Las Turbinas (relato)

Estimados amigos (y lectores desconocidos, también estimados hasta que se demuestre lo contrario) este blog sigue paralizado hasta que solucione las cosas que me impiden dedicarme a él, pero, el otro día, pensaba que pocas personas han tenido la ocasión de leer algún cuento mío terminado. He colgado borradores, he colgado los textos que escribí para el Ateneu, he colgado textos elaborados para el propio blog… pero he pensado que sería bueno, o al menos he pensado que me apetecería, colgar un cuento terminado y corregido.

Voy a compartir un cuento que escribí ahora hace un año para presentarlo a un concurso, pero que era demasiado largo para ser aceptado. Lo escribí a lo largo de unas cuatro semanas, con la fecha límite colgandome sobre la cabeza, y, releyendolo, me resulta evidente que se puede mejorar… pero este es un texto terminado, porque consideré que ya estaba lo bastante bien como para presentarlo a un concurso.

Así que ahí va:


 

 

Las turbinas

Ea pedaleaba con fuerza. El polvo del camino se le pegaba a la piel sudorosa. Sonreía mientras resollaba entre los dientes, disfrutando del día. Hacía sol, el cielo lo poblaban sólo rebaños inofensivos de nubes perezosas, y el viento había transformado las praderas en un bello océano de tallos y hojas.

Detrás, como siempre, venía trotando el Cangrejo. Ea volvió la cabeza un instante, lo justo para animarle, mientras el pobre le daba tanto brío como podía a las cuatro patas, largas y finas.

Que hiciese viento siempre la alegraba. Siempre que hiciera bien su trabajo, cuanto más viento, más cerca estaba el momento especial, el día mágico.

Un trecho más adelante, esa mañana tranquila y soleada parecía que se quejaba. Gemidos y chillidos de toda clase llegaban desde 29-X.

Ya llevaba un buen rato en la bicicleta, surcando el viejo camino de tierra entre turbinas de viento blancas y zumbadoras. Aminoró la marcha y, pedaleando con tranquilidad, miró de nuevo el reloj. Giró la ruedecilla hasta que, en la pantalla, volvió a aparecer la alerta: las turbinas de la 29-X-1 a la 29-X-30 estaban empezando a fallar.

Frenó, justo cuando el Cangrejo la alcanzaba. Su amigo metálico derrapó sobre los zancos, y paró, a la espera de instrucciones. Ea le dio una palmadita en la coraza, cariñosa pero ausente. Ya tenía la vista fija en las Turbinas. Por los chirridos horrorosos que emitían, parecía un simple problema de engrasado.

Se acercó a la primera, espantando a cada paso que daba entre la hierba a pequeños grillos translúcidos, y se enganchó la correa de seguridad. Aunque a Ea nunca le había hecho falta esa protección anticaídas, porque encaramarse a las turbinas no le resultaba más difícil que pasear en bicicleta, y las escalaba desde que tenía memoria, acompañada de su amigo el Cangrejo y del Capataz Olec.

Había cambiado mucho, desde entonces. No tenía plena conciencia del concepto de “año”, pero ya hacía tiempo que llenaba el peto, que se le había marcado la curva del pecho y se le habían ensanchado las caderas, y que el reloj le cubría solamente el antebrazo, sin rascarle el codo o montársele en la mano. Y aunque, como cuando era niña, tenía la piel oscura y bronceada, el pelo corto, y seguía siendo menuda, ahora toda ella era músculo fibroso.

Ea se subió de un salto a los escalones que sobresalían de la estructura, y empezó a subir.

Arriba, los quejidos del metal eran ensordecedores. Trepando como un mono, Ea se deslizó por la superficie, encontrando sin pensar los pequeños asideros diseminados por la estructura para facilitar su mantenimiento.

Con ojo experto, miró las partes expuestas de los mecanismos. Efectivamente, había que lubricar esa turbina, y seguramente a las demás les pasaba lo mismo… que ya hacía demasiado tiempo desde la última puesta a punto.

Abrió la caja de control, giró la llave, y las hélices del enorme molino fueron parando poco a poco, chillando cada vez más y más lastimeras hasta que, por fin, pararon. Escuchó como el metal se aposentaba entre crujidos, y empezó su tarea. Con un gesto, le indicó al Cangrejo que le pasara la manguera. De la parte inferior de su cuerpo con forma de empanada, éste le lanzó un largo tubo negro, que Ea cazó sin mirar. En la punta, una pequeña palanca hacía salir el lubricante.

Lo distribuyó por el eje, por las piezas de la dinamo, y por las demás articulaciones y junturas móviles, abriendo y cerrando paneles cuando lo necesitaba con las herramientas que le colgaban de los tirantes y que, una vez usadas, ¡Zip!, volvían siguiendo el camino del sedal y el muelle del mecanismo de sujeción.

El problema había sido, efectivamente, sólo de lubricación, pero Ea le dio un repaso completo al mecanismo, moviéndose con tal precisión y maestría que parecían haberla diseñado para ello. A su lado, el Cangrejo, pese a ser eficiente y preciso y a que sí que había sido diseñado para ello, parecía sólo un aficionado competente.

 

Habían pasado horas cuando, al pie de la turbina doce, pararon a descansar. Ea se tumbó sobre la hierba, y sacó una de las barras de alimento que se llevaba cuando no podía comer en la Central. Rasgó el papel de cebolla casi transparente que la envolvía y empezó a masticar. El Cangrejo, por su parte, comenzó un pequeño baile que Ea conocía bien: cuando ocurría lo que fuera que pasara en su interior para general más fluido lubricante, parecía concentrarse mientras se bamboleaba, con las pinzas en alto y alzando las patas alternativamente. Primero la derecha de delante y la izquierda de atrás, y después al revés, y otra vez, y otra.

Cuando Ea era pequeña, el bailecito siempre le había hecho reír, y muchas veces, mientras el Capataz Olec desenvolvía las barritas alimenticias, tumbado como ella ahora, al pie de un árbol o una turbina, Ea bailaba con el Cangrejo, o se le montaba encima para sentir el trote y el bamboleo. Por aquél entonces, era lo bastante pequeña como para montarse en el Cangrejo con comodidad, y que éste la llevara. Y, con frecuencia, eso era lo que hacían al final del día, para ahorrarle pedalear con el peso de ella al ya cansado de Olec.

Masticó la barrita marrón. Cerró los ojos, intentando descansar, y a pesar de los chirridos de las turbinas que aún le faltaban por arreglar, sintió el peso de las horas de trabajo sobre los párpados y se durmió.

Había pasado un rato cuando el reloj, programado para despertar a su usuario de las siestas, empezó a pitar.

Se desperezó, bebió un trago de agua de la cantimplora que le colgaba del cinturón, y aprovechó para orinar. Antes de dirigirse a la siguiente turbina, buscó al Cangrejo con la vista, y lo encontró en un arbusto. Recogía moras, succionándolas por el pequeño aspirador que tenía en el interior de la pinza.

Ea silbó, y el Cangrejo se irguió sobre los zancos metálicos tan arriba como pudo, mirando a su alrededor con su gran ojo redondo. Cuando la encontró, trotó hasta ella y la siguió hasta la siguiente Turbina chirriona. Otra vez, a trabajar.

El Sol fue paseándose por su ruta diaria, y cuando Ea y el Cangrejo estaban acabando de revisar el último molino, las nubes gruesas y abultadas de la mañana se habían deshilachado, dejando solamente un rastro de líneas fantasmales en el rojo del cielo.

29-X-30 era una de las turbinas grandes y, en su copa, había además de las hélices una pequeña plataforma, como un balcón, desde la que en principio se podía trabajar con más facilidad, aunque a Ea le gustaba más encargarse de las máquinas arrastrándose pegada a la pared, como una araña tejedora. Pero esas plataformas le gustaban por otro motivo.

Sentada, con las piernas colgando y la cabeza y los brazos apoyados en la baranda, suspiró. Seguía haciendo viento, y habría querido que no parase nunca. Más y más viento, más y más vueltas en los molinos, eso era lo que más deseaba. El Cangrejo la observaba, en cuclillas. Ella le acarició el chasis de la cabeza, rugoso, picoteado por los miles de diminutos golpecitos que había recibido a lo largo del tiempo. Respiraba con tranquilidad, regalándose la vista.

Lo que le gustaba de las plataformas de las turbinas grandes, de 29-X a 35-X, era que daban al valle.

Recortada en la luz rojiza, una bandada de pájaros volaba en formación, demasiado lejos como para que Ea pudiese oír sus llamadas. En el valle, bordeando el río sinuoso, yacían los esqueletos de los edificios, las ruinas de La Ciudad que tantas veces había observado desde lejos. Y en medio, brillante y como de piedra, los restos de la terrible maraña sarmentosa de tallos de una de las Plantas Furiosas, monstruosos vegetales extintos ya hacía tiempo que habían traído consigo la aniquilación de las grandes urbes.

Ya de pequeña subía aquí con el Capataz Olec para ver la ciudad.

Recordaba estar abrazada a su cuerpo fino y musculoso, no muy distinto del de ella, algo más ancho, sobretodo más largo. El pelo de la cabeza combinaba los rizos negros, los que más, con los que eran del blanco más puro. El que le crecía en la cara, en cambio, lo hacía al revés: rizos blancos surcados de espirales oscuras.

Él se sentaba tal como lo estaba ella ahora, con las piernas colgando, pero como por su altura le resultaba incómodo apoyarse en la baranda, ponía la cabeza sobre la cabecita de la pequeña Ea que, a su vez, encajaba entre el hombro y la barbilla del Capataz.

Mirando las ruinas incomprensibles, el Capataz Olec le contaba lo que a él le había contado su Capataz, Ahiz, a quien se lo había contado su capataz, Iar, y así hasta llegar al Primer Capataz, el que de niño, antes de La Furia de Gaia, había vivido en una Ciudad.

En la Central, la pequeña Ea había rebuscado miles de veces en el Baúl donde se encontraban las cosas de los anteriores capataces. Ahí estaba la pipa del Capataz Cru, que le servía para sacar humo por la boca. Estaba también la mano artificial de la Capataz Ermin, que sustituyó a la que había perdido en un accidente y que asustaba a Ea porque, cuando uno la tocaba, a veces se movía. Y el traje de cuero transparente del Primer Capataz, que debía llevar para salir a la superficie si no quería que las esporas de las Plantas Furiosas, mortíferas para las personas, le penetraran en los pulmones o se le injertaran en la piel.

De todo lo que había allí guardado, lo que más le gustaba era el Libro. En él, el Primer Capataz había escrito y dibujado lo que había vivido, y aunque ya hacía tiempo que los Capataces no sabían leer más que los indicadores técnicos del reloj y la maquinaria, era tradición que cada Capataz dibujara alguno de los hechos relevantes de su vida en las muchas páginas del tomo enorme que aún quedaban en blanco.

Ea había pasado muchos ratos hojeándolo, recordando las historias que su Capataz le había contado, viendo los dibujos que el Primer Capataz había hecho, de trazos toscos y precisos, de La Furia, las ciudades y su caída a manos de las Plantas, los dibujos delicados de la Capataz Runai, de su terrorífica batalla con el Lobo, los dibujos simplistas del Capataz Sago, de las carreras que echaba con el Cangrejo, los oscuros trazos de la Capataz Ermin, que relataban cómo, en el accidente que había inutilizado la torre 20-S-1, ella había perdido la mano y el primer Cangrejo había muerto.

-Y, esto le pasa a todos los Capataces, -le contaba Olec- llega un momento en el que el Cangrejo de los Subterráneos sube con un bebé, para que lo cuide, y para que le enseñe.

En esos momentos, si no la tenía ya entre los brazos, la cogía y le hacía cosquillas en la barriga.

-¡Imagínate qué susto cuando el Cangrejo Subterráneo a mí me trajo a una ratita! –y ella siempre se reía. Pero muchas veces, especialmente si estaban mirando las ruinas de la ciudad, su Capataz parecía ponerse melancólico.

-Algún día –decía entonces- tú serás la Capataz, y estarás sola con el Cangrejo… hasta que, de pronto, cuando menos te lo esperes, cuando seas mayor y el reloj te encaje bien, regresarás a la Central, cansada, llena de polvo, o de lubricante, o de barro… y aparecerá el Cangrejo de los Subterráneos con un bebé entre las pinzas, y te lo dará, para que lo cuides y le enseñes.

Entonces, para animarse, cambiaba de tema. Le mostraba la pantalla del indicador de las baterías del Complejo, y le hablaba de los Hitos.

 

Mientras miraba cómo el Sol acababa de ponerse, el alto tallo huesudo de la Planta Furiosa todavía iluminado entre las ruinas sombrías de los “Rasca-Cielos”, Ea siguió acariciando al Cangrejo. Finalmente, apartó la mano, y observó los indicadores del Reloj, usando las diversas ruedecillas y botones, mirando las pantallas de información.

-¿Sabes qué? –Le dijo al Cangrejo- Todo está en orden, y no hace falta que vayamos ni a la Central ni a ningún sitio. Esta noche nos quedamos a dormir aquí.

El Cangrejo asintió y, al instante, le ofreció las moras que había recogido.

-Gracias, Cangrejo. –le dio un beso, que él se inclinó para recibir.

Comió, cogiendo los frutos de la pieza inferior de la pinza, y luego desenvolvió una de las barritas que llevaba en el bolsillo, arrojando el papel de cebolla a las corrientes de aire.

Cuando la Luna ya hacía rato que había aparecido, y Ea había tenido tiempo de mirar las estrellas hasta poder verlas incluso con los ojos cerrados, sacó el carrete de dormir y tiró para desenroscar el saco, fino y resistente y como de tela de araña.

Por la mañana, le despertó una alarma del Reloj. Arqueando la espalda y farfullando, estiró brazos y piernas. Había dormido bien, arropada por el zumbido de la turbina y su balanceo mientras buscaba corrientes, pero el Sol apenas estaba saliendo, y de no haber sido por la alarma, todavía habría tardado en despertar. El Cangrejo se irguió al instante, listo para entrar en acción.

Resoplando, pulsó el botón de las alertas, para ver qué parte del Complejo requería de su atención tan temprano.

Le faltó el aire, como si le hubiesen golpeado los pulmones.

Se puso en pie de golpe y tiró a toda prisa del saco de dormir para que se replegara en el carrete.

Miró las ruinas, frenética, entrecerrando los ojos como buscando algún detalle difícil de divisar entre los hierros retorcidos, el río, los restos de la Ciudad, las hiedras encaramadas en los esqueletos de los edificios, las arboledas que se habían abierto paso por el pavimento resquebrajado, las raíces huesudas de la Planta Furiosa…

-¡No veo nada, Cangrejo!

Su pobre acompañante buscaba también con el ojo, alarmado, aunque no sabía el qué. Miraron aún unos minutos, en los que Ea no dejó de dar golpes en la pasarela con el pie y de resoplar como un caballo salvaje, con los ojos llorosos de no parpadear.

-¡Me estoy equivocando! ¡No debe de ser aquí! –Abría y cerraba los puños, nerviosa como nunca antes- ¡Cangrejo! ¡A la Central, de prisa!

 

Cuando se entristecía al hablar del futuro de Ea, su Capataz Olec le enseñaba en el Reloj la pantalla del indicador de las baterías del Complejo. En el rectángulo luminoso de la manga metálica que llevaban todos los capataces se dibujaba una larga barra, cortada por líneas con algunos pequeños textos que no se podían ver a simple vista.

La barra era fucsia en su mayor parte, pero tenía la punta de color gris apagado.

-Mira, Ea, –le decía- Estas son las baterías del Complejo. Y esta barra rosa es la carga que tienen.

Aunque se lo había contado montones de veces, ella siempre lo miraba fascinada. Con la ruedecita que servía para desplazarse por los elementos de la pantalla, el Capataz continuaba.

-Fíjate, esta línea de aquí al principio es el primer Hito. Para celebrarlo, se le entregó la primera Piedra del Hito al Primer Capataz, hace ya mucho mucho tiempo, cuando las plantas se enfadaron con los hombres. Y este –avanzaba unos cuantos Hitos- es el Hito de 13% de capacidad, conseguido por el Capataz…

Y paraba, para que Ea le contestara. Y Ea siempre lo sabía, porque su Capataz le había contado las historias muchas veces. Además, las Piedras de los Hitos estaban todas guardadas en el baúl, y a veces las ponía en el reproductor de Piedras para oír sus mensajes.

“Felicitaciones, Capataz del Complejo de Producción y Almacenamiento de Energías Renovables V, en la consecución del hito de…” decía siempre la voz, con el porcentaje de carga adecuado en cada caso, y siempre acababa “su gobierno y el Sistema de Recuperación de la Civilización tras el Colapso por Armamento Biológico agradecen su tarea y le felicitan nuevamente. Es usted un héroe.”

Cuando, en su explicación, llegaba al último Hito superado, tanto el Capataz como Ea se sentían llenos de orgullo. Era el Hito del 97% de carga, que había conseguido el Capataz Olec un tiempo antes. Ea recordaba como un Aeroflotador del SRCCAB vino a posarse sobre la Central para entregar la Piedra del Hito que felicitaba a su querido Capataz.

Y, cuando recordaban ese hito, el Capataz Olec desplazaba rápidamente el cursor hasta el siguiente. 100% de carga.

-Este- decía- es el más especial de todos los Hitos. ¡Y vas a ser tu quien lo cumpla! Cuando seas mayor, y yo ya no esté, y tú seas la Capataz Ea, en el momento que menos te lo esperes… ¡Pasará la cosa más mágica!

Y la pequeña Ea escuchaba boquiabierta ese futuro maravilloso que había de vivir.

 

La bicicleta crujía bajo el esfuerzo, y ella resoplaba, empapada y roja, aunque el camino ya hacía bajada. La Central no estaba en un valle, pero sí en la parte más baja de la meseta, la que daba al mar. Sobre el edificio achaparrado y con forma de hongo en el que se encontraban las estancias de la superficie del Complejo, Ea reconoció la forma alargada e ingrávida del Aeroflotador del SRCCAB.

Estaba ocurriendo de verdad. Después de tantos años de trabajo incansable, de cumplir tan bien como podía con su tarea, había llegado el momento mágico. ¡Y mientras dormía! El Hito del 100% de Carga.

El Aeroflotador estaba allí esperándola para entregarle la piedra del Hito, pero ella tenía otra prioridad.

Pedaleó a toda prisa, hacia el acantilado al otro lado de la Central.

 

-¡Pasará la cosa más mágica! –le decía su Capataz Olec- ¡Cuando la carga sea del 100%, resurgirán las ciudades, tal y como las describía el Primer Capataz! ¿Te lo imaginas?

Y ella se lo imaginaba, cada vez con más detalles, cada vez más y más maravilloso.

-¡Y tú serás la Capataz que acabará el trabajo! ¡Tú serás la que verá cómo la Civilización Resurge!

 

La Capataz Ea no estaba dispuesta a perdérselo. Y, si la Civilización no resurgía de las Ruinas de la antigua ciudad muerta, solamente se le ocurría un lugar donde habría suficiente espacio para ello: el mar.

Llegó al acantilado y saltó de la Bicicleta, que avanzó todavía unos metros, tambaleándose cada vez más, hasta derrumbarse sobre el costado, una rueda aun girando en el aire.

El agua se extendía hasta el horizonte, y el cielo ya era del azul del día. En cualquier momento, las aguas se agitarían, quizás se sentiría un gran temblor, y ¡Buuuuuuuum!, resurgirían los edificios, los “rasca-cielos”, las “auto-pistas” con sus “auto-móviles”, los “cines”, los “conciertos”, y todas esas cosas maravillosas de las que los Capataces hablaban desde La Furia.

Tenía los ojos bien abiertos, listos para beberse todas las maravillas que habían de resurgir de las aguas. Se imaginaba a sí misma “comiendo en un restaurante”, “paseando por las avenidas”, “viendo escaparates”… ¡Y habría miles de millones de personas! O quizás algunas menos, para empezar, ¡Pero pronto tendría tantos amigos que no alcanzaría a saludarlos a todos en un día!

El Cangrejo había apartado la Bicicleta del borde del acantilado, y ahora observaba a Ea y el mar, sin comprender.

De vez en cuando, Ea adivinaba un principio de estremecimiento entre las olas, pero siempre eran espejismos.

El Cangrejo le dio un pequeño toque con la pinza, en la cadera, y ella pareció regresar de un trance. Su amigo le ofrecía las pocas moras que aún le quedaban.

Miró al cielo sorprendida, a la posición del Sol.

El Cangrejo le ofrecía moras porque ya era hora de comer. ¿Cuánto tiempo llevaba mirando el mar, esperando la Ciudad?

Era evidente que se había equivocado. Seguro que, de haber esperado más, la habría visto resurgir de entre las Ruinas.

Se había perdido aquello que había estado esperando toda la vida.

Empezó a arrastrarse hacia la Central.

-Vamos, Cangrejo,- la voz le temblaba- cogeré unas barritas y después iremos a ver la Nueva Ciudad.

 

Sobre la estructura achaparrada, el Aeroflotador aún esperaba, con el cuerpo alargado y membranoso fijo en el cielo y el largo tentáculo extendido hasta la Sala. Ea entró, cabizbaja, y dejó la bicicleta a un lado. Estaba en la gran Sala de Control, con la Pantalla Principal encendida, que era básicamente una versión del Reloj enorme y con información más detallada. Por la compuerta del techo pensada especialmente para ello, bajaba el tentáculo tornasolado del Aeroflotador, acabado en el gran ojo brillante de cristal y un brazo largo y afilado.

El tentáculo reconoció su llegada y le presentó la Piedra del Hito. Con un gesto fluido, casi una reverencia, lo deslizó por los aires y lo introdujo en el lector de Piedras, en el terminal de control que había en medio de la Sala.

La voz sintética de la piedra empezó a hablar.

“Felicitaciones, Capataz del Complejo de Producción y Almacenamiento de Energías Renovables V, en la consecución del Hito de 100% de carga”

Aunque sabía que para los otros Capataces este reconocimiento habría sido mucho más dulce que para ella, el abatimiento de Ea por haberse perdido el renacer mágico de la Ciudad perdió parte de su fuerza. Las ganas apremiantes de llorar se disolvieron, e incluso sonrió, pensando en lo orgulloso que su Capataz Olec habría estado de verla recibir este honor.

En la pantalla, la barra de carga aparecía llena de fucsia hasta arriba, sin un solo resto de la parte gris vacía. El Hito final estaba resaltado, luminoso. 100% de carga.

“Su gobierno y el Sistema de Recuperación de la Civilización tras el Colapso por Armamento Biológico agradecen su tarea y le felicitan nuevamente. Es usted un héroe.”

Se sintió contenta al empezar a pensar en qué dibujaría en el Libro, en qué podía ser un buen final para todas las historias de los Capataces.

Pero, a diferencia del resto de mensajes que había escuchado, el terminal siguió reproduciendo la Piedra del Hito. No había terminado.

“Se informa al Capataz de que, al cumplir este Hito, se inaugura la fase 2 del programa del Complejo de Producción y Almacenamiento de Energías Renovables V. De forma inmediata, la red de Baterías Alfa pasa a modo pasivo, y se activa la red de Baterías Beta.”

Mientras la voz lo decía, Ea pudo ver con horror como, en la pantalla, la barra fucsia se reducía a una miniatura, a un lado, cubierta con el dibujo de un candado, y una barra por llenar completamente gris y llena de hitos por cumplir ocupaba su lugar. Sintió que el suelo vibraba, como había estado esperando, pero no era ninguna ciudad que resurgiera de ningún lugar. Eran mecanismos del propio Complejo, iniciando la “fase 2”.

Sonó la voz sintética de la Central que avisaba de cuestiones técnicas, diferente de la de las Piedras.

“Nueva-Red-De-Baterías-En-Línea”

El tentáculo retiró la piedra del lector, se la puso a Ea en la mano y se deslizó con un silbido por la compuerta del techo.

Abrumada por las lágrimas y el desconcierto, Ea cayó de rodillas. El Cangrejo se afanó a aguantarla, para que no se derrumbara del todo, y así, con los brazos encajados en las pinzas de su amigo, tendida a medias, empezó a aullar desconsolada.

 

Estaba tumbada en su colchón, con las ventanas cerradas y la luz apagada. El suelo de su habitación estaba sembrado de los papeles de cebolla de las barritas que el Cangrejo le traía, que se habrían disuelto a los pocos días a la intemperie, pero que a cubierto duraban mucho más.

Oyó que la puerta se deslizaba a un lado, y el sonido de las alarmas entró como un torrente, para apagarse de nuevo cuando la puerta se cerró.

No le miró, se quedó tumbada de cara a la pared, pero sabía que el Cangrejo le traía una bandeja de comida, entre las manitas de precisión que se desplegaban de su abdomen, y barritas alimenticias entre las pinzas.

Siempre rechazaba la bandeja, y se tragaba las barritas en un acto puramente mecánico, sin fijarse. Pero hoy se dio la vuelta sobre el lecho, saludó al Cangrejo, y se incorporó ligeramente para aceptar la bandeja.

Tenía unas ojeras muy profundas, las mejillas chupadas, y el pelo le había crecido y se le desparramaba por la cara.

Se acercó las frituras con los palillos, y las olió. Siempre le habían gustado, desde que era pequeña.

Mientras comía, el Cangrejo se retiró a la Sala, abriendo paso de nuevo, durante un instante, a la algarabía de alertas y pitidos.

La sopa aún estaba caliente, y la sorbió, masticando después las verduritas crujientes que habían flotado en la superficie.

Terminó el arroz y dejó la bandeja a un lado de la cama. La comida de verdad le había sentado bien. Se tumbó de nuevo, recogida sobre sí misma, mirando a la pared.

Pasaron unos minutos. Oyó que la puerta volvía a abrirse, y que la cacofonía regresaba a su cuarto.

-Cangrejo,- dijo levantando un poco la cabeza, pero sin volverse- te tengo que dar las gracias por…

La puerta se cerró, pero no todas las alarmas se callaron.

Como un resorte, Ea se incorporó.

El cangrejo avanzaba con el reloj, que pitaba, entre las pinzas.

Ea lo había llevado toda la vida, después de heredarlo del Capataz Olec. Pero ya no.

 

Primero fue una turbina con problemas mecánicos. Luego, una de las Criocápsulas de alimentos. Luego, el sistema de iluminación de uno de los túneles. Y luego otra cosa, y otra, y otra.

Como siempre, el Complejo necesitaba de los cuidados del Capataz y su Cangrejo. Pero en vez de eso, ya hacía un tiempo que Ea se había arrancado el reloj del brazo y lo había abandonado, para dejar de oír los pitidos, en la sala de Control, donde la Pantalla Principal también se quejaba con pitidos y bocinas y mensajes sintéticos.

 

El Cangrejo avanzaba poco a poco, con el reloj en alto, como una ofrenda, suplicante. Adelantaba las pinzas una y otra vez, con gesto humilde.

Ea bullía de rabia. Sólo quería que la dejaran en paz. Que no la molestaran más.

No podía hacerlo.

Temblaba, le rechinaban los dientes, las lágrimas empezaron a correrle por la cara. Estaba a punto de estallar en gritos cuando, de pronto, algo se partió en su interior.

¿Ah, sí? –dijo, gélida.

Le hizo el gesto que significaba que la siguiera.

Con paso decidido, se dirigió a los subterráneos. No le gustaba la parte soterrada del Complejo, aunque allí era donde estaba la mayor parte de la estructura, kilómetros de túneles serpenteantes, y aparatos, y baterías, y filtros, y almacenes que de vez en cuando necesitaban también reparaciones y mantenimiento.

Trotaba por el pasillo, iluminado por franjas de luz blanca y fría. De la sala de Partos, curioso por la presencia allí abajo de Ea, brotó el Cangrejo Subterráneo. A diferencia de su homólogo de superficie, era alto como un hombre adulto, tenía una cúpula pulida y brillante como cuerpo, y contaba con unas pinzas deformadas preparadas para transportar bebés, además de una serie de brazos y piernas tentaculares y sinuosos.

El Cangrejo seguía todavía a la Capataz, ofreciéndole el Reloj entre pitidos.

Ea fue derecha a una sala que se había utilizado en muy pocas ocasiones. Las puertas se abrieron con un gemido por culpa del desuso, y tanto el Cangrejo implorante como el curioso Subterráneo la siguieron.

En fila, a los lados de la profunda sala, estaban las cajas de los sustitutos. A la izquierda, la de los Cangrejos Subterráneos, todas por estrenar. A la derecha, las de Cangrejos de Superficie. Una estaba abierta, la del Cangrejo actual, que había sustituido al primero después del accidente que le había costado a la Capataz Ermin la mano y el ayudante.

Ea puso los dedos sobre el botón que abriría la siguiente caja.

-Capataz.

El Cangrejo Subterráneo hablaba con voz de lata, aguda e inexpresiva.

-Activar. Ayudantes. Extra. Es. Contra. Las. Ordenanzas.

Ea pulsó.

En una nube de vapor, dio sus primeros pasos un Cangrejo como el que la había acompañado desde que tenía memoria, pero de color amarillento en vez de rojo.

Observaron con horror cómo activaba una caja más. El Subterráneo insistía en recordar las Ordenanzas. El Cangrejo le ofrecía, desesperado, el Reloj.

Ea, impasible, les silbó que la siguieran.

Detrás de ella resonaban los pitidos del Reloj y los pasos metálicos del Cangrejo Rojo, el Cangrejo Amarillo, el Cangrejo Azul y el Cangrejo Subterráneo.

Se paró en la estruendosa Sala de Control, y a su alrededor se formó un anfiteatro de Cangrejos. El Rojo avanzó dos pasos, con el Reloj en alto. Ella lo cogió, por fin, y el Cangrejo hizo gesto de retroceder. Pero, rápidamente, Ea le agarró la pinza y le encajó el Reloj en el antebrazo.

Los Cangrejos observaban, sin comprender.

Ea se arrancó el peto que había llevado desde que dejó los pijamas de bebé, y se lo arrojó al Rojo.

-Aquí tienes. El Reloj. Cangrejos Ayudantes. El peto, con el juego completo de herramientas. –A Ea se le humedecieron de nuevo los ojos, y perdió la frialdad- ¡O ponte el de Olec, me da igual! ¿No te gustan las alarmas? ¡Pues, a partir de ahora, te ocupas tú! ¡No me volváis a molestar!

Corrió a encerrarse en su habitación.

Rojo miró el Reloj de capataz de su antebrazo. Observó a los otros Cangrejos unos instantes. Los pobres Amarillo y Azul, que acababan de ser activados, no llegaban a comprender qué ocurría. Y él mismo intentaba llegar a alguna conclusión.

Se irguió, de pronto. Enganchó el peto a su chasis, a una pequeña depresión que tenía en la espalda. Con los gestos correctos y los silbidos adecuados, dio las órdenes precisas. Amarillo le siguió afuera, hacia la más urgente de las reparaciones. Azul caminó hacia la habitación del Capataz.

El Cangrejo Subterráneo, simplemente, regresó hacia los túneles, hablando para nadie.

-Es. Contra. Ordenanzas. Contra. Ordenanzas.

 

Ea seguía tumbada en la cama. Cada vez que Azul entraba en la habitación, para limpiar o para traerle la comida, las alarmas que entraban con él eran menos, y menos urgentes.

Ya no había papeles por el suelo, y comía siempre de la bandeja. Las luces estaban apagadas todavía, y las ventanas entrecerradas.

Pasado un tiempo, dejaron de sonar las alarmas. Si alguna lo hacía, pronto se solucionaba la causa y paraba. Si un Capataz humano hubiese guiado las reparaciones, habría sido incluso más rápido, pero los Cangrejos se las apañaban.

Ea seguía llena de vacío, incapaz de hacer nada que no fuera estar encerrada, sobre la cama, dejando fluir los días. No pensaba, no proyectaba, no recordaba… solo las idas y venidas de Azul con la comida, la limpieza, o el orinal interrumpían lo que, de otro modo, hubiese sido un vegetar inerte y sin fronteras.

Hasta que, un día, la puerta se abrió, y los pasos metálicos sonaron diferentes.

Miró.

No era la figura achaparrada del Cangrejo Azul, ni del Amarillo, ni del Rojo. Era la torre sinuosa del Cangrejo Subterráneo. Y tenía las pinzas en forma de cesta desplegadas.

-Es. Hora.

Dentro de la cesta, un ser pequeñito, enfundado en un minúsculo pijama blanco.

Ea temblaba. Sintió como si tuviese un acantilado en el pecho y estuviese a punto de caer.

El Cangrejo Subterráneo se acercó, con el trote desigual de las patas elásticas, y le ofreció al bebé.

-Es. Hora. –insistió.

Lo miró unos instantes. Se encogió sobre la cama, en posición fetal, las manos recogidas frente a la cara.

-¡No, no! ¡Aparta!

El Cangrejo aguardó unos momentos. Finalmente, se acercó a la pared y estiró la camita empotrada en la que habían dormido todos los Capataces cuando aún eran bebés.

Ea espió, sin llegar a volverse del todo, y vio que el Cangrejo depositaba al bebé en el pequeño lecho y, de otra trampilla, sacaba el final de un tubo de vacío por el que surgió un pequeño botellín lleno de líquido blanco.

Volvió a mirar a su pared mientras oía cómo el Cangrejo le daba de comer.

 

Sentía todos los músculos del cuerpo en tensión. Estaba bloqueada. Su vacío mental se había llenado con la presencia alarmante del bebé… pero no con pensamientos sobre ello, sólo con la sobrecogedora presencia. Ya había pasado un buen rato, el Cangrejo hacía tiempo que se había marchado, y el bebé dormía respirando profundamente.

De pronto, la respiración se interrumpió. Una nueva alarma. Pero no era un pitido sintético de la Central, era una alarma orgánica, el bebé, que lloraba a un volumen que parecía imposible para un ser tan diminuto.

Desconcertada, Ea se levantó, y avanzó hacia la cuna.

Era muy pequeño, y a diferencia de ella, que tenía la piel muy morena, y del capataz Olec, que había sido del marrón más oscuro, el bebé tenía una piel pálida y fina, parecida a los papeles de cebolla que envolvían las barritas. Abría la boca, blanda y desprovista de dientes, en un lloro intenso, con los ojos firmemente cerrados, mientras las mejillas se le enrojecían por momentos.

Ea, sin saber qué hacer, lo tomó por las axilas y lo abrazó. Seguía llorando. Para sostenerlo mejor, intentó imitar la forma de cesta que hacían las pinzas del subterráneo.

En este abrazo acogedor, el bebé se calmó. De pronto, para sorpresa de ella, buscó con la cabeza y llevó los labios a su pezón.

En ese momento, la puerta se abrió. El Cangrejo Subterráneo. Sin decir palabra, sacó una nueva botella del tubo pneumático, y Ea constató que estaba rematada por una especie de pezón artificial. Eso debía de ser lo que el bebé buscaba. Y, efectivamente, al acercárselo a los labios, el bebé dejó el de Ea para centrarse en el de la botella.

El Cangrejo Subterráneo la acompañó a la cama, para que se sentara mientras el bebé comía.

-Es. Hora. –le dijo- Nombre. Es. Cres.

Ea miró al bebé que bebía en su abrazo. Había abierto los ojos, y veía que eran finos, y muy oscuros. Cuando ella le miraba, él le devolvía la mirada.

-Hola, Cres. –Le dijo.

Seguía bebiendo, mirándole.

El Cangrejo se había acercado a la zona de almacenamiento de debajo de la camita. Sacó una bolsa con arneses y algunos pijamas, y se los mostró.

-Ropa. –alzó unos pijamas, usados por generaciones de Capataces cuando aún no lo eran- Bebés. Deben. Cambiar. Ropa. Frecuente. Porque. La. Piel. Es. Sensible.

Ea lo miró, y miró al bebé.

-Portabebés. –alzó la bolsa- Para. Que. Ayudante. Llevar. Cres. Durante. Trabajo.

-Espera…

El Cangrejo había sacado de un bolsillo del portabebés una cantimplora con pezón.

-Para. Comer. Durante. Trabajo. –La alzó con otro de sus tentáculos- Son. Seis. Porque. Bebés, Comen. Con. Frecuencia.

-¡Espera, espera!

El Cangrejo acercó la cantimplora a un pequeño pitorro que salía de la compuerta del tubo de vacío. Empezó a llenarse del líquido blanco.

-Carga. Leche. Por. Aquí. Cuando. Est…

Ea le interrumpió.

-¡No puedo! –Dejó caer el biberón, y se levantó. Avanzó con los brazos extendidos y, colgándole de las manos, el bebé, que se había puesto a llorar- ¡No puedo!

-Aguanta. Cuello. Cres. –dijo, tomándolo entre los tentáculos con cuidado y metiéndolo en las pinzas- Ordenanzas. Dicen. Es. Hora.

Ea sintió que las lágrimas se le agolpaban.

-No puedo… No puedo cuidar a un bebé. No puedo cuidar la Central. –Se echó a llorar- ¡No puedo hacerlo, y por mi culpa el bebé se morirá! ¡Todo me sale mal! ¡No podré!

El Cangrejo, que le daba a Cres un nuevo tubo de leche con algunos de sus tentáculos, le tendió otro a Ea y se lo puso sobre el hombro.

-Ok. Yo. Cuido.

A Ea le había dado repelús el Cangrejo Subterráneo desde que, al morir Olec, fuese él quien lo despojase de su peto y se llevase el cadáver a las profundidades del Complejo. Pero esta vez acogió su tacto con un ansia que le sorprendió y, de pronto, le abrazó.

Lloraba, como si nunca fuese a acabar de llorar. Entre el llanto, oyó que la puerta se abría, y que se cerraba, y que se volvía a abrir, y en un momento se encontró abrazada por todos los Cangrejos, que habían venido a consolarla. El Subterráneo, con sus largos tentáculos y un ojo puesto en el bebé que ahora dormía. El Azul, con la carcasa impoluta de trabajar sólo en cuidarla a ella, siempre a cubierto. El Amarillo, que, en cambio, estaba polvoriento y embarrado. Y su fiel Rojo, con el reloj en el antebrazo, el peto a la espalda y el chasis rugoso y marcado de tantos años de amistad y servicio fiel.

Poco a poco, mientras lloraba en silencio y los músculos se le relajaban, los Cangrejos acompañaron su descenso. Acabó durmiéndose, arropada por sus amigos, con la cabeza sobre la depresión del lomo de Rojo en la que, tantos años atrás, había pasado las horas soñando, metida en la bolsa portabebés que allí encajaba.

 

Habían pasado horas desde que el Cangrejo Subterráneo había dejado a los demás ocupándose de Ea, para atender a algunas de sus tareas. Había estado vigilando un aumento de temperatura del Lote Criogénico Delta de Embriones Capataces, pero, ahora que se había estabilizado, se dirigió hacia la habitación de la Capataz, porque pronto sería momento de alimentar a Cres.

Con sus pasos elásticos, salió de la Sala de Partos, se adentró por los pasillos y subió a la Sala de Control. La Pantalla indicaba una alerta en una de las turbinas, y alguna otra reparación pendiente, por ahora desatendidas. De pronto, trotando a toda velocidad, de la habitación de la Capataz surgió el Cangrejo Amarillo, seguido de cerca por el Azul.

Y, si no había visto mal, Amarillo llevaba en el antebrazo un pequeño Reloj, como el de los Capataces pero de menor tamaño.

¿Qué estaba ocurriendo?

Entró en la habitación de la Capataz.

Dentro, vio a Ea, vestida de nuevo con su Peto, y con el Reloj en la muñeca. Sonriente, llevaba a Cres en brazos, con la cabeza del bebé sobre el hombro. Éste le había agarrado un mechón de pelo, y se lo llevaba a la boca masticándolo con las encías desnudas y una abundante dosis de saliva.

Ella le saludó.

-¡Precisamente iba a ir a hablar contigo! –le dijo, con una alegría que ya había parecido que no tenía que regresar nunca- ¡Se acabó tu trabajo! ¡Activa a otro Subterráneo para que te sustituya!

-Pero. Qué.

Ea prosiguió.

-Tu has estado aquí desde La Furia de Gaia, cuando las Plantas Furiosas destruyeron las ciudades, ayudabas ya al Primer Capataz, y sabes usar los ordenadores, y leer… ¿Verdad?

-Es. Así. –Miró a la Capataz renovada, intentando saber qué ocurría- Pero. No. Comprendo.

-¡No quiero que te encargues más del trabajo de rutina! Lo que quiero es que investigues, que recuerdes, y que descubras qué pasó cuando la Furia, de dónde salieron las Plantas Furiosas, qué es exactamente el Complejo, y el SRCCAB… ¡Todo, todo lo que pueda saberse! ¿Entendido? Esta noche espero que me puedas contar las primeras cosas que descubras. –Sonrió- Yo, por mi parte, tengo trabajo que hacer. Y un bebé al que enseñarle cómo funciona todo esto.

Con un silbido, le indicó a Rojo, que llevaba el portabebés de Cres fijado en la depresión de su espalda, que se acercara. Bajó al bebé adormilado, con cariño.

-Amarillo y Azul están en la turbina. Nosotros… -Miró el reloj- Nos vamos a reparar el alumbrado del túnel 6891.

El Cangrejo Subterráneo intervino.

-Dos. Equipos. Tres. Ayudantes. Activos. –Miró atentamente a Ea- En. Contra. De. Ordenanzas.

A Ea se le ensombreció el rostro, pero no llegó a poderle contestar.

-Bueno. –prosiguió el Cangrejo- Ordenanzas. En. Casos. Especiales. Se. Pueden. Enmendar.

Y aunque su voz técnicamente era inexpresiva, casi parecía que sonreía al hablar.

Ea sí que podía sonreír.

-Gracias.

Le dio una palmada cariñosa a Rojo en la carcasa, dispuesta a ponerse en marcha, y éste la miró expectante.

Estaban listos para volver a trepar, y trabajar, y para contarle al bebé, que roncaba plácidamente en la mochila, las historias de todos los Capataces, de la Furia, de las Plantas, de la caída de las ciudades, de los Hitos pasados, y de los que vendrían, y para ver cómo Cres crecería hasta convertirse en el siguiente Capataz…

Y esta vez no habría sorpresas. Las historias serían las de verdad.

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2 thoughts on “Las Turbinas (relato)

  1. He disfrutado el relato. Lo he leído y releído. He creído sentir lo que siente la protagonista. Me ha gustado mucho la narración sobre cómo fue «el día del fin del mundo»; un gran acierto, en mi opinión, hacerlo en forma mítica. Y esa defensa final de la sinceridad como valor supremo, incluso en un mundo postapocalíptico, me ha parecido conmovedora. Un saludo y gracias por compartir tu relato.

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