Esa noche

“¡Oye, esto sí que tira bien!” me he dicho al empezar a coger velocidad escribiendo. Eran alrededor de las cinco de la tarde y mis padres, conscientes de que difícilmente me habría enterado en mi frenesí heremítico veraniego, me han avisado.

“Carlo jr, todo bien? En el 3/24 dicen que una furgoneta ha atropellado a varias personas en la Ramblas, en Barcelona”.

Obviamente he dejado de escribir, y he puesto el canal 3/24 online. En una maniobra completamente ajena a mis costumbres, he pasado las siguientes cinco horas mirando las noticias, con una dosis de twitter de acompañamiento.

A las 22 aproximadamente, he desechado mi plan de quedarme en el despacho a dormir si la situación no se solucionaba (mi trabajo y mi casa no están en zonas afectadas directamente, pero sí en zonas donde, siempre según whatsapp, han cocido cosas, controles, bloqueos, hasta amenazas aparentemente falsas) porque, pese a que no estaba todo controlado (muy elocuentemente, en las noticias han explicado que había un detenido y dos fugitivos, uno de los cuales muerto), sí que parecía que el asunto se había desinflado hasta un estado difuso de amenaza, y quedarme en el despacho a pasar la noche no parecía que valiese ya la pena.

Llevo semanas quejándome. “En agosto, ¿No se supone que Barcelona tendría que estar vacía? ¡Esto está lleno de gente, no se puede ni pasear en paz!”. Esta noche mis deseos se han cumplido. Regresando hacia casa, había en la calle la cantidad de personas que habría considerado adecuadas para una Barcelona agostera.

Casi nadie.

Algunos individuos caminando nerviosos.

Uno cuya sagacidad le causaba poner una extraña cara de Popeye, un ojo cerrado y una sonrisa barbilluda, observando a todos los que esperábamos a que el semáforo se pusiera verde, en busca, supongo, de algún fugitivo (¿el vivo o el muerto?).

A paso ligero, con las suelas de goma de los zapatos marcándose un foley digno del Informal, he adelantado a una pareja de ancianos que caminaban muy juntos, cogidos de la mano, mirando alrededor con desconfianza mientras el hombre silbaba como un niño que quiere vencer el miedo al sótano oscuro.

He pasado junto a una familia árabe, mujer, marido y cinco hijos pequeños, que comían cruasanes a pocos pasos de una parada de autobús cuyos ocupantes se arriesgaban a perderlo si llegaba, de tan centrados que estaban en vigilar los movimientos de la terrible amenaza arábica come-croissants.

He compartido el paso con un trío de chicos jóvenes de paso vasculante, cuyo uso del gimnasio aterraría a cualquier anatomista, que anadeaban hacia el Meatpacking Bistro. Han conseguido leer el cartel en el que ponía que “Esta noche Meatpacking Bistro estará cerrado por el bienestar de todos” antes de que el intelectual del grupo alegara que en otro cartel ponía “abierto de 10 a 10”.

En el interior del 100 Montaditos cerrado, como reunidos alrededor de la burbuja de luz de una mínima hoguera, había una serie de figuras agazapadas mirando un pequeño televisor sintonizando las noticias.

Por la otra acera, un chaval vociferaba al móvil que creía que “todo esto del atentado es una farsa”, aunque su paso veloz me ha impedido enterarme de los argumentos de semejante revelación.

Antes de llegar a casa, pese a que se habían quedado rezagados un rato, imagino que discutiendo si volver a la cueva, he vuelto a oír detrás de mí a las tres gracias. “¡Esta noche no habrá fiesta!”, vaticinaba el lector. “¿Que no? ¿Como no haya fiesta, yo… Yoooooh…” amenazaba el intelectual.

He bajado por el trecho de Tuset que me separaba de mi calle, oyendo un helicóptero. Al mirar al cielo, he visto solamente dos luces, una roja y una verde, y mi mente, acostumbrada a relacionar el control policial mecanizado con siniestras distopías autoritarias de ciencia ficción, ha tenido que recordarme que esta vez esos que sobrevolaban la ciudad vigilándola no eran “los malos”.

Llegando a casa por mi calle desierta, iluminada solamente por el restaurante Flash Flash (porque, por algún motivo, hace aproximadamente una semana que no funcionan las farolas) me ha venido a la cabeza que recientemente había vuelto a ver No es país para viejos, y he recordado con cierta ilusión que el mensaje final de la película hablaba del individuo enfrentado a un mundo violento. ¿Cómo era?
Algo así como que el mundo siempre ha sido un lugar absurdamente violento e injusto, pese a que podamos querer pensar que antes las cosas eran mejores.

La cierta ilusión se ha desvanecido. Al recordar que la película había llegado a alguna conclusión, esperaba que me daría alguna nueva clave para enfrentarme a lo ocurrido. Pero al recordar exactamente lo que decía la película, no me ha servido demasiado. Ni tampoco que, después de llegar a esa conclusión, acaba con la terrible infelicidad del sheriff que, al envejecer, se siente incapaz de enfrentarse a este mundo de violencia absurda.

¿Qué se supone que tengo que hacer?

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