(articuento) Noche de perros

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Carlo comprobó con inquietud si había cerrado correctamente la persiana de la clínica, mientras parte de su mente se preocupaba por si alguien le había visto, había visto las llaves, y quizás le querría amenazar para conseguir acceso al negocio y robar dentro. Era la primera noche que trabajaba en el despachito que su madre le había permitido hacerse en su clínica, para trabajar en la tesis doctoral. Hasta entonces lo hacía por la mañana y por la tarde, pero ahora estaba probando un nuevo horario porque, últimamente, se sentía más activo hacia el final del día.

Faltaba poco para las doce de la noche. En la oscuridad, todas las luces, las farolas, los semáforos, le herían la vista enferma. Debido a su córnea defectuosa, todas esas luces le cegaban, embadurnándole la visión con halos blancos, amarillos, rojos, verdes y ámbar. Era mucho más prudente al atravesar la calle por la noche.

Empezó a caminar hacia casa. Aunque no era comparable con el tráfico del día, había personas rondando por la calle. Cruzó el semáforo con otra persona, un hombre grueso con una mochila de deporte al hombro. De cara, venía una mujer menuda que anclaba un par de correas que, a primera vista, parecían vacías. Pero, en cuanto el hombre grueso dejó de interponerse, Carlo pudo ver que al final se encontraban dos perritos de poco más de un palmo, dos chihuahuas que tiraban nerviosos dando pasitos rápidos como si el suelo quemase.

A Carlo le vino a la cabeza una imagen que había visto esa mañana: una foto de un cráneo de lobo, enorme junto al cráneo de un chihuahua. Había estado leyendo el artículo de la Wikipedia sobre la domesticación de los perros, documentándose para un cuento (o novela) que le rondaba por la cabeza, aunque en ese caso, lo domesticado serían humanos. Había leído cómo los animales domesticados tenían menos miedo, menos agresividad, menos inteligencia y una serie de modificaciones físicas aparentemente inútiles pero recurrentes, como orejas blandas, manchas en la piel o en el pelaje y la tendencia a tener colas rizadas. ¿Cómo podría afectar eso último a una especie cuyas colas vestigiales se encontraban encerradas en el cuerpo?

Pensaba en ello, sin llegar a ninguna parte, mientras caminaba. Esperando en otro semáforo, había una mujer bastante guapa. Esa noche, yendo y, ahora, regresando, Carlo había visto unas cuantas, diferentes de las que solía ver por el día: arregladas de forma profesional, rígidas y concentradas, frías y motivadas (seguramente con la idea de volver a casa). A Carlo le gustaban esas mujeres sobrias y poderosas, como ciervos altivos con una misión y ninguna pamplina en la cabeza. La miró de reojo, entre las brumas de los halos y la oscuridad, siempre atento a que ella no se diera cuenta, y siguió adelante.

Algunos tipos arreglados como para salir de fiesta, hablando en idiomas extranjeros. Jóvenes charlando delante de los bares, que cerraban, prolongando la noche de cervezas y conversación con un cigarrillo entre los dedos antes de retirarse definitivamente hacia sus casas. Alguna ejecutiva agresiva más, trotando firme.

Pasó delante del bar donde solía haber un Golden retriever, siempre atado a la puerta, esperando paciente que su amo terminara con lo que fuera que se tomara con quien fuera. Hoy lo había visto regresando a casa a cenar, y al ir al despacho después de la cena, pero ahora ya no estaba: solo había unos pocos parroquianos en el interior y, fuera, una mesa aún aguantaba puesta, cubierta de residuos, junto al resto de mesas y de sillas recogidas y plegadas.

Carlo se sintió catástrofe. Parecía que, a su paso, todos los locales cerraran. Camareros arrastraban separaciones de terrazas hacia dentro, bajaban persianas, sacaban basuras.

Un hombre se paró unos instantes a hablar con uno de ellos, claramente su amigo, mientras el alegre Beagle que le acompañaba olisqueaba la esquina.

A medio camino, Carlo decidió entrar en una tienda abierta las 24 horas. Estaba haciendo una dieta que le había permitido bajar de peso, pero llevaba unos días en los que le estaba costando hacerla: antojos le acosaban continuamente por todos los flancos, y no se veía capaz de resistir. La visión de alguna clase de bollo relleno de abundante crema de cacao, ese sucedáneo industrial del chocolate, le amartillaba la conciencia desde hacía días, y había decidido entrar a probar suerte.

Tras la caja estaba un hombre mayor, de aspecto asiático, y ceremonioso, muy distinto de los huraños y maleducados jóvenes que regentaban el local durante el día. Y, dentro, tres hombres eslavos recorrían el laberinto de estanterías apretujadas hablando a voces, riendo a gritos, tocando con violencia la mercancía y apoyando los brazos extendidos sobre las neveras y estantes. Carlo no encontró lo que buscaba, y no compró nada. Una cosa era ceder a un antojo y otra ceder a un antojo con un sucedáneo que, en realidad, no lo acallaría. Salió, mientras la jaula de los monos seguía aullando y riendo y pasándole paquetes al dependiente antes de regresar a sus correrías de aprovisionamiento y hombría.

Caminó otro trecho, y encontró otro semáforo en rojo. Delante, recogían las sillas del 100 montaditos de la esquina. Salieron un par de clientes del interior iluminado, y Carlo se fijó en que uno de ellos llevaba un gracioso bulldog francés que le seguía dando saltitos. El hombre cruzó en rojo, pero Carlo no lo hubiera hecho…

Los coches estaban muy cerca, avanzando a gran velocidad por la calle poco transitada. El hombre dio un par de pasos y solamente entonces pareció percatarse. Dio una especie de saltito, apretó el paso, y su perro lo imitó, echando a correr tan lejos como se lo permitía la correa. Directo a un coche.

En un instante de pánico, Carlo vio como el perro abría los ojos, la piel blanca brillando bajo la luz de los faros, y cómo las patas se le anclaban al suelo, lleno de miedo.

“Se va a morir”

Pero el amo, asustado, tiró de la correa, alzándolo por el cuello y poniéndolo a salvo. Azorado, corrió un paso antes de enredarse con sus propias piernas y caer al suelo, no sin antes golpearse la cabeza con un coche aparcado.

Carlo se agachó junto al hombre, sin saber qué hacer exactamente. El perrito seguía completamente inmóvil, observando atentamente a su amo. Carlo consiguió decir, con sequedad, “¿Te ayudo?”

El hombre, tumbado panza abajo, con los brazos y las piernas en molino, acertó a decir “sí, por favor”, con un tono a la vez agresivo e implorante.

Carlo le puso las manos bajo las axilas y le ayudó a alzarse, pero casi de una forma simbólica, porque el hombre se irguió de pronto, con fuerza, y, mirando al frente, dio unos pasos.

“¿Estás bien?”

Después de unos momentos, farfulló “Pues no mucho, parece que no mucho” y, tras dar otro paso, agregó “gracias”.

Carlo lo vio marcharse con paso rápido y uniforme con la vista todavía al frente. El perrito le miraba a él, todavía inexpresivo, pero con los ojos saltones y la boca enorme le pareció que estaba todavía asustado.

Se puso verde, y Carlo cruzó, extrañado por lo que había pasado, hasta que ató cabos. Que tonto había sido por no entender. El hombre acababa de salir de un bar, así que probablemente estaba borracho.

Le invadió una gran pena por el perro. Ese ser confiado y atontado por el resultado de la domesticación y la crianza selectiva dependía de ese hombre. De hecho, cuando éste había apretado el paso, el perro había confiado en su indicación y se había echado a correr, pero eso casi le había puesto bajo las ruedas del coche que se acercaba. Esa pobre subcriatura inocente dependía completamente de un hombre en quien no podía confiar, un hombre que, en esos momentos, estaba mermado.

Pensativo, caminó hasta casa. Cerca, en la acera, donde había estado la terraza de un bar que acababa de cerrar, Carlo vio la colilla de un buen puro. La vitola roja de un Partagas. Casi sintió deseos de recogerlo, quien fuera que la había desechado se había dejado unos buenos cinco dedos de puro. Carlo los apuraba mucho más, les quitaba el anillo de papel y los consumía hasta que empezaba a preocuparse por si se le iban a quemar los pelos del bigote y el humo le ardía en la lengua.

Era un ansioso. Ya fuera la crema de cacao rebosante, o la coca cola a dosis industriales, o las fuertes y excesivas caladas que le daba a los puros o la pipa respondían a una misma ansiedad de llenarse. En su tesis, eso era una de las cosas que analizaba en ciertos libros o películas. La categoría “consumo/comunión”. Las subcategorías, “comida (satisfactorio), comida (no satisfactorio), bebida (satisfactorio), bebida (no satisfactorio), fumar (satisfactorio), fumar (no satisfactorio)”…

Y, cuando era satisfactorio… A Carlo le encantaba cuando, en las primeras caladas, el humo hacía su efecto. El ablandamiento de los músculos, el entumecimiento de la mente, las bordes difuminados de la visión, la risa fácil, los dedos incapaces de teclear correctamente, los reflejos atontados, el equilibrio comprometido.

De pronto pensó en el bulldog. ¿Y si de él dependiera una criaturita indefensa? ¿Se permitiría el pacer del atontamiento?

Llegó a casa y saludó a sus padres, que exigían que lo hiciera aunque ya estuviesen en la cama hacía rato. Interrumpió los ronquidos de su padre, y ambos le saludaron, somnolientos pero cariñosos.

Carlo se fue a su cuarto, y se preparó para irse a dormir. Pero el sueño no llegaba.

En la cama, revolviéndose, la cabeza le deambulaba por pensamientos que no eran sueños, pero que de ningún modo estaban guiados. Se imaginó a sí mismo con un gracioso bulldog francés, jugando con él, cuidándolo, educándolo. Una parte más lúcida de él se daba cuenta de que lo educaba como a un niño, esperando de él una lógica y una comprensión que no sabía si era posible esperar de un perro. En su deriva, ese perrito había sido abandonado, y él lo adoptaba. Lo recogía por la calle, contactaba con los dueños y estos le decían que no lo querían, que se lo quedara.

Un pensamiento le empezó a dar vueltas por la cabeza, negando todos los demás. Si el golpe hubiera sido fuerte, si ese borracho se hubiera matado, te habrías podido llevar al perro. Habrías podido salvar a ese perrito de depender de un cuidador incapaz. Tú ya no habrías fumado más, para poder defenderlo.

Y el sueño llegó.

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