El tema con las palomitas (Deberes, Relato)

De nuevo he invertido poco menos de dos horas en un texto que quería ser unos deberes para el Ateneu pero que, creo, no cumplen con el encunciado.

De nuevo, material para el blog.

 


 

El tema con las palomitas – Carlo Gallucci

 La sala estaba a oscuras. En la pantalla, los primeros tráilers empezaban a destripar las películas que se estrenarían próximamente. Los observaba una constelación de asientos, poblados de cabezas que se removían con los meneos involuntarios propios del rebaño, todos recortados a contraluz.

En las filas posteriores, Jan y Ana no sufrían el salvaje bombardeo de decibelios que proferían los altavoces distribuidos por la sala, y aunque la pantalla se veía un poco pequeña, ese rincón más reservado era el sitio adecuado. Jan estaba sorprendentemente nervioso, nada que ver con el temple que siempre había pensado que tenía. Y no era solamente por la cita. Estaba haciendo algo salvaje.

La vez anterior que habían quedado, habían ido a ver una comedia adolescente, “¡A dur@s pen@s!”, que se escapaba un poco de los gustos de él, pero que a Ana la había hecho partirse de risa… especialmente en la escena en la que el protagonista llevaba a la chica al cine. El gag le había parecido no solamente divertido, sino provocativo, y hasta atractivo. “Si alguien hiciese algo así conmigo”, le dijo Ana, “me haría mucha gracia”.

No parecía que lo hubiese dicho con la intención de empujar a Jan a hacerlo, sino como un comentario general, pero él había aceptado el guante que ella le había arrojado sin querer.

En la pantalla empezaba ya la película. Los logotipos de los estudios, los nombres que “presents”, los actores más importantes… Disimuladamente, Jan apartó ligeramente el cubo de palomitas tamaño familiar que tenía apoyado en el regazo y lo perforó con la pequeña navaja suiza que usaba de llavero. Estaba a punto de hiperventilar de excitación. Jamás había hecho una cosa tan atrevida. Se bajó disimuladamente la bragueta y, con un gesto rápido, sacó lo que tenía guardado y lo encajó el bidón de palomitas.

En la película de la otra vez, eso había hecho el chico, por una apuesta. Y la chica había ido tomando de sus palomitas hasta encontrarse con la sorpresa en todo su esplendor, aunque no se veía en pantalla. Lo que sí se veía era que la recibía con sonrisa pícara, sin retirar la mano, sino, de hecho, hurgando con más insistencia.

En la pantalla deambulaban los personajes de la película que estaban viendo hoy, el sarcástico policía para el que el caso todavía no se había vuelto personal y su compañero, alegre porque estaba a pocos días de jubilarse.

Jan no se fijaba en ellos. Ana había empezado a picotear palomitas. Sentía cómo el sudor le resbalaba entre los omoplatos, y seguía con la respiración acelerada, nervioso… pero por cosas que no había esperado. Para empezar, parecía que las diferencias físicas importantes entre el protagonista de “¡A dur@s pen@s!” y Jan iban más allá del color del pelo. Si el miembro gallardo del protagonista asomaba rápidamente al retirar la chica una fina capa superficial de palomitas, parecía que, para encontrar el de Jan, Ana tendría que seguir escarbando un rato. Un rato que él no tenía.

En la pantalla, el policía sarcástico hacía un chiste que Jan no había escuchado. A su alrededor, las cabezas de ganado que sí que veían la película se reían, y seguían removiéndose sin ser conscientes de ello, en los movimientos sutiles y constantes que se suelen considerar como estar quieto. Jan tenía prisa por dos razones. La primera: La sal y la piel de las zonas sensibles no parecían llevarse demasiado bien. Apretó los dientes, soportando la irritación de sus carnes tiernas, sudando más todavía, mientras Ana picoteaba de vez en cuando, una, dos palomitas, muy por encima del estrato geológico en la que se encontraba el regalito. Y los nervios y el dolor estaban haciendo además que la sorpresa que guardaba la caja hubiese empezado a replegarse sobre sí misma, capturando abrasivos granos de sal y polvillo de maíz entre los cada vez más amplios pliegues de piel sensible.

En la pantalla, el policía sarcástico abrazaba a su amigo, el que tenía que jubilarse. En una redada que había salido mal, la banda del villano le había llenado el cuerpo de plomo.

Jan, incapaz de seguir, sintiendo que tenía un maltratado muñeco vudú entre las piernas, retiró el ya completamente mermado paquete al interior del pantalón, aprovechando un gesto con el que hizo ver que se le caían las palomitas. Mientras se desparramaban por el suelo, mantuvo la mirada fija en la pantalla, para disimular.

La lluvia de maíz llamó la atención de Ana, que miró a Jan. Sonriendo, con una mezcla de piedad y ternura, se inclinó hacia él. Le dio un beso en la mejilla.

-¡Jan! -le susurró- ¡No sabía que fueses tan sensible! Si te emocionas así por una peli de acción, mejor no vayamos nunca a ver una triste…

En la pantalla, el mejor amigo del policía sarcástico moría entre sus brazos en una dramática escena. En la realidad, Ana estrechó la mano de su sensible acompañante, que tenía las mejillas surcadas de lágrimas.

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Limonada (Relato, Deberes)

Esto debían ser unos deberes del Ateneu, pero no consigo hacer que el texto cumpla con las condiciones de los deberes. Por ese motivo, voy a dejar de trabajar en él, intentando hacer otro que sí que sirva… pero, como siempre, mi literatura es como un cerdo: todo se aprovecha.

Ahí va el cuento.


 

Limonada

El robot de plástico policromo se le acercó, con gestos de deferencia asiática, muy correctos en el Japón que se los había programado, pero que en Barcelona le eran propios solamente a los electrodomésticos.

La casa estaba gastada, pero limpia: los viejos muebles del Ikea, algo desconchados; el adorno minimalista que recordaba una forma de cabeza de ciervo disecada, de planchas visibles de cartón corrugado, que tan de moda había estado hacía décadas; la vetusta pantalla plana colgando de la pared, con esa tecnología 3D que debía ser el futuro del audiovisual y que se quedó en romance de una noche… Desde el viejo butacón, Jan desvió la mirada de las catástrofes telenoticiarias que deambulaban por la pantalla para atender a su robot.

-¿Qué quieres ahora, Weibo? -gruñó- Aún no tocan las pastillas.

-Señor Río -la máquina le tendía una bandeja con un vaso descolorido, que había sido un tarro de Nocilla ilustrado por cómo-se-llamara Labanda, lleno de líquido- la temperatura es elevada, y he pensado en prepararle una limonada para que se refresque.

Jan le miró fijamente, unos instantes, a la pantallita animada instalada en la unidad craneal, que imitaba unos ojos expresivos y una boca sonriente, y, sin dejar de apretar los labios, tomó el vaso. El robot, respetuoso, se alejó, sin esperar a que le diesen las gracias. Y Jan, de todos modos, no se las habría dado.

Sorbió el líquido, que, a su pesar, le gustaba. Desde siempre había sentido un resentimiento sordo hacia los robots. Por la pantalla, deambulaban equipos mecanizados de rescate, cargando cadáveres del último maremoto en Filipinas. “Esos robots podrían estar cargando troncos y les daría lo mismo”, pensó Jan. Hizo circular la limonada fresca por entre los dientes, de una mejilla a otra.

“Y he pensado en prepararle una limonada para que se refresque”, había dicho el tonto de Weibo. Más bien, “el algoritmo de respuestas ante estímulos preprogramados me ha dado una opción que, una vez contrastada con la base de datos del médico, del análisis de heces del sistema inodoro, y del archivo de preferencias personalizada, ha indicado que debía preparar un refresco (limonada), siguiendo la receta exacta para que tenga la acidez correcta para su digestión, la cantidad de líquido correcta para la situación de su próstata y edulcorada de forma artificial siguiendo los parámetros del sistema médico, que le prohíbe el azúcar”.

Sorbió de nuevo, viendo pasar por delante de los ojos la nueva noticia, las impecables proyecciones económicas para el quinquenio que acababa de empezar. El caso es que la maldita limonada le gustaba, le sentaba bien, y, efectivamente, le refrescaba.

Cuando había sido joven, cuando aún había capitalismo, antes de que todo el sistema de producción dependiese de los robots, Jan había pertenecido a una familia acomodada. Y la limonada en días calurosos le hacía pensar en Olga, una asistenta que había trabajado por aquél entonces para su familia.

Parecía hecha de madera oscura (pero que a nadie se le ocurriese llamarla negra. Ella era dominicana, nada que ver con esos “vagos y sucios haitianos”), se creía inteligente, y era incapaz de callar dos segundos seguidos. Aunque no cocinaba mal, era un desastre en la limpieza, y con frecuencia robaba pequeños objetos, tuppers de comida, billetes de banco mal vigilados… hasta ropa de la madre de Jan: de vez en cuando la había descubierto probándosela, cuando Olga pensaba que no había nadie en casa, e incluso habiéndola pillado, la prenda desaparecía a los pocos días. A ver quién demostraba dónde estaba.

Olga acostumbraba a preparar limonada cuando hacía calor. De motu proprio, aparecía con un enorme vaso tintineante de cubitos, y decía “M’hijo, te he hecho un huguito de limong“. Eso era, claro, cada vez que a ella le apetecía uno, porque, con la excusa, preparaba de más, y en la cocina quedaba otro vaso repleto para ella.

Sí. Cada vez que su robot asistente geriátrico le traía un vaso de limonada, Jan recordaba con nostalgia la que preparaba Olga. Aunque la preparara también para ella, aunque tuviese los dedos largos y la lengua a toda máquina, era una mujer cariñosa, y Jan no podía evitar pensar que, al hacer el refresco, aunque fuese en lo profundo de su cerebro, Olga pensaba en el placer que le había producido la limonada que le preparaba alguien, quizás su madre, quizás una abuela, en su República Dominicana de la infancia. Que la limonada que le traía, y la que se tragaba ella en la cocina, estaba hecha de limón, azúcar y agua, sí, pero también de bellas memorias y de buenas sensaciones, del frescor ansiado en el bochorno caribeño, de tardes ociosas y del amor de una madre… no de algoritmos, bases de datos, índices glucémicos y computación cuántica.

Jan terminó el último trago y suspiró.

En el reposabrazos del butacón había un pequeño timbre para avisar a Weibo. Al instante, el robot, educado, impecable en su servicio, recogía el vaso vacío, con la sonrisa vacía y servicial dibujada en la pantalla de la unidad craneal.