el gentío. Y no había hecho nada especialmente extraño. Estaban en un paseo comercial, y, al pasar frente a una tienda de ropa de la que brotaba música a todo volumen, el anciano se paró unos momentos a escuchar. A la entrada de un supermercado, acarició con cariño a un perrito que esperaba, atado, a que su amo hiciera las compras. Nada. Lo más notable de su plácido paseo fue que se fijó de forma exagerada en un buzón, abriendo y cerrando las tapitas. Ana estaba decepcionada. Había esperado descubrir algún secreto, o, al menos, otras costumbres llamativas…

Ciertamente, se podría tachar de inmoral lo que estaba haciendo: seguir en secreto a un pobre hombre, invadir su intimidad, e incluso traicionar la confianza de un cliente del cine que, de los empleados, lo lógico es que espere una simple transacción y una discreción implícita. Sí. Pero también se podría opinar que eso es lo que pasa por salir a la calle, y que, a no ser que nos quedemos en casa con las persianas bajadas y la llave echada, es inevitable que, al exponernos, alguien se pueda fijar en nosotros.

De todos modos, Ana ni se lo había planteado. Seguir al anciano le parecía inevitable desde aquél día en el que a le había tocado repartir gafas de 3D a la entrada de la sala. Las entregaba mecánicamente, sin prestar atención a la horda acnéica y hormonal que entraba entre gritos y empujones, arrancándole las gafas de las manos, y que ni esperaba a sentarse para empezar a lanzar palomitas. Así abstraída, tardó unos instantes en darse cuenta que el anciano se le había parado delante. Le tendió unas gafas, pero vio que estaban estropeadas, habían perdido una de las lentes polarizadas. Al querer cambiárselas, el anciano sonrió, con una incongruente y atractiva sonrisa de galán. “No te preocupes”, dijo con una voz como un cierre de velcro, “no me sirven de nada”. Y, con la patilla de las gafas, se tocó un ojo. Cloc, cloc. Era de cristal.

Mientras lo miraba entrar, con el gemido metálico de la ortopedia acompañando sus pasos, las gafas estropeadas en la mano y el aspecto, que acababa de descubrir, de hombre atractivo destrozado por los años, Ana decidió que era todo demasiado raro, y que en su próximo día libre, le seguiría.

Ahora, en cambio, estaba a punto de rendirse. Tenía la nariz roja y, a cada paso, se le colaba un poco de aire gélido entre el zapato y la pierna, más allá del calcetín. Llegaron a un patético parque infantil, un retazo de tierra y plantas sucias en un rincón sombrío de una calleja, y se encontró expuesta de pronto. Tuvo que esconderse rápidamente detrás de un árbol, rancio y húmedo por falta de sol. En el banquito descascarillado que había junto a la fuente, una anciana parecía haber estado esperando al anciano. Había algo familiar en esa mujer…

-Saúl, -le carraspeó- deja de ir a ver la película. Asúmelo. Resígnate. Vives en el pasado. –los dos se miraron unos instantes, como sorprendidos por lo que la anciana acababa de decir, y les dio una risa corta y seca. De pronto se puso seria otra vez, pero más dulce- ¿Preferirías que siguiésemos en la Guerra? Ese ya no eres tú, esa ya no soy yo. Y los aparatos son sólo de ida. No te revuelques en la nostalgia, aprovecha esta segunda oportunidad, que bastante nos costó. Vámonos a casa.

Y Ana vio cómo, con delicadeza, una mujer increíblemente parecida a la famosilla de moda que hacía un cameo subido de tono en la película, pero machacada por el tiempo, se asía del brazo de la ruina octogenaria que podría resultar del actor protagonista de “¡A dur@s pen@s!” si se le hacían pasar tempo y penurias suficientes.

 

Advertisements

Otro ejercicio sobre el tiempo narrativo (Relato, Deberes)

Me he peleado largamente con este texto, mucho más que con ningún otro de los de los deberes del Ateneu… Pero, al fin, creo que empieza a ser lo bastante aceptable como para colgarlo aquí. Todavía le faltan un par de revisiones, pero mira, si queréis leer el texto final, os apuntais a las clases de escritura.

Eso sí, soy incapaz de salir de mi zona de confort cuando me ponen unos límites de longitud del texto tan tacaños que a duras penas me permiten hacer nada. En realidad es esto, y no otra cosa, lo que me ha causado problemas con los ejercicios que hemos hecho hasta hoy.

Ahí os lo dejo:

 


 

Ejercicio sobre el tiempo narrativo – Carlo Gallucci

Delante del cine en el que trabajaba, con las manos bien hondas en los bolsillos y el gorro calado casi hasta reventarlo, Ana le esperaba. Podría haber entrado dentro, pero de las salas se salía por un pasillo que daba directamente afuera, o llegado a la hora exacta, que siempre era la misma, y no tener que esperarle, pero no había querido arriesgarse a llegar tarde. A la hora de costumbre, las bisagras sonaron casi imperceptiblemente y la puerta se abrió. Era el hombre, que salía. Con pasos lentos, empezó a caminar. Con pasos igual de lentos, Ana empezó a seguirle.

 Hacía ya un tiempo que se había dado cuenta de que el mismo anciano asistía cada día a la sesión de las 17:15 de la película “¡A dur@s Pen@s!”. Ajado y maltrecho, de melena hirsuta y piel resquebrajada, no encajaba nada con el perfil del público al que se dirigía esa absurda comedia adolescente subida de tono. Se acercaba cada día, taciturno, a la taquilla. Con dedos amarillentos sacaba un billete tan gastado como él mismo, para comprar una entrada, siempre en las filas traseras. Y, recogido el cambio, pasito a pasito, con un chirriar metálico de algún agarre ortopédico de rodilla, se tambaleaba hacia la sala de siempre. Ana pronto se dio cuenta de que el anciano no solamente miraba cada día la misma sesión de la misma película, sino que, a la hora y diez minutos, cuando aún faltaba para el final, se levantaba y se marchaba. Ella, y algunos compañeros, habían acabado concluyendo que se quedaba hasta la famosa escena (famosa por la vía del cotilleo: los dos actores, aparentemente, se habían acabado liando en la vida real) en la que la famosilla de moda hacía un cameo en el que enseñaba todo lo enseñable mientras el protagonista hacía lo imposible para disimular su presencia ilícita en el vestuario de las chicas. Por eso, entre ellos al anciano le llamaban “el viejo verde”.

Con el pasar de la tarde, hacía cada vez más frío, y nubecillas de aliento blanco acompañaban a Ana. De espaldas, el hombre parecía que desaparecía dentro de su enorme abrigo negro, abultado y plastificado. Parecía un muñeco de Michelin churruscado y renqueante, pero no llamaba la atención, sino que se perdía entre el gentío. Y no había hecho nada especialmente extraño. Estaban en un paseo comercial, y, al pasar frente a una tienda de ropa de la que brotaba música a todo volumen, el anciano se paró unos momentos a escuchar. Esperando a que un semáforo se pusiera verde, de pie junto a un buzón, lo miró con interés y abrió y cerró las tapitas amarillas. A la entrada de un supermercado, acarició con cariño a un perrito que esperaba, atado, a que su amo hiciera las compras. Nada. Eso había sido lo más notable de su plácido paseo. No es que no hiciese nada extraño, es que directamente no había hecho prácticamente nada. Ana estaba decepcionada. Había esperado descubrir algún secreto, o, al menos, otras costumbres llamativas del estilo del visionado diario de “¡A dur@s pen@s!”…

Ciertamente, se podría tachar de inmoral lo que estaba haciendo: seguir en secreto a un pobre hombre por la calle, invadir su intimidad e incluso podría decirse que traicionar la confianza de un cliente del cine que, de los empleados, lo lógico es que espere una simple transacción y una discreción implícita. Sí. Pero también se podría opinar que eso es lo que pasa por salir a la calle, y que, a no ser que nos quedemos en casa con las persianas bajadas y la llave echada, es inevitable que, al exponernos, alguien se pueda fijar en nosotros.

De todos modos, Ana ni se lo había planteado. Seguir al anciano le parecía inevitable desde aquél día en el que a le había tocado repartir gafas de 3D a la entrada de la sala. Las entregaba mecánicamente, sin prestar atención a la horda acnéica y hormonal que entraba entre gritos y empujones, arrancándole las gafas de las manos, y que ni esperaba a sentarse para empezar a lanzar palomitas. Así abstraída, tardó unos instantes en darse cuenta que el anciano se le había parado delante. Le tendió unas gafas de 3D, pero se dio cuenta de que estaban estropeadas, habían perdido una de las lentes polarizadas. Al querer cambiársela, el anciano sonrió, con una incongruente y atractiva sonrisa de galán. “No te preocupes”, dijo con una voz como un cierre de velcro, “no me sirven de nada”. Y, con la patilla de las gafas, se tocó un ojo. Cloc, cloc. Era de cristal.

Mientras lo miraba entrar, con el gemido metálico de la ortopedia acompañando sus pasos, las gafas estropeadas en la mano y el aspecto, que acababa de descubrir, de hombre atractivo destrozado por los años, Ana decidió que era todo demasiado raro, y que en su próximo día libre, le seguiría.

Anochecía, y ya hacía mucho frío. Tenía la nariz roja y, a cada paso, se le colaba un poco de aire gélido entre el zapato y la pierna, más allá del calcetín. El anciano no había hecho nada interesante, sólo caminar. Ana estaba a punto de rendirse y dejar la persecución cuando llegaron a un patético parque infantil, un retazo de tierra y plantas sucias en un rincón sombrío de una calleja. Se escondió detrás de un árbol rancio y húmedo por falta de sol. En el banquito descascarillado que había junto a la fuente, una anciana parecía haber estado esperando. Él fue a su encuentro. Había algo familiar en esa mujer…

-Saúl, -le carraspeó- deja de ir a ver la película. Asúmelo. Resígnate. Vives en el pasado. –los dos se miraron unos instantes, como sorprendidos por lo que la anciana acababa de decir, y les dio una risa corta y seca. De pronto se puso seria otra vez, pero más dulce- ¿Preferirías que siguiésemos en la Guerra? Ese ya no eres tú, esa ya no soy yo. Y los aparatos son sólo de ida. Aprovecha esta segunda oportunidad, que bastante nos costó, en vez de revolcarte en la nostalgia. Vámonos a casa.

Y Ana vio cómo, con delicadeza, una mujer, increíblemente parecida a la famosilla de moda que hacía un cameo subido de tono en la película, pero machacada por el tiempo, se asía del brazo de la ruina octogenaria que podría resultar del actor protagonista de “¡A dur@s pen@s!” si se le hacían pasar tiempo y penurias suficientes.

Fragmento encontrado

 

Poniendo en orden mis archivos sobre la tesis doctoral, he encontrado este prefacio delirante que no sé bien de qué era prefacio, porque en el texto se deja claro que no lo es de la tesis.

 

Qué… ¿Qué hacías, Carlo del pasado?


 

Prefacio

El Dick Adaptable: Adaptabilidad técnica y temática de la obra de Philip K. Dick al cine. Así se llamaba, poesía hecha título, la tesina que elaboré en 2010 para rematar el Master de ficción en cine y televisión, realización y producción que cursé en la Facultad de Ciencias de la comunicación Blanquerna, de la Facultad Ramon Llull, y que debía permitirme, al aprobarla, pasar a escribir una tesis doctoral, para ser doctor y poder dedicarme a la investigación académica y la docencia. Para poder enseñar a mentes jóvenes y motivadas las excelencias de las ciencias de la comunicación.

Pero qué palabra tan tramposa. Como el adolescente inseguro que no puede olvidarse del grano que tiene en medio de la frente, a las “ciencias de la comunicación” el “ciencias” les pesa. Es una ciencia social, y las pobres están acomplejadas. Pero al fin y al cabo, es lógico: solamente gente de letras podía pensar que “ciencia” significa “números”. Y, por mucho que inventen encuestas, formularios y cuenten minutos, cuando los científicos de la comunicación tratan un tema como el que traté, se encuentran en graves apuros para encontrar las cifras que una “ciencia” necesita. Pero hay que ingeniárselas. Así pues, inventé un cuadro, el que aparece en el capítulo XXX, que sirviera para transformar mis observaciones en cifras.

Ciencia instantánea, sólo añadir agua.

Pero, al pensar en cómo hacer una tesis doctoral a partir de la tesina, este enfoque basado en los números hacía aguas. No porque fuese malo, sino porque se quedaba corto: analizar la adaptación de la obra de un autor a base de contar instancias es como analizar la excelencia del plato de un gran chef contando los guisantes que hay en el estofado. Sin duda, si en la receta del maestro hay diez guisantes y en la del alumno veinte, o cinco, o ninguno, se pueden deducir cosas, como que al alumno le parece que los guisantes mejoran el sabor. O que no le gustan nada. O que, ese día, no le quedaban.

La aproximación numérica no es suficiente. La “ciencia”, aplicada donde no corresponde, se transforma en pseudociencia. ¿No solo somos adolescentes con un grano, sino que somos de los que van con gafitas de pasta y un libro en la mano, utilizando palabras como “demagogia” y “posmodernidad” sin que venga a cuento, intentando parecer mayores e intelectuales?

Algunos de los demás becarios de doctorado de la facultad coincidían plenamente conmigo. Hacer una tesis “científica” sobre ciertos temas de ciencias sociales es absurdo. Lleva a una retórica acomplejada para aparentar, pero eso aleja el discurso de los temas y los enfoques que realmente podrían aportar ideas interesantes y fructíferas al análisis que ficciones, de adaptación, de lenguaje, de arte, de ideología, de información. De comunicación, al fin y al cabo. Y que sí se pudieran tratar probablemente sería algo interesante, teniendo en cuenta que se trata de ciencias de la comunicación.

Asintiendo, con el vaso de poliuretano en la mano, sorbiendo el brebaje cafeinado (¿Café?), lamentábamos nuestra suerte mientras defendíamos que lo adecuado sería que hiciéramos un ensayo. Como Montaigne. Ese tío sí que sabía lo que se hacía.

Pero… no somos Montaigne. Para empezar, dudo que bebiera en vasitos de poliuretano. La distancia entre sus ensayos, lúcidos e ingeniosos, y los chistes malos que ocupaban nuestros días era de lo más reveladora. Quizás él también se hubiese entretenido con bromas tipo “Batman no puede tener teléfono móvil porque, claro, qué lío luego al hablar del batmóvil” pero, en todo caso, no somos Montaigne. Y él era un intelectual, pero no un científico de la comunicación.

Hace falta ciencia. Hace falta algo que ancle las paparruchas -aquí no me refiero a Montaigne- que puedan intentar hacerse pasar por ensayo, para que no pueda llegar cualquiera y asegurar que, por decir algo, Philip K. Dick es el teórico polimorfo de la posmodernidad reptante más relevante de los últimos 1500 años lunares.

Un enfoque híbrido, no ahogado por los números, pero no perdido por las nebulosas intelectuales (o pseudointelectuales) que tan fáciles son de inventar. Eso es lo que hace falta.

“Pero, Carlo” me ha advertido una y otra vez con amargura mi tutor de tesis, “si no se hacen estos inventos numéricos, no te van a publicar como científico. Por muy bien que estuviera poder hacerlo, no se puede hacer una tesis así, a base de refrito [probablemente él dijera “citas”] e imaginación”.

Bueno. Al fin y al cabo, con mi beca no iba a hacer la tesis sobre K. Dick, puesto que si mi perfil profesional y estudiantil sí que encajaba con el puesto, este tema no. Ya me reservo las pseudociencias para mi tesis doctoral sobre publicidad.

Y así aquí soy libre de atacar las ventajas e inconvenientes que tiene la adaptación de la obra de Philip K. Dick con un enfoque híbrido, ni pura numerorrea ni nubes flotantes de intelecto creativo.

Un enfoque que, espero, se demuestre productivo y eficaz. Aunque sume contando con los dedos. Y aunque no sea Montaigne: Batman va por casa en Batín, Superman cuida de Superiquito, y spiderman se rasca tan fuerte la espidermis que a veces se araña.

Con Octopus no tengo chistes, espider demasiado.

El Maestro (Ejercicio sobre el tiempo narrativo)- Carlo Gallucci

Daba saltitos sobre las zarpas palmeadas, los ojos ictéricos le brillaban y la boca se le había deformado en una sonrisa dentuda, parecida a un viejo tablón hendido de clavos oxidados. Desde su pequeñez jorobada, buscó con la mirada la confirmación del Maestro, que asintió, benévolo. El Pequeño se acercó patizambo, con el dedo extendido hacia el animal. Bucólicamente, hubiera sido un pajarillo delicado de trino delicioso, pero lo bucólico no tenía cabida en la torre: ni el pájaro era un jilguerillo ni el Pequeño era un niño rubicundo de mejillas sonrosadas. El menudo orco exultó cuando el loro chirriante aceptó su zarpa extendida y le caminó hasta el antebrazo. Seguía incrédulo, mirando al Maestro, riendo y hablando, a veces hacia su maestro, a veces hacia el animal, al que acariciaba con garras rastreras, y a veces más para sí mismo que otra cosa. Graznaba: “¿De veras es para mí? ¡Hola, guapo, hola! ¿Es un amiguito para mí?…”

El Maestro siguió supervisando el encuentro con sonrisa beatífica, disimulando los esfuerzos por calmarse mientras sentía que el pulso se le aceleraba y le faltaba el aire.

Cuando lo había llevado a la torre por primera vez, Pequeño no era más que una vesícula de miasma postfetal, desprendida de una matriz orca arraigada en una pequeña cueva. Había conseguido pagar a los exterminadores del rey para poder quedarse con uno de los sacos embrionarios antes de que aniquilaran el pólipo con sus cañones de fuego elfo. Si se descubría lo que habían hecho, serían ejecutados, pero el oro siempre ha tenido labia, y las pequeñas infestaciones de orcos eran difíciles de erradicar porque siempre germinaba alguna espora por allí o por allá, así que difícilmente se podría rastrear su origen.

El Maestro tenía preparados el lecho para el pequeño orco, los juguetes y herramientas educativas en esa estancia en lo alto de la torre más alta de la aislada fortaleza semirruinosa que le correspondía gracias a su recóndito título nobiliario. De ahí provenía también su fortuna, en monedas, joyas y pepitas antiquísimas, cubiertas del polvo de siglos, que hibernaban en otra sala segura del castillo desierto.

Pronto, el pequeño ser deforme arrancó jirones de la vesícula que le envolvía con las zarpas delanteras y, con el ceño fruncido, ladró furioso, abriéndose paso, buscando a los hermanos que, en una situación natural, habrían nacido a la vez que él. El Maestro, desde la puerta de seguridad, le lanzó pedazos de cordero para suplir la falta de carne fraterna.

“A de Abeja” decía la voz gorjeante de Pequeño. “A de Abeja”.

Y el loro, con su habla simulada, respondía “¡Adea beja, adea beja, adea beja!”. Pequeño se había volcado en el cuidado y la instrucción del pájaro Jan, y juntos pasaban el rato repasando palabras y expresiones. Al Maestro no se le había ocurrido hasta que los había visto enunciar juntos, pero el pico del loro y la boca colmada de dientes del pequeño orco les impedían usar los labios para hablar, y la mayor parte de la elocución la realizaban en el fondo de una garganta diestra para los sonidos. Pero el loro no sabía lo que decía, y Pequeño sí. Pensaba, era racional y, en esos momentos, mostraba algo que se pensaba imposible.

Ciertamente, a los hombres les puede resultar difícil y hasta aberrante pensar de otro modo. Todo el mundo sabe que los orcos son seres terribles, concebidos para matar y devorar, capaces solamente de llevar el mal allí donde germinan. ¿Y, además, cómo se les puede comparar con los hombres si no son más que plantas terribles? Como los elfos. Si alguien menciona sus elegantes templos, sus ingenios de movimiento perpetuo, su poesía y su matemática, con ecos en estas disciplinas que se extienden hasta la actualidad… la respuesta es siempre que los elfos, como ha demostrado la arqueología, no eran más que seres formados por cristales de agua congelada. Seres inhumanos, que inventaron armas terribles, sonidos que enloquecen al que los intuye un solo segundo, venenos que emponzoñan durante siglos, incluso el fuego elfo, que arde y arde hasta que de lo calcinado no queda ni el recuerdo. Seres de hielo matándose con el fuego más ardiente que existe: ¿Hay algo más propio de un monstruo? Solamente los hombres son hombres, y las imitaciones minerales o vegetales son incapaces de comportarse con humanidad.

Pero el Maestro estaba convencido de que la diferencia entre el orco y el humano, la diferencia en lo principal, era muy poca, y que si se criaba a un orco en el ambiente adecuado, éste se podría conducir con humanidad. Porque, ciertamente, es difícil recordar que los hombres se comportan con humanidad… y son también capaces del mal más abyecto. ¡Y qué aberración decirlo, pensarlo! ¡Qué herejía, castigable con la muerte!

Los experimentos del Maestro eran, pues, secretos, y ello explicaba en parte por qué vivía solo en su castillo apolillado, sin sirvientes ni acompañantes de ninguna clase que no fueran de naturaleza orca.

Había otro motivo.

Las ideas reprobables que seguía el Maestro habían nacido, en realidad, de la cabeza de otra persona. De la de Naan, su esposa. Había sido con ella con quién habían preparado la estancia, con quién habían diseñado el sistema mediante el cual educarían al orco, con quién lo habían estudiado día a día, primero parapetados tras las puertas de seguridad, después tratándolo en persona, sin barreras. Había sido con ella con quien se había procurado el saco embrionario. Eso es, con quien se había procurado un saco embrionario la primera vez.

Algo había fallado en las planificaciones que habían hecho, en el sistema que habían ideado para conseguir un orco que se comportase de forma humana. La teoría del Maestro era que, al llegar a los cinco años de edad, los orcos pasaban a una fase equivalente a la adolescencia humana, y una agresividad contenida hasta entonces estallaba en el proceso que lo debería llevar a la fase adulta.

Y ellos no lo habían previsto, no lo habían podido prever, nadie había estudiado nunca en serio a los orcos. Por lo que cuando, una mañana, el Maestro subió a llevarles a Naan y a su primer orco la comida, no podía imaginarse que al cruzar la puerta de seguridad encontraría al experimento con las manos y los dientes ensagrentados, respirando con dificultad, con la mirada perdida. De Naan no quedaba casi nada. El hombre mató al monstruo al instante, con el dispersor de fuego elfo que habían instalado en la sala, para emergencias, y que ya no pensaban que fueran a tener que usar jamás.

El Maestro estaba contento. Parecía que Jan había estabilizado emocionalmente a Pequeño, que ya daba señales de estar entrando en la etapa adolescente pero seguía siendo dulce y alegre. Canturreaba mientras las piernas cansadas y huesudas le llevaban escaleras arriba, hacia la estancia del orco, cargado con la bandeja de la comida.

La comida cayó al suelo, con el estruendo metálico de la bandeja al rebotar con el pavimento. No podía ser. Otra vez no. Otra vez no.

Pequeño se volvió, mirándole con ojos desencajados. Entre los dientes, asomaba un reguero de sangre, y algunas plumas de colores.

Con gran velocidad, el Maestro se parapetó tras la puerta de seguridad. La mano se posó sobre la palanca del fuego elfo y, con un movimiento espasmódico, la activó. El mecanismo del fuego elfo empezó a ponerse en marcha, la mezcla automática empezó a destilarse en el complejo juego de alambiques autónomos que había tras el muro.

Oyó a Pequeño, que le llamaba.

-¿Qué ocurre, Maestro?

La voz le temblaba, y al espiar por la rendija, el Maestro vio que el orco estaba asustado.

-¿Qué ha pasado, Maestro? ¿Qué ha ocurrido?

La mano le tembló sobre la palanca. El hombre vio como los ojos del orco se nublaban de lágrimas violáceas, el pequeño ser asustado ante el comportamiento desencajado del único padre que había tenido.

-¡Por qué lo has hecho! –Consiguió gritar, furioso, desamparado, como desde el fondo de un pozo.- ¡Por qué has matado a Jan! ¡Decías que le querías, cómo has podido hacer algo así!

Pequeño le miró unos instantes, desconcertado.

-¿Maestro? ¡Quiero mucho a Jan, es mi mejor amigo! Y él me quiere a mí. ¡Nos queremos tanto que ahora somos uno! ¿Qué ocurre, Maestro? ¿Qué he hecho mal? ¿Lloras?

Y el dispersor de fuego elfo inundó la sala con las terribles llamas verdes, que tardarían meses en extinguirse.